Publicidad

Consuelo Araújo Noguera, el vallenato y más víctimas de la violencia

30 de septiembre de 2026 – 12:00 a. m.
Alejo Durán, primer rey de la Leyenda Vallenata, junto a Consuelo Araújo Noguera, cofundadora de ese importante evento cultural.
Alejo Durán, primer rey de la Leyenda Vallenata, junto a Consuelo Araújo Noguera, cofundadora de ese importante evento cultural.
Foto: Archivo El Espectador

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

El 30 de septiembre de 2001, Colombia conoció una noticia horrible: Consuelo Araújo Noguera, “La Cacica”, exministra de Cultura, periodista y fundadora del Festival de la Leyenda Vallenata, había sido asesinada por las FARC, la misma organización que días antes la había secuestrado en una carretera del Cesar. Veinticinco años después, la conmemoración de ese crimen obliga a recordar no solo a una mujer emblemática, sino también que la cultura ha sido otra víctima de la violencia.

En abril de este año, en audiencia ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), cinco exjefes del Bloque Caribe de las FARC admitieron su responsabilidad ante los hechos y reconocieron que “no se puede justificar la magnitud del sufrimiento que tuvo que pasar Consuelo y todas las personas cerca de ella que fueron secuestradas”. Aclararon que su secuestro fue, en buena medida, fortuito. Araújo no era el objetivo específico de la operación guerrillera sino el entonces gobernador del Cesar. Fue retenida el 24 de septiembre de 2001 cuando hombres del Frente 59 instalaron un retén ilegal en la vía que conecta Valledupar con Patillal. Aquella práctica se había convertido en una de las más temidas del repertorio de las FARC: retenes improvisados para identificar y capturar personas consideradas valiosas para la insurgencia. En medio del desgaste creciente de los diálogos del Caguán, el secuestro y posterior asesinato de la exministra significaron la definitiva pérdida de legitimidad que de esas negociaciones ante buena parte de la opinión pública.

Pero los efectos de aquel crimen no terminaron con la muerte de Araújo. La Comisión de la Verdad documentó cómo el caso inauguró una práctica que después se volvería recurrente: el asesinato de secuestrados durante operaciones militares de rescate para impedir su liberación. También dejó al descubierto otra tragedia menos conocida. Durante años, comunidades indígenas kankuamos y campesinas que habitaban la zona fueron señaladas como colaboradoras de la guerrilla simplemente porque los secuestradores transitaron por sus territorios.

La cultura también ha sido víctima del conflicto armado. Antes que exministra, Consuelo Araújo fue una gestora cultural excepcional. Junto con Alfonso López Michelsen y Rafael Escalona creó el Festival de la Leyenda Vallenata, cuya primera edición se inauguró el 27 de abril de 1968. Ese mismo día apareció en las páginas de El Espectador la primera entrega de su columna “Cartas desde Valledupar” –luego convertida en la famosa “Carta Vallenata”– desde donde presentó el festival como una celebración de la identidad regional. “Estas fiestas son pues, la mejor expresión de un pueblo que vive orgulloso de su tradición”, escribió.

Araújo entendía que el vallenato era mucho más que un género musical. Reivindicó sus raíces en el encuentro entre pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes y la herencia española que moldeó el Valle de Upar. Sobre todo, defendió a los juglares como narradores populares, cronistas que recorrían caminos llevando noticias, memorias y relatos convertidos en canciones. Para ella, el vallenato era una forma de contar el país.

No resulta extraño que compartiera esa visión con su amigo, Gabriel García Márquez. Cuando el escritor recibió el Premio Nobel de Literatura en 1982, fue Consuelo Araújo quien lideró la comitiva de músicos vallenatos que viajó a Suecia para acompañarlo. Mientras García Márquez llevaba la literatura colombiana a la máxima distinción mundial, Araújo ayudaba a que los sonidos del acordeón, la caja y la guacharaca cruzaran el Atlántico y se presentaran ante el mundo como parte de la identidad cultural del país.

Veinticinco años después, recodamos con dolor las circunstancias de su asesinato, pero también con gratitud la dimensión de su legado. En el mismo territorio donde la guerra dejó muerte y silencio, Consuelo Araújo Noguera sembró orgullo por una tradición compartida.

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a elespectadoropinion@gmail.com

Nota del director. Necesitamos lectores como usted para seguir haciendo un periodismo independiente y de calidad. Considere adquirir una suscripción digital y apostémosle al poder de la palabra.

Conoce más

 

Comentarios
  • usucapion1000(15667)•Hace 1 hora
    Es un merecido reconocimiento de la Cacica como "gestora musical" porque le dio visibilidad al vallenato, a la Guajira y a Colombia.

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido