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El riesgo de perder

Sorayda Peguero Isaac
26 de septiembre de 2026 – 12:05 a. m.
Rescatistas profesionales, acompañados por voluntarios y fuerza pública, retiran escombros y buscan sobrevivientes el 14 de agosto, luego del terremoto de 7.4 que azoto varias regiones de Colombia.
"A la confusión de las primeras horas le siguió la advertencia de no volver a entrar en su apartamento. Dos o tres días más tarde, mi amiga tuvo que asimilar la idea de que no volvería a vivir en él": Sorayda Peguero
Foto: Mauricio Alvarado Lozada

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Tengo la llave de una casa cuyas puertas no volveré a abrir. Me gustaba ese lugar. Para ser más precisa, era un apartamento situado en la décima planta de un edificio, con amplios ventanales que por un lado ofrecían una panorámica de la ciudad y, por otro, la vista a un hermoso bosque urbano. En ese apartamento dejé dos pares de chancletas y varios libros. Su inquilina pensaba que mi regreso estaba escrito en una constelación visible desde la línea del ecuador.

No recuerdo qué estaba haciendo cuando leí la noticia del terremoto de Cali, pero puedo recordar lo que hice justo después: llamar a mi amiga, la que lee las estrellas. Me dijo que estaba a salvo, en el bosque que se ve a través de la ventana de su cocina.

A la confusión de las primeras horas le siguió la advertencia de no volver a entrar en su apartamento. Dos o tres días más tarde, mi amiga tuvo que asimilar la idea de que no volvería a vivir en él.

Al duelo por las cosas perdidas se antepone la gratitud por lo que aún perdura. Pudo ser peor. Pero no podemos ignorar que en ese recóndito lugar, que algunos llaman “alma”, se produce una herida. El síntoma de una muerte pequeña.

“Perder es una cuestión de práctica”, le dije a mi amiga. Y le recordé que hace algunos años estábamos recorriendo las calles de Bogotá. De pronto, nos encontramos frente a la librería del Centro Cultural Gabriel García Márquez. Entramos a curiosear y vimos que alguien había dejado una pila de libros delante de una estantería. El libro que estaba en la cúspide de la columna era de Elizabeth Bishop, la colección de “Poesía Portátil” que reúne una selección de sus poemas más conocidos, entre ellos el poema que le da título al libro: El arte de perder.

“No es difícil dominar el arte de perder: / tantas cosas parecen llenas del propósito de ser perdidas, / que su pérdida no es ningún desastre. / Perder alguna cosa cada día. Aceptar aturdirse por la pérdida / de las llaves de la puerta, de la hora malgastada. / No es difícil dominar el arte de perder”.

Pienso en esos lugares señalados en el mapa de nuestra geografía sentimental. Los hogares de paso. No nos acordamos mucho de ellos; no lo suficiente, aunque persista en nosotros el deseo de regresar. Damos por sentado que seguirán estando ahí, que al introducir la llave en la cerradura la puerta se abrirá y la casa nos dará la bienvenida otra vez.

“No quieras ver cómo quedó el edificio”, me dijo mi amiga. Uno acaba por olvidar que la permanencia de las cosas no depende de la solidez de sus dinteles. Unas llaves, un anillo, una casa, “nada de todo esto te traerá desastre alguno”. El auténtico desastre sería olvidarnos de amar las cosas que merecen ser amadas, a pesar del riesgo constante de perderlas.

sorayda.peguero@gmail.com

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