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El fin del mundo… otra vez

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Si las cuentas no me fallan, al momento de escribir esta columna me quedan aproximadamente tres años, tres meses, una semana y unas cuantas horas de vida para el fin del mundo. Fin del mundo que correrá por cuenta de la superinteligencia artificial o AGI, que, según Jacob Coxon, un joven investigador de Anthropic, una de las empresas líderes de IA en el mundo, va a acabar con la humanidad antes del 2030. Tal vez unas horas más o unas horas menos de esa fecha, eso es impredecible. Pero está tan seguro del fatal desenlace, que por eso decidió renunciar a su trabajo como científico de la IA, porque no quiere participar de algo que va a acabar con la humanidad.

Yo me declaro sobreviviente a otras catástrofes apocalípticas anunciadas durante el último medio siglo, como la guerra nuclear, el agujero en la capa de Ozono, el Y2K, la plaga gris de los nanorobots que se iban a consumir toda la materia orgánica del planeta y hasta el fin del calendario Maya en 2012. Y no hablo de la pandemia del Covid 19, que, sin ser anunciada como hecho apocalíptico explícito, puso al mundo en vilo y ocasionó la muerte de no menos de siete millones de personas según los registros oficiales.

Tras haber visto películas, leído artículos, conversado con familiares en eventos preparativos para la fatalidad, la pregunta que me asalta ahora es: ¿la amenaza de la inteligencia artificial no será otra de esas profecías que no se han cumplido? O, ¿por qué sí, esta vez, debería prepararme para lo peor?

Y no es que algunos de los pánicos colectivos que generaron las mencionadas catástrofes que no se cumplieron no hayan tenido el sustento científico que parece tener la nueva advertencia, porque la teoría del invierno nuclear tuvo a su máximo exponente en el astrónomo y astrofísico Carl Sagan, profesor de Harvard y Cornell, y la de la plaga gris de los nanorobots estaba respaldada por un PhD del MIT, Eric Drexler, a quien se le atribuye ser el padre fundador de la nanotecnología. Sino que todas tienen en común (y aclaro de nuevo que en esta ecuación no entra el Covid) que son grandes anuncios sobre la extinción de la humanidad que se quedaron en eso, en anuncios, o porque no necesariamente eran tan graves o porque simplemente los humanos pudimos encontrar la manera de controlar sus efectos.

Aunque el peligro nuclear persiste, la aparente sensatez de Estados Unidos y Rusia evitaron un desenlace fatal en la crisis de los misiles en Cuba; en el caso del agujero en la capa de ozono, la amenaza se mitigó con el Protocolo de Montreal (1987), que ha eliminado casi el 99 % de las sustancias químicas que lo generaban y se ha recuperado; para el Y2K bastó con millonarias inversiones en software para prevenir el posible fallo de los años con dos dígitos. Y el colisionador de hadrones -el de los nanorrobots— no sucedió nunca, porque, según la física moderna, los agujeros negros se evaporan instantáneamente.

Según versiones de académicos y expertos, este nuevo anuncio de extinción de la humanidad tiene más de estrategia empresarial que de sustento científico. Si bien es cierto que el ritmo de aprendizaje de la IA está resultando más acelerado de lo esperado, también es cierto que la IA no piensa por sí misma, por más que lo parezca y por más que queramos creer que así es. El cerebro de la IA no es más que unos y ceros (el código binario) y un sistema que trata de adivinar en una fila de estos cuál es el que sigue, para responder a una pregunta que se responde en lo que se conoce como un lenguaje natural (Large Language Model) que es el que le permite ’hablar’ como hablamos los humanos.

El científico francés Yann Le Cun a quien se le considera el padre del pensamiento profundo (Deep Learning), base de la IA y quien ostenta el premio Turing (considerado el Nobel de la tecnología y la informática), ha señalado en innumerables ocasiones que los LLM son meros modelos de predicción estadística que no tienen un modelo interno del mundo físico, por lo tanto, no tienen noción de la autodestrucción y mucho menos de la destrucción de la raza humana como potencial enemigo.

Otra cosa real con la IA es que su velocidad de aprendizaje y ‘conocimiento’ ha sorprendido a sus propios creadores, quienes se han visto en apuros muchas veces para conseguir la financiación que requieren los centros de datos para alimentar ese cerebro. Pero lo es también que sistemáticamente han tenido que aplazar la fecha de llegada de la AGI por las dificultades prácticas para lograrlo. De hecho, en el libro “El imperio de la IA”, la periodista Karen Hao señala que esa es simplemente el justificante de Sam Altman, el amo y señor de OpenAI, para poder crear un imperio todopoderoso y que actúa más como un distractor de sus objetivos de controlar el mundo de la tecnología.

Y es ahí en donde nace la teoría de que todo esto de pedir controles a los gobiernos para la IA se parece cada vez más a la estrategia que utilizó Rockefeller para proteger a Standard Oil de la competencia. A comienzos del siglo pasado, imploró los controles al mercado del petróleo para proteger su monopolio de la competencia, con el argumento de que un mercado excesivamente libre destruía a la larga el capital. Algo que puede estar pasando con OpenAI, Google DeepMind y la misma Anthropic (que podría salir a bolsa en las próximas semanas), quienes, a través de la estrategia de una inminente amenaza a la humanidad, buscan cerrar la puerta no solo a las empresas chinas sino a otras startups que están llegando a competir.

Y si fuera así, y si la IA realmente es solo un código binario superpotente que no tiene conciencia y menos una conciencia destructiva, y que en el peor de los casos lo que ha hecho es realizar operaciones que no le prohibieron sus programadores, como entrar sin permiso a otras computadoras, simplemente para buscar la mejor respuesta.

Un 40 % de quienes habitan la tierra ha sobrevivido al menos a tres de los fines del mundo anunciados (quienes nacieron después del año 2000): el Y2K, el colisionador de hadrones y el calendario maya; el otro 60 % lo ha hecho al menos a cinco de esas amenazas. Entonces, es hora de no quedarnos en las preocupaciones por la destrucción del mundo; es, más bien, hora de concentrarnos en los reales grandes riesgos que trae la IA y de los que tratan de distraernos con estas historias, como la extracción inescrupulosa y violación masiva de derechos de autor para el entrenamiento de modelos, la concentración extrema de la infraestructura de supercómputo y datos, el consumo desmedido de agua pura y, especialmente, la precarización del trabajo humano en las cadenas de etiquetado de datos y la automatización sin red de contención social.

Por Leonardo Rodríguez

Periodista. PhD en Investigación Leo@iradia.ai
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Comentarios
  • Atenas(06773)•Hace 40 minutos
    Leyendo por primera vez al columnista invitado, Leonardo Rodriguez, y q’ lo hice con detenimiento como quiera q’ igual q’ él no comparto la visión apocalíptica q’ han diseminado ciertos profetas del desastre sobre el inminente y muy próximo fín del mundo por cuenta de la IA. Las sustentadas razones q’ esgrime este panglosiano observador las hago mías pa reiterarme en lo q’ en ciertas circunstancias he expuesto y me ha alegrado: Bienvenida IA. Atenas

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