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En el Legajo 206 del Archivo General de Indias, en Sevilla, reposa la declaración que Esteban Martín rindió en 1534 sobre la expedición del alemán Ambrosio Alfínger. La conocemos por la transcripción del hermano Nectario María, de 1959. Casi nadie la lee. Martín, que hablaba caquetío, había sido intérprete de Juan de Ampiés antes de servir a Alfínger, y su texto se ha usado sobre todo para seguir itinerarios militares.
Su cargo oficial era el de maestre de campo y alguacil mayor, pero lo que lo volvía indispensable era el oficio de lengua. La palabra designaba entonces a quien servía de intérprete, y bajo ella cabían condiciones muy distintas. Estaba Isabel, la mujer guajira de Alonso de Ojeda, que mostró a Ojeda dónde estaban los bancos de perlas. No era intérprete en sentido técnico, pero por afecto hacia aquel volvió legible un litoral. Estaba Juan de Buenaventura, soldado abandonado por Bastidas, que aprendió las lenguas de la costa por supervivencia. Martín, en cambio, sí fue un traductor oficialmente reconocido.
El derecho tardó en nombrar ese oficio. En las huestes la función de intérprete se confundía con la de guía, soldado o capitán, y nadie la inscribía como cargo propio. Los estudios sitúan hacia 1529 los primeros intentos de regularla, y la Recopilación de 1680 le dará un lugar normativo más estable. Entre ambas fechas, la fidelidad del traductor era un acto de confianza. Federmann necesitó cinco intérpretes encadenados para hablar con los xaguas, y calculaba que de diez palabras suyas apenas una llegaba.
Martín evitaba esa cadena. José Oliver ha planteado que el caquetío, lengua arawak, por su cercanía con otras lenguas de la familia, pudo servir de vínculo entre las islas y las costas vecinas. Ese es el aporte lingüístico: un intérprete que acortaba la distancia entre lenguas y culturas distintas.
El aporte geográfico es más concreto. La declaración conserva los nombres con que se llamaban las tierras y las aguas antes de pasar a los mapas. Nombra el río Macomyte, hoy Limón; el Xiriri, hoy Cesar; el Yuma, hoy Magdalena. Menciona también a Tamara (hoy Tamalameque), a orillas del gran río. Esa toponimia y esa hidronimia no las inventó el escribano; las dictaron quienes vivían allí. El texto registra, además, abundantes datos sobre los pueblos indígenas: cómo se vestían, cómo eran sus viviendas y fortificaciones, qué comían. Menciona a los indios coanaos, que llevaban sal del Cabo de la Vela y regresaban con oro de la tierra adentro, y con ellos una ruta de intercambio más antigua que cualquier gobernación.
Dos gobernaciones disputaban ese mismo suelo. Venezuela, en manos de los Welser desde la capitulación de 1528, y Santa Marta imaginaban de modo incompatible hasta dónde llegaba cada una. El mapa de los procuradores de Coro de 1534 lleva esa discusión al papel. Allí asoma el trazado que, con los siglos, separaría a dos repúblicas: Colombia y Venezuela.
Todo mapa colonial se apoya en una voz indígena que no lo firmó. Detrás de la declaración dada en Coro hubo un hombre que preguntaba el nombre de un río y lo repetía con el acento correcto. La lengua fue la primera cartografía: la que ponía palabra a lo que la Corona pondría después en tinta. Los límites los firmaron los gobernadores; los nombres con que aún se recorren esas tierras los dictó el oficio de Esteban Martín.
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Melmalo(21794)•Hace 56 minutosQue forma tan amena y precisa de describir los orígenes de las fronteras en el norte del territorio nuestro,da gusto leerlo.
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Edgar(22146)•Hace 2 horasQue placidez cultural leer este gran periodista e historiador Weildler Guerra. Genio
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UJUD(9371)•Hace 3 horasDelicioso recordatorio. Gracias.