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Celebrar a las niñas, adolescentes y jóvenes es garantizar sus derechos

Bogotá y Cundinamarca comparten territorios, movilidades, ecosistemas y desigualdades. Garantizar los derechos de las niñas, adolescentes y jóvenes exige una mirada de ciudad-región que convierta la educación, la salud, la participación y el ambiente sano en realidades cotidianas, sin que el lugar de residencia determine sus oportunidades.

Curso de espías para niños en esta zona de Bogotá
Curso de espías para niños en esta zona de Bogotá
Foto: El Espectador - Gustavo Torrijos Zuluaga

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Una niña puede vivir en Soacha y estudiar en Bogotá, pasar varias horas desplazándose y depender de servicios que atraviesan las fronteras municipales. Otra puede crecer en una vereda de Cundinamarca, donde las distancias condicionan el acceso a la educación, la atención en salud o las actividades culturales. Sus experiencias son distintas, pero sus derechos son los mismos. ¿Qué necesitamos transformar para que ambas puedan ejercerlos plenamente?

Conmemorar los derechos de las niñas y las jóvenes debe llevarnos a examinar no solo lo que hemos reconocido en las leyes, sino las condiciones que estamos garantizando para que puedan aprender, vivir saludablemente, participar en las decisiones que las afectan y crecer en un ambiente sano. Los derechos se concretan en los territorios donde transcurre la vida; por eso, las respuestas públicas deben reconocer las desigualdades y actuar sobre sus causas.

Las cifras de Bogotá muestran la urgencia. Durante el primer semestre de 2026 se notificaron 16.828 casos de violencia intrafamiliar y de género contra niñas, niños y adolescentes; 9.346 correspondieron a mujeres. En el mismo periodo se registraron 7.264 notificaciones de violencia sexual contra menores de 18 años, de las cuales 4.666 correspondieron a niñas y adolescentes. Son registros de vigilancia en salud pública, no la totalidad de las violencias ocurridas, pero evidencian la necesidad de fortalecer la prevención, la atención y la protección integral.

La distribución territorial también importa. Ciudad Bolívar, Kennedy, Suba y Bosa concentraron 9.215 notificaciones de violencia intrafamiliar y de género contra menores de edad. Estas cifras no deben convertirse en etiquetas para señalar a sus habitantes, sino orientar recursos y fortalecer las capacidades institucionales, las redes comunitarias y los entornos protectores. La respuesta debe partir de las particularidades de cada localidad y municipio.

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El primer desafío es garantizar trayectorias educativas completas.

En la primera infancia, esto significa ampliar las oportunidades de atención integral, juego y desarrollo. En la infancia, fortalecer los entornos escolares protectores y el acceso a experiencias culturales, científicas y deportivas. En la adolescencia, prevenir las violencias y evitar que las desigualdades o las responsabilidades tempranas de cuidado interrumpan los estudios. Para las jóvenes, implica facilitar el tránsito hacia la educación superior, la formación para el trabajo y el empleo digno.

En Bogotá, la cobertura neta en educación media fue de 58,85 % en 2024 y alcanzó 63,38 % entre las mujeres. Este indicador no equivale a la proporción de estudiantes que pasa de noveno a décimo grado, pero invita a examinar las trayectorias educativas y las barreras que dificultan avanzar oportunamente. El reto continúa después del bachillerato: en 2024, el 65,3 % de quienes se graduaron de educación media en Bogotá continuó su formación al año siguiente. De ese grupo, el 53,9 % ingresó a programas de educación superior. Aunque el tránsito ha mejorado, todavía hay jóvenes que no continúan estudiando y cuyas oportunidades dependen, entre otros factores, de los recursos económicos, la orientación socio-ocupacional y la oferta disponible. Garantizar la continuidad exige apoyos financieros, transporte, alternativas pertinentes y acompañamiento para que el origen social o el lugar de residencia no definan quién puede seguir aprendiendo.

El segundo desafío es garantizar una salud integral.

La salud física, la salud mental y los derechos sexuales y reproductivos están conectados con la autonomía, la protección y las posibilidades de construir un proyecto de vida. En Bogotá, durante 2025 se notificaron 8.685 casos de ideación suicida en adolescentes; 5.820 correspondieron a mujeres. Al 30 de junio de 2026 se habían notificado otros 4.064 casos en adolescentes, de los cuales 2.647 correspondieron a mujeres. Estos registros no representan necesariamente personas únicas, pero muestran la importancia de fortalecer la detección temprana, el acompañamiento psicosocial y la continuidad de la atención, con especial atención a las necesidades de las adolescentes.

También debemos garantizar educación integral para la sexualidad, información confiable y servicios de salud sexual y reproductiva accesibles y libres de discriminación. Cundinamarca reportó en 2025 una tasa de fecundidad de 10,23 nacimientos por cada 1.000 mujeres de 10 a 19 años, la más baja registrada en el departamento. Es un avance que merece sostenerse, acompañado de oportunidades para que las adolescentes continúen sus estudios, tomen decisiones informadas y construyan sus proyectos de vida.

El tercer desafío es reconocer a las niñas y las jóvenes como protagonistas de las decisiones que afectan sus vidas.

Participar no puede reducirse a asistir a talleres o encuentros conmemorativos. Significa que sus propuestas tengan posibilidades reales de incidir en los gobiernos escolares, los planes de desarrollo, los presupuestos participativos y las decisiones sobre los espacios que habitan. También exige informarles qué se decidió, qué cambió y qué compromisos siguen pendientes. Escucharlas es reconocerlas como sujetas de derechos y como actoras capaces de transformar sus comunidades.

El cuarto desafío es garantizar el derecho a un ambiente sano en toda su extensión

Aire limpio, agua segura, alimentación adecuada, vivienda digna, saneamiento, movilidad segura, espacios públicos de calidad, acceso a la naturaleza y protección frente al cambio climático. Una niña que no dispone de un lugar cercano para jugar, una adolescente que restringe sus desplazamientos por temor a sufrir violencia o una joven rural que encuentra barreras para acceder a servicios esenciales enfrentan situaciones distintas, pero todas muestran cómo las condiciones del entorno pueden ampliar o restringir el ejercicio de sus derechos.

Aquí la perspectiva de ciudad-región es indispensable. El agua, el aire, los humedales, los páramos, la movilidad y los riesgos ambientales no terminan donde comienza otro municipio. La protección de los ecosistemas compartidos, la gestión integral del riesgo y la adaptación al cambio climático requieren coordinación entre Bogotá, la Gobernación de Cundinamarca, las alcaldías municipales y las autoridades ambientales. Anticiparse a las emergencias, reducir vulnerabilidades y garantizar entornos saludables también es proteger los derechos de las niñas, especialmente de quienes enfrentan mayores barreras para responder y recuperarse.

¿Qué se propone?

una agenda regional de garantía de derechos con tres compromisos verificables. Primero, análisis a partir de la comparación de indicadores de educación, salud, violencias, participación y ambiente sano por curso de vida, sexo, localidad y municipio. Segundo, establecer metas compartidas, responsables, recursos y mecanismos de seguimiento para cerrar brechas y fortalecer los servicios donde más se necesitan. Tercero, garantizar la participación efectiva de las niñas y las jóvenes en la formulación, implementación y evaluación de las decisiones públicas.

Esta agenda debe reconocer los avances existentes, fortalecer las capacidades comunitarias y articular los esfuerzos de las instituciones educativas, los servicios de salud, las organizaciones sociales y las familias. La corresponsabilidad es indispensable, pero no puede diluir las obligaciones del Estado: debe traducirse en inversión, respuestas oportunas y resultados verificables. Las diferencias entre localidades y municipios exigen acciones diferenciadas, no derechos de distinta calidad.

El lugar donde nace o crece una niña, adolescente o joven, no debería determinar sus oportunidades para aprender, vivir saludablemente, participar y disfrutar de un ambiente sano. Conmemorar sus derechos significa comprometernos a que las fronteras administrativas no se conviertan en barreras para garantizarlos. Bogotá y Cundinamarca tienen la oportunidad de demostrar que construir ciudad-región también significa poner en el centro la vida, la voz y el futuro de sus niñas, adolescentes y jóvenes.

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Por Zullybeth Mora Cubillos

Experta en desarrollo social, educación y derechos de la niñez y la adolescencia, con más de 21 años de experiencia en el sector público, la cooperación internacional y las organizaciones de la sociedad civil. zumorac@gmail.com
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