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El vértigo que daña objetos y cerebros

Arturo Guerrero

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Cuando las cosas, los aparatos, comienzan a dañarse, alguna neurona cerebral queda rayada. Este no es un concepto técnico, seguramente ninguna máquina emitirá un veredicto, como tampoco ningún especialista médico captará esta falla. Se trata más bien de una experiencia sufrida en silencio por el dueño o el usuario del dispositivo averiado.

La tecnología ha avanzado a velocidad de crucero, mientras quienes la usan siguen caminando a pie y confiando en los impresionantes adelantos que los rodean. Pero muy pocos individuos son capaces de actualizarse para comprender y manejar los mil y un desarrollos que día a día ofrecen los especialistas y multiplican los comerciantes con su avidez de ganancias.

Antiguamente un aparato conservaba su vigencia plena, no solo a lo largo de la vida de su dueño, sino que alcanzaba a perdurar en su servicio extendido a los herederos. Hoy todo es desechable, las herencias se han arrinconado a los millones de pesos en efectivo o a los bienes raíces.

Los hijos y nietos reciben las cosas heredadas, solo para convertirlas en objetos significativos en sus vidas. Por regla general estos nuevos bienes tienen poco en común con la cotidianeidad de los padres y abuelos. Así que en vez de utilizaros, es decir de prolongarles su vida útil, los traducen a pesos y con estos adquieren la nueva parafernalia desconocida por los antepasados.

De esta manera el mundo se renueva con cada generación humana y las cosas cotidianas dejan de ser eternas, para abrir paso a diferentes conceptos de utilidad. Pero como la tecnología marca un paso cada vez más acelerado, también los objetos del día a día impulsan transformaciones veloces en su fabricación y en sus usos y funciones.

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De este vértigo no se salva nadie. Ni las cosas ni los cerebros de quienes las usamos. Por eso cuando las cosas se dañan también quedan afectadas las cabezas de sus dueños. Esto significa que al haberse multiplicado los aparatos, igualmente se incrementan las fallas neuronales de sus dueños.

Los equipos, además, cada vez tienen mayor obsolescencia. No son programados para la eternidad sino para períodos que faciliten la rotación en el comercio. Por eso fallan, piden repuestos, gustan de ir donde el mecánico. Sus propietarios quedan al margen de estas vicisitudes, y a la primera falencia sienten que algo también se ha averiado en su cerebro.

Los dueños de almacenes y los técnicos en toda la amplia gama de objetos utilitarios se frotan las manos, pues en esos momentos muchos usuarios acuden a solicitar sus servicios. También los sicólogos y siquiatras están alertas porque saben que pronto llegarán a sus consultorios los desesperados ciudadanos.

Algo han de conocer los cerebros de la ciudadanía sobre estos percances de la vida cotidiana, porque alguna neurona lanzará la alerta en el momento de la avería. Pero usualmente estos llamados de atención no son recibidos con suficiente fuerza, de modo que la mayoría de las veces no pasan de una preocupación adicional al cúmulo de zozobras que la ciudadanía va almacenando en sus ya ajetreados cerebros.

arturoguerreror@gmail.com

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Comentarios
  • Atenas(06773)•Hace 15 horas
    Turo, q’ en los vertiginosos tiempos q’ corren todo es desechable y q’ nada dura más q’ un pandebono caliente a la puerta de una escuela, lo confirma la inminente extinción de infame ideología q’ no resistió la prueba del tiempo tras 4 largan noches de pesadillas. Atenas
  • Rosdel(57807)•Hace 18 horas
    Todo pasa y nada queda… dijo el poeta. Decía mi padre sabio iletrado: “todo está en movimiento, hasta su barriga, si no lo hiciera se dañaría más rápido”. Lo terrible es el daño para el planeta, tanta basura…
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