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Cuando se fundó el G7m en 1975, ese grupo de los países más industrializados del mundo contaba entre sus miembros a cuatro europeos, en los lugares 3, 4 y 5. Para 2026, las principales economías del mundo son un país americano, Estados Unidos; tres países asiáticos (China, Japón e India) y tres países europeos (Alemania, Reino Unido y Francia). Los europeos ocupan el 4.º, 6.º y 7.º lugar, superados por EE. UU., China y Japón.
Ello muestra cambios importantes. Se calcula que en cinco años China se habrá consolidado como la segunda economía del mundo, con Japón como la tercera e India como la cuarta. Corea del Sur se habrá asegurado el puesto entre los diez primeros.
Estados Unidos y China son claramente las dos grandes potencias económicas y tecnológicas de hoy. Ello incluye las tecnologías del próximo futuro: computación digital y cuántica, investigaciones sobre energías de fusión, semiconductores, miniaturización, robótica e industria espacial. Y en el terreno de las tecnologías bélicas, Rusia aún se mantiene como la segunda potencia, seguida no muy de cerca por China.
En cuanto a patentes internacionales, China tiene aproximadamente 200 mil por año, mientras EE. UU. tiene un poco más de 50 mil, y toda Europa en su conjunto no pasa de las 16 mil. Si se habla de los grandes mercados mundiales, el orden por valor y volumen es semejante: primero, EE.UU.; segundo, China; y Europa en su conjunto en tercer lugar. Las ventas de productos nacionales de Europa en el exterior han tenido un descenso proporcional, no solo en EE. UU., sino también en China. A su vez, Europa se encuentra inundada por productos chinos de bajo costo, aunque de calidad mediana.
Los países europeos pueden competir en algunos nichos de mercado y con productos de alta calidad, pero también de alto costo. Quizás a ello contribuyan los altos costos de energía y los también muy altos costos laborales, así como un exceso regulatorio. El nivel de vida sigue siendo entre los más altos del mundo, pero su capacidad de competitividad se ha reducido.
Se dice que Estados Unidos domina el capital de riesgo y la tecnología privada, y que China controla la manufactura masiva y las cadenas de suministro en el sector energético de punta. Europa compite a través de la calidad y de sectores industriales especializados. Pero tiene en su contra la ausencia de grandes gigantes tecnológicos, y la existencia de numerosas regulaciones comunitarias. Estas han implicado que las startups tecnológicas europeas migren a EE. UU. para buscar más apertura a proyectos novedosos y financiación en cantidades apreciables.
Finalmente, la producción industrial se ha visto encarecida por la pérdida de acceso al gas ruso de bajo precio y la dependencia de minerales críticos respecto a China. Europa sigue teniendo ventajas comparativas en regulación (efecto positivo sobre la calidad de vida y los estándares ambientales), industria de precisión y algunos sectores tecnológicos muy elaborados. También en dispositivos médicos, industria química aplicada y la industria farmacéutica.
China, a su vez, lidera las comunicaciones digitales, la energía verde, la tecnología para vehículos eléctricos, la tecnología solar y la electrónica aplicada. Mientras, EE. UU. es líder en software, inteligencia artificial, computación en la nube, semiconductores, biotecnología, industria farmacéutica y tecnología espacial.
Así pues, la economía europea en su conjunto tiene un reto interno por el encarecimiento de las fuentes energéticas, un proceso de desaceleración de sus exportaciones y por la competencia china en su territorio. Su mercado interno se ha reducido proporcionalmente en el último lustro y las tasas de desempleo se han incrementado. A su vez, su presencia en el mundo se ha visto desbordada por la competencia de productos chinos y el proteccionismo de EE. UU.
Frente a ello, algunos en Europa han pensado que quizás valdría la pena intentar una «fórmula a lo americano», con una tentativa de reactivar las economías por la vía de la producción industrial de armamentos. Es una posición visible en Alemania y Francia. Si a ello se suma el efecto de la guerra Rusia-Ucrania, el asunto adquiere mayor importancia. En efecto, este conflicto tiene no solo un contenido «local». Para el Gobierno ruso, la OTAN habría ido avanzando hasta el corazón del mundo eslavo, siendo Ucrania su máxima expresión.
Pero para los europeos, el fantasma de Múnich y la Segunda Guerra Mundial está muy presente. En su momento, Hitler aseguró que Alemania solo pretendía un territorio vital, y nada más. Incluso a su regreso a Inglaterra después de las negociaciones de Múnich, Chamberlain era optimista. Los europeos ven en el caso de Ucrania algo semejante al de Bohemia y Moravia antes de la segunda guerra. El hecho de que Vladímir Putin hubiera afirmado hasta casi la víspera de la invasión a Ucrania que no intervendría militarmente en ese país no ayuda en nada a la credibilidad de las declaraciones de paz.
Si para los rusos la OTAN quisiera seguir avanzando en su territorio, para los europeos la inmensa Rusia de 17 millones de km², muy bien implantada en Europa Oriental y con reivindicaciones territoriales que vienen de la época de los zares, no es una garantía de paz. En ese sentido, los nacionalismos europeos, en especial el alemán, tienen una explicación.
Los países europeos tienen, pues, varios retos importantes: cómo garantizar la independencia energética (quizás la energía nuclear sea la solución, como en Francia); cómo regular los procesos migratorios que tienen impacto sobre la identidad europea; cómo mantener un estado de bienestar en medio de una pérdida de competitividad internacional e incluso nacional; cómo estimular un nacionalismo sano que sea una garantía de autonomía, sin caer en los absurdos nacionalismos a ultranza, excluyentes y propicios a las guerras internacionales. Y sobre todo, cómo mantener un nivel científico-tecnológico y de marketing a la altura de EE. UU. y China, e incluso India.
Diego Cardona C. es antropólogo y analista internacional. dcardonac@gmail.com
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