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Un Silbón perdido entre clichés y exotismo. "Poseído" (2026), de Diego Velasco

Santiago Nicolás Giraldo Enríquez
Calificación cine opinión 2,5

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Los mitos y leyendas siguen siendo una de las deudas históricas que el cine colombiano ha tenido con su propio folclor. Las pocas adaptaciones que se han hecho no son suficientes para cubrir una tradición que todavía se cuenta y que ha trascendido el territorio. Aún queda mucho por decir de esos personajes y de su relación con nuestra idiosincrasia. En ese sentido, esta película toma la leyenda del Silbón y la usa para contar una historia de conflictos familiares, sectas, cañaduzales y muerte. Es importante tener en cuenta que es una coproducción entre Estados Unidos, Colombia y Venezuela, hablada mitad en español y mitad en inglés, y situada en los Llanos.

Vale la aclaración porque algunos de sus problemas tienen que ver con que no sabe hacia dónde se dirige ni qué idioma habla. En ocasiones deja de sentirse verosímil, no solo por la distancia lingüística entre los personajes, sino además por la forma en que cuenta la historia. Propone imágenes intrigantes del territorio que le dan un ambiente perturbador, pero que no se acoplan bien con los conflictos narrativos (más allá de que los cultivos de caña no sean propios de los Llanos, y que la película se haya filmado en otra región, un detalle que se podría pasar por alto si no fuera porque depende de esa inconsistencia para desarrollar la trama). Tanto los protagonistas como lo que les sucede son ajenos a nuestro contexto, además de estereotípicos y superficiales. Hay intentos de equilibrarlos entre decisiones técnicas, que fallan al pretender un realismo que no se concreta.

Por esas diferencias de estilo y porque es muy notorio que la película se piensa para el público extranjero, se puede decir que es la muestra de lo que pasa cuando nuestras leyendas dejan de ser nuestras; cuando se prioriza una mirada que ve con exotismo lo regional, y usa el paisaje como mera decoración. Sin embargo, precisamente por ese punto de vista externo, puede abrir paso a conversaciones sobre cómo decidimos contar y representar la identidad de nuestros países.

Con eso dicho, hay que mencionar también que el suspenso y las atmósferas inquietantes son los elementos que mejor le funcionan y de los que obtiene mejores resultados. La presencia del Silbón, por ejemplo, es sonora en casi su totalidad, lo que genera una intriga bien planteada que atraviesa el filme. Los problemas vuelven cuando se concentra en los diálogos y las interacciones de los personajes. El esfuerzo que hace por adentrarnos en ese entorno sobrenatural se cae cuando la tensión entre esos personajes y sus conflictos (tanto los internos como los que van surgiendo entre ellos) no convencen. Tratar una leyenda como esta no supone hacerle justicia. Tampoco es necesariamente malo que no lo haga. No queda a deber porque no adquiere compromisos con nada que no sean sus propias expectativas. Es una prueba del estado de las cosas de buena parte del cine internacional; una que prefiere el cliché antes que la naturalidad. Ahí está el (t)error.

Por Santiago Nicolás Giraldo Enríquez

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