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La tragedia de Ucrania

Klaus Ziegler
26 de septiembre de 2026 – 12:05 a. m.

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El 24 de febrero de 2022, los tanques rusos cruzaron la frontera ucraniana. Putin acababa de ordenar una invasión que el Kremlin bautizó como «operación militar especial», como si se tratara de un ejercicio militar menor y no de un indiscutible acto de agresión. Pero ni los eufemismos ni ninguna consideración geopolítica, por razonable que parezca, pueden justificar lo que constituye una flagrante violación del derecho internacional, ni mucho menos lavar las ejecuciones, las torturas y las deportaciones ilegales cometidas desde entonces por las fuerzas rusas [1].

Vladimir Putin decidió invadir Ucrania y carga con la responsabilidad directa de haber desatado la guerra. Pero, como suele ocurrir al analizar un hecho histórico, no basta con señalar al responsable inmediato para comprender la cadena de decisiones y acontecimientos que contribuyeron a preparar la catástrofe.

La explicación más simple reduce la guerra a la nostalgia imperial de un autócrata empeñado en restaurar la grandeza de la gloriosa Unión Soviética y en devolver a la órbita de Moscú los territorios que considera parte de una misma historia. Las ambiciones de Putin merecen ser tomadas en serio, pero no creo que basten para explicar la guerra ni que, por sí solas, resistan un análisis histórico riguroso. Mucho menos si, para sostener esta tesis, se prescinde de lo ocurrido durante las tres décadas anteriores y de las circunstancias geopolíticas que terminaron por desencadenar el conflicto.

Mirar hacia atrás para tratar de explicar la tragedia no equivale a absolver el crimen. Conviene advertirlo desde el comienzo: explicar no es justificar, aunque en las discusiones políticas ambas cosas se confundan con frecuencia.

El conflicto se remonta a principios de los años 1990, cuando el bloque soviético comenzaba a desmoronarse y la Guerra Fría parecía llegar a su fin. Mientras se negociaba la reunificación alemana, el secretario de Estado estadounidense James Baker aseguró a Mijaíl Gorbachov que, si la Alemania reunificada permanecía dentro de la OTAN, la jurisdicción militar de la Alianza no avanzaría «ni una pulgada hacia el este». La frase no es una alucinación retrospectiva del Kremlin: consta en los documentos de la época y puede leerse hoy en los archivos desclasificados [2].

El asunto suele despacharse con una explicación harto trivial: la promesa no tenía el carácter de un compromiso jurídico. Es cierto. Pero de ahí a concluir que Moscú debía comportarse como si aquellas palabras jamás hubieran sido pronunciadas hay un trecho considerable. La diplomacia sería un ritual inútil si todo lo dicho alrededor de una mesa de negociación careciera de importancia en ausencia de una rúbrica.

Y la OTAN no avanzó una pulgada: avanzó leguas. En 1999 ingresaron Polonia, Hungría y la República Checa. En 2004 se incorporaron otros siete países, entre ellos Estonia, Letonia y Lituania, tres antiguas repúblicas soviéticas [3].

Los países de Europa del Este tenían poderosas razones para buscar protección. Habían conocido de cerca la «fraternidad soviética», que solía llegar en tanques de guerra y acompañada de detenciones arbitrarias. Habían vivido durante décadas bajo el yugo del Kremlin y eran estados soberanos con pleno derecho a elegir sus alianzas. Pero esa es apenas la mitad de la historia.

La otra mitad le corresponde al gran imperio.

Estados Unidos había salido de la Guerra Fría como la potencia hegemónica y estaba decidido a conservar esa posición. Un borrador de la Defense Planning Guidance de 1992, preparado en el Pentágono bajo la dirección de Dick Cheney y con Paul Wolfowitz a la cabeza, establecía como primer objetivo impedir «la reaparición de un nuevo rival» y desalentar a otras potencias de desafiar el liderazgo estadounidense. Como suele ocurrir, la vocación filantrópica del Pentágono resulta menos convincente cuando se dejan de lado las declaraciones de principios y se examinan los documentos [4].

El peligro fue advertido desde el comienzo. George F. Kennan, arquitecto intelectual de la contención de la Unión Soviética, calificó en 1997 la ampliación de la OTAN como «el error más fatídico» de la política estadounidense de la posguerra fría. Ese mismo año, cincuenta antiguos senadores, diplomáticos, militares y especialistas advirtieron a Bill Clinton de que la expansión podía fortalecer el nacionalismo ruso, levantar una nueva línea divisoria en Europa y perjudicar los acuerdos de desarme nuclear [5].

En 2008, la imprudencia alcanzó su cenit. En la cumbre de Bucarest, la OTAN anunció que Ucrania y Georgia «se convertirían en miembros» de la Alianza [6]. Para Moscú, aquello significaba que el bloque militar surgido para contener a la Unión Soviética se proponía incorporar a Ucrania, un país con el que Rusia compartía una extensa frontera y profundos vínculos históricos, económicos y familiares, y cuyo territorio había sido, además, uno de los grandes escenarios de la invasión nazi a la Unión Soviética y de la guerra de exterminio en el Este.

Detengámonos aquí para hacer un pequeño experimento kantiano. Supongamos que México o Canadá, en ejercicio impecable de su soberanía, decidiera integrarse a una alianza militar encabezada por China. Imaginemos entonces la serenidad con la que Washington recibiría asesores, bases y armamento chinos al otro lado de su frontera. ¿Escucharíamos una defensa del derecho inalienable de los pueblos a elegir sus alianzas? La crisis de los misiles de Cuba permite imaginar la respuesta.

Luego vino el Maidán.

Viktor Yanukóvich había llegado a la presidencia no precisamente en un tanque ruso: ganó las elecciones de 2010, que los observadores de la OSCE consideraron competitivas y transparentes [7]. Las protestas de finales de 2013 fueron reales, masivas y alimentadas, entre otras cosas, por la brutalidad policial. Pero el país estaba profundamente dividido. Una encuesta de febrero de 2014 registró un 44 % de apoyo a las protestas y un 49 % de rechazo, con enormes diferencias regionales [8]. Una plaza puede reunir a una multitud heroica y seguir sin convertirse en un plebiscito. Confundir una multitud movilizada con la voluntad de todo un pueblo es una licencia frecuente de la épica revolucionaria.

En esa crisis, Washington estuvo muy lejos de limitarse a contemplar el ejercicio de la voluntad popular. La conversación interceptada entre Victoria Nuland y el embajador Geoffrey Pyatt muestra que discutían la composición política que preferían para el gobierno ucraniano. Klitschko debía quedarse fuera; Yatseniuk era el indicado: «Yats is the guy». Pocas semanas después, el hombre indicado se convirtió en primer ministro. La autodeterminación ucraniana contaba con una entusiasta «asesora» al otro lado del Atlántico [9].

La grabación no demuestra que la CIA haya fabricado las protestas ni que Washington haya dirigido su desenlace. No hace falta afirmar más de lo que permiten los hechos. Sí demuestra, en cambio, que Estados Unidos tenía preferencias políticas muy concretas respecto del gobierno que debía surgir de la crisis y que no desempeñaba precisamente el papel de un espectador indiferente.

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Por lo demás, la intervención estadounidense en la política interna de otros países no pertenece al terreno de las fantasías conspirativas. Se han documentado 64 intentos encubiertos de cambio de régimen respaldados por Estados Unidos durante la Guerra Fría —además de seis abiertos— y al menos 81 intervenciones estadounidenses en elecciones extranjeras entre 1946 y 2000 [10]. El dato no prueba una operación clandestina en Ucrania; simplemente aconseja cierta prudencia antes de atribuir a Washington una proverbial vocación de espectador desinteresado.

Presentar a Estados Unidos como un espectador semejante exige esa peculiar inocencia de quienes aún creen en el excepcionalismo estadounidense: la idea de que el imperialismo es una perversión propia de otras potencias, mientras que Washington actúa siempre movido por principios morales y por un afán desinteresado de justicia y libertad.

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Trump difiere de sus predecesores, ante todo, en el pudor retórico: ya ni siquiera se toma la molestia de revestir sus actos con el viejo discurso de la democracia y la libertad. Sancionó a la Corte Penal Internacional tras las órdenes de arresto contra Netanyahu y Gallant [11]. Y, tras la operación estadounidense que capturó a Maduro, anunció sin demasiados rodeos que Estados Unidos tomaría petróleo venezolano para recuperar los costos de la operación [12-13], mientras buena parte del aparato represivo del antiguo régimen permanece intacto [14].

Dejando de lado lo que, a estas alturas, debería ser evidente para cualquiera que no confunda la realidad con una película de Rambo, volvamos a Ucrania.

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El Maidán reunió una movilización popular auténtica, represión, violencia, intervención exterior y una ruptura institucional cuyo alcance sigue siendo objeto de debate. La imagen de un pueblo unánime que se levantó contra un simple títere ruso resulta históricamente insostenible como explicación de lo ocurrido.

Hay, además, un episodio que, en mi opinión, debilita seriamente la explicación simplista de la guerra como consecuencia de las ambiciones de un tirano: las negociaciones de Estambul.

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El 29 de marzo de 2022, apenas cinco semanas después del comienzo de la invasión a gran escala, se discutía un esquema de neutralidad ucraniana: la renuncia a ingresar en la OTAN y a permitir bases extranjeras, a cambio de garantías internacionales de seguridad. Las propuestas también contemplaban la posibilidad de ingresar en la Unión Europea. El porvenir de Ucrania se negociaba en términos mucho más complejos que los de su mera desaparición del mapa. Davyd Arakhamia, jefe de la delegación ucraniana, afirmó después que la neutralidad era la principal exigencia rusa y que Moscú estaba dispuesto a poner fin a la guerra si Ucrania renunciaba a ingresar en la OTAN. También explicó por qué Kiev desconfiaba: necesitaba garantías de seguridad creíbles, no solo promesas que Rusia pudiera incumplir cuando recuperara sus fuerzas [15].

Y aquí aparece el primer ministro británico, por entonces uno de los partidarios más decididos de endurecer la presión occidental sobre Moscú. El 9 de abril, Boris Johnson llegó obediente a Kiev. Según una fuente próxima a Zelenski, citada semanas después por Ukrainska Pravda, el despelucado llevaba dos mensajes: había que presionar a Putin, no negociar con él; y, aunque Ucrania estuviera dispuesta a alcanzar ciertos acuerdos, las potencias occidentales no lo estaban en esos términos [16].

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Años después, Davyd Arakhamia, jefe de la delegación ucraniana en aquellas negociaciones, recordaría las palabras de Johnson en términos aún más crudos: no había que firmar nada con Rusia y había que seguir combatiendo. Arakhamia aclaró también que Ucrania desconfiaba de que Moscú cumpliera con un eventual acuerdo y negó que su delegación hubiera estado lista para firmarlo. Es muy fácil defender los propios intereses cuando los muertos los ponen otros. Y esa sigue siendo una de las grandes tragedias de Ucrania.

La narrativa dominante ha tendido a relegar estos hechos. Sí hubo una negociación real y la posibilidad de un arreglo mucho más serio de lo que después suele recordarse. Y uno de los ejes centrales de aquella negociación era la neutralidad estratégica de Ucrania [17].

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Kennan y otros profundos conocedores de la política exterior norteamericana habían advertido, casi treinta años antes, de los peligros de ese camino. Meterle al oso ruso un dedo en el ojo y esperar que responda con buenos modales no es solo una política imprudente: también es una manera bastante eficaz de comprobar si todavía puede despedazarnos.

La invasión tiene un responsable. La tragedia tiene una historia sórdida y compleja que con frecuencia se prefiere contar a medias.

Referencias

  1. Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUDH), Report on the Human Rights Situation in Ukraine, 1 June–30 November 2025; y Corte Penal Internacional, Situation in Ukraine, en particular las órdenes de arresto de 17 de marzo de 2023 por la deportación y el traslado ilegales de niños ucranianos.
  2. National Security Archive, NATO Expansion: What Gorbachev Heard Western Leaders Early On, 12 de diciembre de 2017, especialmente el memorando de la conversación Baker–Gorbachov del 9 de febrero de 1990.
  3. NATO, NATO member countries, secciones históricas sobre las ampliaciones de 1999 y 2004; NATO, Seven New Members Join NATO, 29 de marzo de 2004.
  4. William Burr, “Prevent the Reemergence of a New Rival”: The Making of the Cheney Regional Defense Strategy, 1991–1992, National Security Archive, 26 de febrero de 2008, con los borradores desclasificados de la Defense Planning Guidance.
  5. George F. Kennan, «A Fateful Error», The New York Times, 5 de febrero de 1997; y «Opposition to NATO Expansion», carta abierta de cincuenta exsenadores, diplomáticos, militares y especialistas al presidente Bill Clinton, 26 de junio de 1997, reproducida por la Arms Control Association.
  6. NATO, Bucharest Summit Declaration, 3 de abril de 2008, párr. 23.
  7. OSCE/ODIHR, Ukraine, Presidential Election, 17 January and 7 February 2010: Final Report, 28 de abril de 2010.
  8. Kyiv International Institute of Sociology (KIIS), «Perception of the Revolution of Dignity», que reproduce los resultados de la encuesta realizada en febrero de 2014 para la Democratic Initiatives Foundation: 44 % de apoyo a las protestas y 49 % de rechazo.
  9. Anne Gearan, «In recording of U.S. diplomat, blunt talk on Ukraine», The Washington Post, 6 de febrero de 2014.
  10. Lindsey A. O’Rourke, Covert Regime Change: America’s Secret Cold War, Cornell University Press, 2018; Lindsey A. O’Rourke, «The Strategic Logic of Covert Regime Change: US-Backed Regime Change Campaigns during the Cold War», Security Studies, vol. 29, núm. 1, 2020, pp. 92–127; Dov H. Levin, Meddling in the Ballot Box: The Causes and Effects of Partisan Electoral Interventions, Oxford University Press, 2020, cap. 5. O’Rourke identifica 64 intentos encubiertos y 6 intentos abiertos de cambio de régimen respaldados por Estados Unidos durante la Guerra Fría; los datos de Levin registran al menos 81 intervenciones electorales estadounidenses entre 1946 y 2000.
  11. The White House, Imposing Sanctions on the International Criminal Court, Executive Order, 6 de febrero de 2025; Corte Penal Internacional, «Situation in the State of Palestine: ICC Pre-Trial Chamber I … issues warrants of arrest for Benjamin Netanyahu and Yoav Gallant», 21 de noviembre de 2024.
  12. Secretario General de las Naciones Unidas, Remarks to the Security Council – on Venezuela, 5 de enero de 2026; Reuters, «Was the US capture of Venezuela’s president legal?», 3 de enero de 2026.
  13. Reuters, «Trump says US will take Venezuelan oil, be reimbursed for costs», 3 de enero de 2026.
  14. Misión Internacional Independiente de Determinación de los Hechos sobre la República Bolivariana de Venezuela, «Venezuela: Amidst limited political changes, country’s repressive apparatus remains intact», Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, 16 de septiembre de 2026.
  15. Ukrainska Pravda, «Head of Ukraine’s leading party claims Russia proposed “peace” in exchange for neutrality», declaraciones de Davyd Arakhamia, 24 de noviembre de 2023.
  16. Roman Romaniuk, «From Zelenskyy’s “surrender” to Putin’s surrender: how the negotiations with Russia are going», Ukrainska Pravda, 5 de mayo de 2022.
  17. Samuel Charap y Sergey Radchenko, «The Talks That Could Have Ended the War in Ukraine», Foreign Affairs, 16 de abril de 2024; Reuters, «What happened the last time Russia and Ukraine held peace talks?», 12 de mayo de 2025.
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Comentarios
  • Jose(91028)•Hace 39 minutos
    LA HISTORIA de la tragedia ucraniana comienza con la expropiacioan, a la brava de tierras para volverlas colectivas . Dejò mucho resentimiento. Zelensky comenzo a matar rusos en el Donbas.Putin le reclamò e hicieron un tratado de paz. Zelensky lo violò y siguiò matando rusos. Ante esto a Putin no le quedò de otra que defender su gente militarmente.

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