Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
No llevamos dos meses de este gobierno y lo que se siente en las tertulias, en las calles, en los restaurantes, etc., no es tranquilidad ni alegría. A lo mejor en esos sectores o círculos sociales oficialistas en los que nunca suelo concurrir o participar, se respire otro ambiente y estén esperanzados con los gestos agresivos de Abelardo y sus alocuciones provocadoras con las que decidió invadirnos la tranquilidad de los domingos, al igual que su antecesor Petro. Pero afuera el clima es otro.
El sentimiento colectivo oscila entre el miedo y la angustia, porque las gentes temen que en un gobierno integrado por los amigos personales y asociados del mandatario, que no está dispuesto a reconciliarse con nadie sino a ejercer represalias contra quienes lo han criticado o se atreven a hacerlo aún y a imponer su omnímoda voluntad, puedan venir las arbitrariedades y la persecución. A eso se suma el hecho inocultable de la resurrección del “Monstruo” Laureano entronizada en este gobierno, con dos de sus nietos, uno como ministro de Hacienda y el otro como senador, este último litigando en causa propia contra la JEP, y de contera el bisnieto que en campaña hacía anuncios no solamente de intolerancia sino de su personal deseo de cobrar venganzas.
Desde que inicié mi periplo como columnista en marzo de 1998, he recibido señales hostiles de todos los gobiernos, unos más que otros, pero lo de ahora es en serio. En efecto, cada vez es más frecuente que personas desprevenidas a quienes no conozco se aproximan advirtiendo “cuídese”, “no se exponga”, “no salga solo”. Tienen miedo y presienten que en este gobierno todo es posible. Ando con mi conciencia tranquila y por eso ni siquiera se me ha ocurrido pedir protección del Estado, mucho menos en este régimen. Si algo ha de pasar, ya se sabrá de dónde proviene cualquier agresión. No en vano se sabe, por boca del propio Abelardo, que él conserva una lista de 13 columnistas con los que tiene cuentas de rencor pendientes, dentro de los cuales es muy probable que hayan estado Ana Cristina Restrepo, Camila Zuluaga y Vladdo, de quienes ya conocemos la suerte que han corrido.
Muchos están temerosos con la altanería de Abelardo. Unas veces amenaza al gobernador de Nariño y le lanza advertencias sencillamente inaceptables; en otras, desfila entre muertos envueltos en bolsas blancas, o lidera aparentemente operativos exhibiendo un arma al cinto, imagen que solo vimos del dictador Saddam Husein, quien como jefe de Estado solía presidir manifestaciones con un rifle que disparaba en medio de las ovaciones de sus sometidos seguidores.
Pero sobre todo lo que desconcierta y atemoriza es el discurso violento y provocador de Abelardo con su sartal de advertencias de que él, y sólo él, acabará con los narcos y los delincuentes, que bien conoce desde sus tiempos cercanos a Mancuso; o cuando con su dedo inquisidor en televisión o en sus apariciones públicas transmite el nefasto mensaje de que aquí solamente sobrevivirán quienes piensen como él y sus subalternos, muchos de los cuales ya han mostrado su falta de grandeza y equilibrio, como la bocona directora del ICBF, o el tontazo director del Instituto Caro y Cuervo, y varios de sus ministros, para solo limitar a estos esa peligrosa y hostil nómina.
A quienes ingenuamente creíamos conocer a Rodrigo Lara e Iván Cancino, por haberlos visto deambular en el Externado —cuando esta Universidad no estaba en manos y al servicio de la satrapía que hoy la mal gobierna y la usufructúa—, ya el poder los transformó, porque han aprendido a ejercer la lucrativa industria del odio, de la que habla la española Inma Caballero. Vivir para verlo. No fue sino que los nombraran y los llenaran de escoltas y carros blindados para que se desnudaran y se sometieran a todo.
Si indispone ver a los nuevos hombres de Estado pavoneándose en el ejercicio del poder que suponen vitalicio, con mayor razón comprobar cómo personas buenas en vez de admirar al gobierno que apenas comienza, sienten desconfianza y pánico. El régimen rodeado de lisonjas no advertirá lo que está cocinando y es probable que cuando lo haga ya no haya regreso.
Adenda No 1. Desacertado nombramiento de Cristina Lombana en la Secretaría de Transparencia de la República.
Adenda No 2. Descabezar a Bruce Mac Master de la presidencia de la ANDI, para arrodillarse ante el Dios Abelardo, habla muy mal del gobierno y de los empresarios. A estos últimos les pesará su falta de carácter.