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Seamos francos. La única elección que en verdad importa en el calendario electoral de las Américas tendrá lugar este noviembre en los Estados Unidos. El significado de todas las demás elecciones en el hemisferio, y allende, las pasadas y las venideras, solo puede entenderse en dicho contexto.
Ello es cierto al menos por dos razones. Primera, porque el destino del partido republicano, capturado por el movimiento MAGA, el del populismo ultra alimentado por oscurantistas como Curtis Yarvin o Nick Land e integristas morales como Adrian Vermule, y el de su líder aparente, Donald Trump, depende de lo que suceda en noviembre. Y entonces también el destino de los demás, las malas copias, los wannabe Bukeles, los Flavios, los filofachos y los motosierras que llegaron al poder gracias a o dependen de Donald Trump para mantenerse.
Segunda, porque si puede hablarse de algo así como una política regional la discusión tendría que centrarse en la llamada Doctrina Donroe y en la legalidad y eficacia de iniciativas como el llamado Escudo de las Americas o los acuerdos de cooperación en seguridad. Lo novedoso, en este caso, es la extensión aparente del Destino Manifiesto y el corolario Roosevelt de la vieja doctrina Monroe no solo al sur de las Américas, el “patio trasero” como dicen algunos, sino también a Canadá, a Groenlandia y, por extensión, al resto de Europa. Y el destino de esa política militar expansionista puede cambiar de manera sustancial si Trump pierde el control de una o ambas cámaras del congreso estadounidense en noviembre.
Ahora bien, todo parece indicar que ello puede ocurrir. De acuerdo con las estadísticas y las encuestas, los demócratas están en camino de retomar el control de la Cámara de Representantes y tienen favorabilidad para retomar el Senado. Las encuestas pueden equivocarse, pero los que saben de estas cosas más que nosotros, como el analista Nate Silver, nos advierten que no existen razones inherentes para asumir que dichas encuestas estarían exagerando la favorabilidad de los demócratas.
Silver observó esta semana que quienes en este punto se resisten a aceptar dicha favorabilidad tanto en la carrera por el senado como en las de la cámara baja están siendo demasiado cautelosos. Los demócratas aventajan a los republicanos en la cámara baja con una diferencia de diez puntos, mientras que, en el Senado, aunque las diferencias son menos pronunciadas, lo que se advierte es la victoria de candidatos demócratas como James Talarico en el estado de Texas, algo casi impensable en la historia política del sur estadounidense, y en otras que los demócratas necesitarían para tomar control de la cámara alta y detener a Trump, o hasta acusarlo. Este es un escenario impensable hace apenas unos meses.
¿Qué ha cambiado? La respuesta, en una palabra, Trump. Así como en Colombia se respira todo menos entusiasmo y alegría a menos de cien días del ascenso al poder del representante criollo del trumpismo, en los Estados Unidos, al cumplirse la mitad del periodo presidencial, la sensación es que “Trump, borracho de poder,” habría seguido el patrón pendular de la política de acuerdo con el cual quien viene después se dedica “a revertir todo lo que hizo el anterior… No solo revertirlo sino que además vamos a dispararle a la gente en las calles, ahí tienen… y al reaccionar de esa manera (Trump) pierde hasta su propia gente”, como dijo el comentarista de televisión Bill Maher.
Valga aclarar que Maher suele ganarse la ira de unos y otros. No es un zurdo. Sus críticas a la izquierda estadounidense no suelen ser menos ácidas que las que lanza hacia la derecha. Por ejemplo, Maher tiene muy poca paciencia con el DSA, el movimiento de Demócratas Socialistas en el interior del Partido Demócrata que representan figuras como el alcalde de Nueva York Zohran Mamdani o Alexandra Ocasio-Cortez (aunque esta última ya ha dejado atrás algunas de sus “locas” ideas tempranas, como ella misma las denominó). Aunque Maher reconoce que los socialistas le han dado nuevas energías al partido, y ello no es poca cosa, les advierte en contra de intentar poner todos los huevos en una misma canasta o simplificar temas cuya discusión requiere mayor matiz y cuidado, y que no necesariamente capturan las preocupaciones inmediatas de un electorado que siente como su costo de vida se dispara.
“Quieren convertir a ‘Gaza es un genocidio’ en una suerte de prueba de litmus” para las presidenciales del 2028. Y algo de razón puede tener. Si bien es cierto que la situación en Gaza puede constituir la prueba moral de nuestro tiempo, no es cierto que el moralismo lleve las de ganar en política. Ni es cierto que debates éticos y político-legales como este, que requieren un tipo de precisión diferente a la del juicio pretoriano, sean fácilmente reducibles a la lógica extensional de lo blanco y lo negro que algún escritor caribeño descalificaba como maniquea. Lo ha demostrado el Partido Verde de Gran Bretaña al cometer un error táctico innecesario esta semana.
El problema consiste en haber votado a favor de una moción según la cual “el sionismo es racismo”, ella misma suficientemente controversial, al mismo tiempo que se apresta a encarar una elección decisiva en la que tenía una oportunidad dorada para que su líder, Zack Polanski, pudiese ser elegido al Parlamento en la constituyencia del antiguo primer ministro, Keir Starmer.
La izquierda tiene mucho que aprender de estos yerros. No moralizar la política. Es un error que suelen cometer los sofistas, los tontos y canallas conversos, y los malos poetas mal metidos en lides políticas. Entre otras cosas porque distrae de las discusiones que más le importan a la gente: el costo de vida, las oportunidades de empleo y seguridad para los más jóvenes y las más jóvenes, la seguridad de todos, la salud, la educación, y la vivienda. Y los votantes suelen cobrar muy caro esas distracciones. Es posible que algo similar haya ocurrido al Partido de los Trabajadores en Brasil, por ejemplo, al permitir que el tema decisivo del debate electoral fuese el de la corrupción. Esos terrenos rayanos en el moralismo suelen beneficiar a las derechas y las ultraderechas.
Vean también lo que está sucediendo en Francia y en España, donde la gente se ha tirado a las calles por temas que tienen que ver con sus condiciones inmediatas de reproducción de la vida. Estamos a cuatro semanas de las elecciones en los Estados Unidos, más de un millón de votos ya han sido depositados por correo, y los electores sienten que Trump ha incumplido sus promesas (desde Epstein a no más guerras hasta la economía). Si se cumple lo que sugieren los indicadores, y si no interviene para evitarlas, Trump perdería el poder en las elecciones de noviembre próximo. Y con él lo pierden también nuestros wannabe Bukeles, nuestros filofachos y posfalangistas moralistas, y nuestros "motosierras". Se abre aquí una oportunidad clara para los liberales de la justicia social y las izquierdas.
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Brayan Tibocha(jbw8b)•Hace 44 minutosEste mamertico de medio centavo que dice que vive como refugiado político en Londres epitomiza la hipocresía y falsedad zurda: en vez de buscar asilo en las embajadas de Cubazuela/ Nicaragua/ Corea del Norte, corrió a la del Reino Unido. Siempre es mucho mejor vivir en la cool y muy capitalista Londres que en cualquier paraíso socialista.