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César Mora Moreau *

En el corazón del Amazonas, en un recorrido que incluye dos horas en lancha desde Mitú (Vaupés) y tres horas atravesando la selva, se encuentra Wacará, el principal asentamiento del pueblo cacua. Ubicado entre los ríos Vaupés y Querarí, cerca de la frontera con Brasil, en esta comunidad los líderes están trabajando para que los estudiantes sean educados en su propia lengua y aprendan a leer y escribir en el idioma que heredaron de sus mayores.
Interesada en la transmisión intergeneracional de los conocimientos, Marina López, investigadora indígena y documentadora de las lenguas cacua y nukak dentro del Programa de Documentación de Lenguas Nativas del Instituto Caro y Cuervo, desde 2025 está recopilando las historias tradicionales, así como los saberes que se han transmitido de generación en generación: “Queremos que se conserven nuestras historias y las personas sepan que así es como las narramos nosotros, con nuestras palabras y en nuestra propia lengua. Queremos que este trabajo sirva sobre todo a los niños, porque son ellos quienes mantendrán viva nuestra memoria cuando ya no estemos, y la transmitirán a sus propios hijos y a los hijos de sus hijos”.
Los cacua son un grupo indígena de cazadores y recolectores que, de acuerdo con sus relatos de origen, nacieron en las profundidades de una cascada sagrada en algún punto del río Aiarí, en la región del Alto Río Negro, en el noroeste amazónico, desde donde se desplazaron hacia el río Querarí.
Antes del establecimiento de Wacará como asentamiento, los integrantes del pueblo estaban dispersos en pequeños grupos de clanes que vivían de manera independiente en lo profundo de la selva, señala la investigadora del Instituto Caro y Cuervo Katherine Bolaños en A Grammar of Kakua (2016). Fue tras la llegada de las misioneras evangélicas del Instituto Lingüístico de Verano a inicios de la década de los setenta, Marilyn Cathcart y Lois Lowers, que los integrantes del pueblo empezaron a reunirse en el espacio que hoy constituye su hogar.
La presencia y la influencia religiosa de Cathcart y Lowers cambiaron de manera permanente las dinámicas de vida del pueblo cacua y distintas prácticas culturales que hoy buscan conservar, entre las que se encuentra un sistema de escritura que, paradójicamente, fue desarrollado por el Instituto Lingüístico de Verano en su objetivo de traducir la Biblia a distintos idiomas indígenas.
Educar en su propia lengua y contar con profesores de la comunidad constituye hoy una de las principales preocupaciones del pueblo. A diferencia de otros grupos que cuentan con maestros hablantes de sus propias lenguas, entre los profesores de la Escuela Rural de Wacará ninguno es cacua ni hablante de la lengua. Por esa razón, desde hace varios meses los líderes de la comunidad están trabajando en el Proyecto Educativo Comunitario (PEC), un instrumento de planificación y gestión que les permitirá tener mayor poder de decisión en todo lo referente a sus procesos educativos frente al gobierno.
Como señala Yerson López Gallego, uno de los líderes del pueblo que está al frente de este proceso: “Nuestro principal objetivo con el PEC es poder enseñar a nuestros hijos el cacua en la escuela, para evitar que nuestra lengua se pierda, y garantizar que aprendan a leer y escribir en su propio idioma”.
Actualmente, la escuela cuenta con integrantes de los pueblos cacua, cubeo, guanano, desano, curripaco, tucano y bará y con grados que van desde la educación inicial, dirigida a niños de entre tres y cinco años, hasta noveno grado. Al concluir estos niveles, la opción más común es terminar la escuela en Mitú. Si bien en Wacará todas las asignaturas se imparten en español —la tercera lengua más hablada después del cacua y el cubeo—, esto representa un problema porque muchos de los niños no dominan bien el idioma, lo que dificulta el entendimiento de los temas y los pone en desventaja frente a estudiantes de contextos urbanos que están más familiarizados con la lengua. Esta situación explica que en las pruebas de Estado para evaluar el conocimiento de los estudiantes el departamento de Vaupés sea uno de los de peor desempeño, solo superado en resultados negativos por Chocó, como señala el Informe nacional de resultados del examen Saber 11 del Icfes (2025).
Varios estudiantes que se han desplazado a Mitú para terminar la escuela sostienen que una educación en la propia lengua facilita el aprendizaje de temas que, explicados en español, pueden resultar doblemente complejos debido a la barrera idiomática y conceptual.
Luis Fernando López, docente de la institución de Wacará a cargo del aula multigrado de prejardín, jardín y transición e integrante del pueblo bará, quien está apoyando a los líderes en el desarrollo del PEC, considera que es necesario que haya más profesores para una educación de mayor calidad enfocada en grados específicos. Además, resalta la importancia de defender el derecho de los cacua a recibir clases en su propia lengua y contar con profesores y dinamizadores del pueblo: “Trabajar en el PEC es importante para que no se pierda la identidad, las danzas, la comida, los conocimientos tradicionales. La parte cultural es primordial para la existencia de un pueblo”.
Del mismo modo, Ricardo Palacio, investigador de la Universidad de Antioquia y miembro de la Fundación para la Preservación de la Diversidad Étnica y Lingüística, quien estuvo en Wacará por invitación de los líderes comunitarios para acompañarlos en el proceso de construcción de su PEC, afirma: “Esta decisión constituye un paso fundamental para la comunidad, ya que les permitirá acceder a una educación propia, ajustada a sus marcos de referencia culturales, epistemológicos y lingüísticos. Actualmente, la formación brindada en la escuela es esencialmente monolingüe en español y sigue una propuesta curricular estandarizada con respecto al resto del país. Por ello, consideramos prioritario que puedan contar con una educación diferencial propia que les permita avanzar en su autonomía educativa y contar con sus propios profesores”.
Asimismo, líderes como Emilio López, quien muchos años atrás se desempeñó como profesor de la comunidad enseñando la lengua a los más jóvenes, reconocen el riesgo de que la lengua desaparezca: “Para nosotros es importante saber leer y escribir en nuestro idioma para no perder la identidad cultural. Nosotros no queremos perder la lengua porque desde los abuelos viene que somos cacua. Los padres tienen que hablar en el idioma propio a sus hijos. Si somos hablantes, tenemos que enseñarles a nuestros hijos”. Además, advierte de los riesgos que enfrenta la lengua ante los matrimonios interétnicos en los que las mujeres, al casarse con integrantes de otros pueblos como el cubeo, criarán a sus hijos hablando ese idioma en lugar del cacua.
Otro de los retos que enfrenta la comunidad es el acceso a materiales en su propia lengua. Aunque los cacua consideran que escribir y leer es fundamental para aprender mejor la lengua, reconocen la necesidad de libros, cartillas y materiales pedagógicos en su idioma, tal y como aprendieron varios adultos en su momento a partir de la presencia de las lingüistas del Instituto Lingüístico de Verano y utilizando las cartillas “Papélah enat bohéát tólih” (1992-1994), una serie de cinco cartillas diseñadas para el aprendizaje del cacua que hoy resultan insuficientes para la cantidad de estudiantes.
Por eso, desde el año pasado Marina López está trabajando en el libro “Jẃih naáwátna / Nuestras historias tradicionales”, una recopilación de relatos bilingüe que reúne ocho narraciones de su pueblo, cuya publicación está prevista para finales de 2026: “Tener este libro permitirá que las niñas y los niños se acerquen a su lengua, la aprendan y la escriban. Es fundamental verla escrita y sentirla en un libro que se pueda abrir una y otra vez, llevar a la escuela y leer en casa junto a los abuelos. Como pueblo cacua seguimos hablando nuestra lengua materna. Eso nos motiva aún más a crear nuestros propios materiales para que nuestros hijos la hablen, la lean y la compartan con orgullo”.

* Periodista del Instituto Caro y Cuervo. Esa crónica hace parte de una serie publicada en El Espectador.