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La imaginación en disputa

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Hace algún tiempo terminé la serie The Handmaid’s Tale no sin tener la tentación de abandonarla en más de una ocasión. Si bien la serie es excepcional e ilustra en buena medida la imaginación perversa del fundamentalismo autoritario, también contiene un incesante contenido violento que se cierne una y otra vez sobre las mujeres tornándose repetitivo e innecesario para la trama. Las últimas temporadas se convierten en la exposición morbosa del sufrimiento de los personajes sin que esto redunde más que en la asimilación paulatina de la tortura. Hace algunos días vi en redes sociales un ejercicio de protesta con las túnicas rojas de la serie. Mujeres posaban con esta indumentaria en lugares emblemáticos de Bogotá. Las imágenes, lejos de parecerme disruptivas, me dieron un aire de realidad y de posibilidad, no de asombro. Me pregunté entonces si en lugar de incomodar se está logrando lo contrario: instalar visualmente en nuestros paisajes las distopías malignas de quienes gobiernan el planeta.

Varios autores han escrito sobre el futuro y la imaginación como un campo de disputa, Mark Fisher, Donna Haraway, Fredric Jameson, entre otros, han estudiado la manera en la que el sistema actual penetra nuestra psiquis e impone la inmutabilidad del mundo. Las cosas son como son y es imposible transformarlas, muy por el contrario, el planeta va ir empeorando hasta perecer de manera irremediable. Esa visión apocalíptica es nutrida constantemente por distintos medios, entre ellos la ficción que consumimos. Pocas veces encontramos productos ficcionales que nos muestren un mundo mejor para todos, más justo, más apacible y menos violento. En contraste, hay miles de libros, películas y series dedicadas a la debacle. Por supuesto, esto no es culpa de autores y creadores, es más bien la consecuencia de nuestra incapacidad colectiva para visionar otro estado de cosas posible.

De otro lado, en Estados Unidos, Donald Trump ha implementado una estrategia que algunos han denominado como “flood the zone”. Consiste en inundar la opinión pública con anuncios regresivos y polémicos con el objetivo de abrumar a la población hasta inmovilizarla completamente. Estrategia que, valga decir, está reproduciendo Abelardo de la Espriella al pie de la letra. Esta táctica no es más que otra de las herramientas utilizadas para colonizar el pensamiento y arrinconarlo al pesimismo radical. En nuestras mentes es cada vez más difícil avizorar salidas a la gran enredadera de oprobios que nos lanzan a diario, generando una suerte de resignación desesperanzada en la que el fin es inminente. Esto con la gravedad de que actualmente la imaginación humana está siendo suplantada por la IA, es decir, por la visión de mundo de los ultrarricos que la poseen.

En otra serie, Mad Men, una de mis favoritas varias veces reseñada en estas columnas, se retrata la manera en la que la gente atravesaba hechos históricos de la vida americana de los 60s: el asesinato de de JF Kennedy, la amenaza de la bomba atómica, las masacres raciales, etc. En ese devenir había incertidumbre, caos y miedo, pero también una cotidianidad que no podía detenerse y que seguía transcurriendo a pesar de la amenaza del botón rojo. No somos los primeros que nos sentimos acorralados y al borde del colapso, la historia de la humanidad ha sido la de la crisis, aún así seguimos aquí. Guerras y catástrofes después, subsistimos como especie en parte gracias a quienes imaginaron la continuación de la vida en condiciones distintas. En estos tiempos aciagos, la primera batalla que debemos enfrentar es la interna. Hay que buscar la manera de proteger nuestro ingenio, nuestra creatividad y nuestra inventiva, son esos los primeros elementos en disputa. Hay que atreverse a proponer otros relatos y otras formas de narrar el futuro. Aunque parezca poco, es la fuerza de la imaginación y de la voluntad la que desde siempre ha empujado el mundo hacia adelante, si los humanos seguimos siendo humanos, esta no será la excepción.

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