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La muerte del multilateralismo, la crisis de la democracia

Columnista invitado EE: Truman Percales, especial para El Espectador
AME220. NUEVA YORK (ESTADOS UNIDOS), 24/09/2026.- Fotografía que muestra a un hombre expresando su apoyo con el puño en alto al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, durante su intervención en la 81ª Asamblea General de Naciones Unidas este jueves en Nueva York (EE.UU.). La intervención de Netanyahu ante la Asamblea General de la ONU volvió a estar marcada este año por la salida de numerosos representantes de la sala cuando el mandatario tomó la palabra. Mientras, entre los asistentes en los palcos se podían ver simpatizantes con kipás y pines con la bandera de Israel en las solapas, mientras algunos se hacían selfis y aplaudían de pie. EFE/ Sarah Yáñez-richards
Fotografía que muestra a un hombre expresando su apoyo con el puño en alto al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, durante su intervención en la 81ª Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York (EE.UU.). La intervención de Netanyahu volvió a estar marcada este año por la salida de numerosos representantes de la sala cuando el mandatario tomó la palabra. EFE/ Sarah Yáñez-richards
Foto: EFE - Sarah Yáñez-Richards

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"Acabada la guerra y caído el fascismo, nos enfrentábamos con dos problemas fundamentales: el ordenamiento democrático dentro de nuestro país y el ordenamiento pacífico en las relaciones entre nuestro país y el resto del mundo. Los dos problemas estaban estrechamente vinculados, o, mejor dicho, se encontraban en la raíz del mismo problema: el de la eliminación, o al menos de la máxima limitación posible, de la violencia como medio para resolver los conflictos entre individuos y entre grupos, ya dentro de un mismo estado, ya en las relaciones entre los estados."

Norberto Bobbio, El problema de la guerra y las vías de la paz. 1979.

Cada otoño, cuando el asfalto de Manhattan es iluminado por las escoltas y los reflectores de la diplomacia, la Asamblea General de las Naciones Unidas realiza su función anual de prestidigitación. Ya no es un templo de paz (algún día lo fue), sino un grand-guignol sobre alfombras rojas que intentan ocultar el hedor. Bajo los techos de vidrio, la retórica de la comunidad de naciones y los Estados fluye para disfrazar su decadencia y negar la idea misma de justicia universal y democracia. La impunidad, el auge de los regímenes criminales y la degradación de las democracias, y la proliferación de las guerras como ejes de un nuevo orden.

El primero de ellos, la impunidad, se evidencia en la selectividad de la rendición de cuentas y en el acoso a los tribunales internacionales de justicia. El ejemplo obsceno es el genocidio en Gaza y Cisjordania. La matanza pretende archivarse bajo eufemismos protocolarios, resoluciones de adorno y vetos cruzados. Ver desfilar por la tribuna a los artífices del exterminio del pueblo palestino, protegidos por la respetabilidad que otorga la inmunidad diplomática, es un insulto intolerable al dolor de las víctimas. Cuando las órdenes de los tribunales y los llamados humanitarios chocan constantemente contra el muro de las grandes potencias, el derecho internacional deja de ser justicia y se convierte en privilegio. La norma cae sobre los débiles y se suspende, se archiva, se olvida, cuando el infractor pertenece al club de los protegidos.

Desde 2023, Estados Unidos ha vetado al menos seis resoluciones del Consejo de Seguridad sobre Gaza, en varias ocasiones con los otros catorce miembros votando a favor. Netanyahu, sobre quien pesa desde noviembre de 2024 una orden de detención de la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad (entre ellos el uso del hambre como método de guerra) subió a la tribuna el pasado jueves en Nueva York, riéndose y tachando de cobardes a quienes abandonaban la sala. Más de 20.000 niños asesinados por el Ejército de Israel sobre la mesa. Al presidente palestino, mientras tanto, se le negó el visado y tuvo que intervenir por vídeo. Por si fuera poco, Washington ha sancionado a nueve de los dieciocho jueces de la Corte y a su presidenta, y Rusia, cuyo presidente también tiene orden de detención desde 2023, conserva el veto sobre cualquier resolución que condene la guerra que inició en Ucrania.

El segundo asunto es la degradación de las democracias y el ascenso de regímenes criminales que se burlan de la representación y subvierten la soberanía popular. Las autocracias ya no se esconden, sino que tienen la confianza y la capacidad para ser actores en el nuevo orden internacional. El protectorado venezolano lo ilustra con nitidez, aunque no es el único, ni mucho menos. Figuras sin ninguna legitimidad en su propio territorio ocupan los atriles globales, aupadas como marionetas del poder real. Regímenes vacíos que no representan a nadie, más que al tintineo del dinero negro, la opresión y la miseria, son blanqueados ante el mundo invocando, con un cinismo impecable, la victoria de la dignidad y del pueblo.

Por otro lado, las democracias liberales que mostraban un mejor desempeño retroceden. Según Freedom House, se contabilizan veinte años consecutivos de retroceso de las libertades en el mundo. En 2025 empeoraron 54 países. Según Varieties of Democracy (V-Dem), el 74 % de la población mundial vive bajo regímenes autocráticos. The Economist Intelligence Unit constata que Estados Unidos, la potencia que levantó el orden de 1945, ha descendido a la categoría de democracia defectuosa (flawed democracy). La pauperización de las clases medias, los excesos de la globalización y la presión migratoria alimentan los populismos en las viejas democracias occidentales, erosionando el Estado de derecho y las libertades. Ni la derecha tradicional ni la socialdemocracia ofrecen alternativas a la ciudadanía, cansada de la corrupción y de una dirigencia vendida al mejor postor, incompetente y elitista.

En este contexto, la Asamblea General, que estaba destinada a ser la voz de los oprimidos, se ha convertido en un desfile de mentirosos, vendehumos, vividores, gánsteres, teócratas, sionistas, asesinos, dictadores interinos y señores de la guerra con credencial oficial, todos bien recibidos en la capital del mundo.

El tercer eje es la proliferación de las guerras. El mundo multipolar, vendido como promesa de equilibrio, ha mostrado su verdadero rostro: la barbarie generalizada, el hombre en su estado más primitivo. En un juego de ajedrez sin árbitros ni leyes que se respeten, la geopolítica se ha convertido en una jauría descarnada. Es un orden peor que una guerra mundial. Según el informe Conflict Trends del Instituto de Investigación para la Paz de Oslo (PRIO), publicado en junio de 2026, el año pasado se registraron sesenta y cinco conflictos con participación de Estados, la cifra más alta desde 1946. Ocho de ellos enfrentaban directamente a unos Estados contra otros, el doble que en 2024. Por otro lado, el Humanitarian Outlook 2026 del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) eleva el recuento total a unos ciento treinta conflictos armados, más del doble que hace quince años. Y según el Global Peace Index 2026 compilado por el Institute for Economics and Peace, en la década de los 70 uno de cada cuatro conflictos concluía con un acuerdo de paz. En la última década, apenas uno de cada veinticinco. Las guerras ya no terminan, se pudren.

No estamos ante una crisis coyuntural. Hay una mutación hacia un orden puramente transaccional, cruel y sin ningún límite dentro y fuera de los Estados. Bobbio tenía razón. Del viejo multilateralismo imperfecto no queda rastro alguno, de la democracia, cada vez menos. Unas Naciones Unidas supeditadas a los Estados han sucumbido, también la Unión Europea. Inanición ética. Hipocresía. Mercado salvaje. Sobra diplomacia y faltan principios.

La incógnita no es si las instituciones pueden reformarse mediante ajustes burocráticos superficiales, la reforma de la reforma, sino si la comunidad internacional y los Estados han cruzado el umbral definitivo. Mientras tanto, la ciudadanía y las gentes corrientes están abandonadas a la intemperie, desorientadas y confundidas, y los halcones celebran sus fechorías sobre las ruinas del porvenir.

Por Truman Percales, especial para El Espectador

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Comentarios
  • Alberto(3788)•30 de septiembre de 2026 – 19:11
    Magistral escrito. Gracias, Truman Percales.
  • CAMILITO(7137)•30 de septiembre de 2026 – 18:25
    Apocalíptico relato. Y aquí en este mar lágrimas, sangre, dolor, muerte y barbarie, campea un insignificante energumeno como marioneta saltimbanqui de sionistas y fascistas, repitiendo como autómata, firmes por la patria y viva cristo rey.
  • Gabriel(10266)•30 de septiembre de 2026 – 18:19
    Descarnada y patética radiografía del mundo que nos ha correspondido padecer en esta época. Y la salida no parece estar a la vuelta de la esquina. Qué infortunados hemos sido !

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