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Apreciado señor director:
El crimen del narcotráfico entró a Colombia por la puerta ancha de la impunidad ideada por los partidos políticos para ocultar el genocidio y la tierra arrasada del Estado contra su pueblo humilde y campesino, iniciado el 7 de agosto de 1946. Quitó 300.000 vidas de hombres y mujeres desde antes de nacer hasta la ancianidad, y extravió a un millón de desplazados en un océano de amarguras, en este país bañado en sangre y obligado al ocio. Así inició la patria este camino de muerte y amarguras que se prolonga hasta hoy.
Políticos expertos en transmitir virtudes que no tenían pasaron del contubernio del exterminio fratricida de "a sangre y fuego, no dejar ni la semilla" a divinizar esta peste mortal del narcotráfico. Los carteles de Medellín y Cali alimentaban la voracidad política de riqueza y poder en toda la extensión de su significado, sin que les doliera el asesinato de ministros de Justicia, periodistas, jueces y policías. Carros bomba. Arrodillaron al Estado. Impusieron la no extradición. Dejaron en cenizas la suprema majestad de la justicia. Desbordada esta maldición de postración física, intelectual y moral, ha sido imposible detenerla.
El señor presidente De la Espriella decidió combatir el narcotráfico por la base, como los anteriores gobiernos, sin resultado alguno. La guerra debe librarse por donde empezó: por los políticos corruptos, compinches y simpatizantes gozosos de la impunidad que les renta este delito.
Con mayor delito contra Colombia y remoquete mundial para todos, el narcotráfico es una guerra contra Dios, un crimen y un delito de lesa patria y lesa humanidad. Urge definirlo como tal en un referéndum, con castigos irremisibles de cadena perpetua y expropiación de los bienes de los familiares y parientes del narco hasta el cuarto grado de consanguinidad y afinidad. La sufrida, desacreditada y padecida es la patria. La extradición es una humillación de la justicia y de la soberanía del Estado, pues les permite a estos malos nacionales recibir penas cortas negociadas en Estados Unidos y regresar victoriosos a disfrutar de sus riquezas. Así sí podemos gritar firmes por la patria.
Isaac Vargas Córdoba
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