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La escena se repite en cualquier consultorio del país. El paciente habla y el médico escribe en el computador. No es desinterés. Es un sistema que exige registrar más de lo que permite escuchar. Esa distancia es el problema que la inteligencia artificial debería ayudarnos a resolver: usar la tecnología para acercar a las personas, no para alejarlas. Esa debería ser también la vara con la que la medimos.
La inteligencia artificial ya permite encontrar patrones en cantidades de información que una persona no podría procesar y, cada vez más, interpretar imágenes, producir lenguaje, anticipar riesgos y apoyar decisiones. Por ejemplo, en Columbia y Weill Cornell, un modelo puede encontrar en un electrocardiograma señales de enfermedad cardíaca estructural que no son evidentes para el ojo humano. En Johns Hopkins, sistemas de apoyo ayudan a distinguir qué pacientes con quistes pancreáticos necesitan cirugía y cuáles pueden ser vigilados. En Harvard, modelos entrenados con imágenes de patología apoyan el diagnóstico y el pronóstico del cáncer.
Las capacidades son extraordinarias. Pero la pregunta más importante es otra: qué vamos a hacer con ellas.
Hay una frontera que no deberíamos perder de vista: somos personas cuidando personas.
Por eso la inteligencia artificial no debería convertirse en un fin. Debería servir para mejorar la calidad, anticiparnos al daño, tomar mejores decisiones y, sobre todo, devolver tiempo y capacidad a aquello que hace que la atención en salud siga siendo humana.
En la Fundación Santa Fe de Bogotá hemos intentado partir precisamente de esa lógica: no comenzar preguntando qué modelo de inteligencia artificial podemos implementar, sino qué problema vale la pena resolver. En cáncer, por ejemplo, implementamos inteligencia artificial para identificar antes a los pacientes, acelerar el diagnóstico y reducir el tiempo hasta el inicio del tratamiento, disminuyendo la fragmentación y evitando que un paciente se pierda entre consultas, estudios, autorizaciones y especialistas mientras su enfermedad sigue avanzando.
La tecnología cambia. El principio no
Y aquí aparece algo fundamental: la inteligencia artificial no define la estrategia de una institución. La amplifica.
Si una organización está obsesionada con producir volumen, probablemente utilizará la IA para hacer más consultas en menos tiempo. Si está centrada en seguridad, la utilizará para identificar riesgos antes. Si valora la relación entre el paciente y su equipo de salud, puede utilizarla para devolverle tiempo a esa relación.
Por eso, implementar inteligencia artificial sin preguntarnos primero qué cultura queremos amplificar es peligroso. Podemos terminar haciendo con extraordinaria eficiencia cosas que nunca debimos estar haciendo.
También podemos cometer otro error: confundir innovación con impacto. Un algoritmo puede tener métricas impecables y no cambiar la vida de nadie. Puede funcionar muy bien en un gran hospital y ser irrelevante para millones de personas que nunca tendrán acceso a él.
En Colombia esto debería preocuparnos especialmente. Si la inteligencia artificial llega únicamente a los lugares donde ya existían especialistas, datos, infraestructura y recursos, no habremos cerrado las brechas del sistema. Las habremos sofisticado.
Innovar sin equidad es fracasar
La distancia que deberíamos medir no es solamente entre un modelo nuevo y el anterior. Es la distancia entre el paciente que puede acceder a la mejor medicina disponible en Bogotá y aquel que necesita atención en Quibdó, La Guajira, el Pacífico o cualquier lugar donde la capacidad del sistema sigue siendo limitada. La tecnología verdaderamente transformadora no es solo la que aumenta nuestra precisión, sino la que permite que esa precisión llegue más lejos.
Tal vez en el futuro cambien profundamente los roles de médicos, enfermeras y demás profesionales de la salud. Sería ingenuo asegurar lo contrario. Pero el objetivo no puede ser preservar exactamente la forma en que trabajamos hoy. El objetivo es cuidar mejor.
Más tecnología debería significar más capacidad para prevenir, más tiempo para escuchar, menos variabilidad injustificada, menos daño evitable y mejores decisiones.

Más tecnología para más humanidad
Podemos construir el algoritmo más preciso, automatizar procesos y predecir riesgos. Pero si al final el paciente se siente menos escuchado, si el acceso sigue dependiendo de dónde vivimos, de nuestro estrato o de nuestra capacidad de pago, habremos avanzado técnicamente mientras retrocedemos como sociedad.
Por eso, cuando en la Fundación Santa Fe de Bogotá hablamos de más y mejor salud para Colombia y la región, ese propósito también debería medirse así: más capacidad para cuidar mejor, llegar a más personas y devolverle tiempo a la conversación con la que empezó esta columna.
Porque al final, ser mejores en tecnología solo importa si nos ayuda a ser más humanos. Somos personas cuidando personas.
*Mateo Tamayo Medina, MD · Fundación Santa Fe de Bogotá
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