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Tres días y tres noches de encierro le hicieron sentir que el tiempo era inclemente. "Preparar sola un entierro, qué pena". Ella, que jamás falló a los mandamientos, había vivido un siglo sin conocer semejante condena. En el pasado, hubiera sido impensable: antes de que la guerra llegara a lomos de una yegua, de que la aldea desapareciera entre soplidos, su pueblo recibía la muerte con palmas y pañuelos, como se recibían las alegrías en aquella tierra de luceros.
La muerte llegó a la aldea en los vientos de otoño. Su madre alcanzó a decirlo entre lamentos: "se han llevado a Rosarito, vida mía". La noche del entierro, un sartal de peinetas se plantó en la tierra a despedir el alma de la niña. Apenas pudo verlo. Hubo de seguir el cortejo tan alejada del duelo que sólo guardaba de aquello el recuerdo de unas viejas montadas en charrés de rueca, siguiendo el desfile en procesión de silencio. Lo repetiría siempre: "Si hubiera sabido lo que traía el viento, habría muerto con prisa para morir querida". La muerte era violenta como coz que levanta el polvo. Con cada venida, volaban los flamencos y el mundo se anegaba de silencio. Ella soñaba con verle el rostro, pero los cuerpos eran tan pobres, y el trabajo tan pesado, que largo tiempo quedó soñando, condenada a limpiar el esparto del camino y echar a disparos a los pájaros de mal agüero que ahogaban el cementerio.
Un hilo de nostalgia empezaba a ahogar sus recuerdos cuando volvió en sí. "Y ahora ando sola, sola, sola. Como el que se quedó sin sombra". Encontró en el cementerio viejo a la monja y le rogó que encomendara el alma de la muerta. Nunca supo si llegó a hacerlo. Tampoco le importaba. Con aquel pobre funeral, la muerta estaba condenada al tormento. Lamentó entonces haber perdido su arte. Antaño, no había descanso para que se afearan las costumbres ni se manchara de herrumbre el hábito. Cuando las noches de amargura caían sobre la aldea, siempre hubieron de llorarle un río, porque pensaban que así se espantaba el dolor. Vivían tan enfermas de miedo, que nadie comprendió que comenzaban a santificar la muerte.
El luto terminó por transformarse en romería. Con cada campanazo, volaban en la calle pañuelos de hule. Había rezanderas centenarias, hilos de amortajadoras y plañideras que pasaban cuatro lunas sin descanso. Eran tan generosos sus lutos, que a una forastera que apareció verde en la marisma se le organizó una procesión de toros de dos noches. Había tenido que morir Rosario Paz, madre de Rosarito, para ver el rostro de la muerte. "Madre, no me dijo usted que las muertas fueran bellas". Era entonces una mujer agotada de su propia juventud y encargada de ayudar con las comparsas que sembraban el luto por la aldea. La encontró de frente, en el centro de un patio oscuro. La anciana yacía con un retrato de Rosarito sobre su pecho y un velo que sólo insinuaba dos ojos abiertos. Su hogar decrépito y polvoriento se encontraba de repente ahogado en una humedad de coronas de flores y el féretro se iluminaba en una mesa resplandeciente de cirios. Poco sabía de la amargura que esperaba en su destino, y pensó, inocente, que aquel era siempre el rostro de la muerte.
Todos sus recuerdos desfilaban ahora frente a ella mientras bordaba en la mortaja un milagro de San Gabriel. A la muerta le tranquilizaría. A través de la cortina, vio el reflejo de luz de luna que amaba su madre. Cuando llegó a entrar en el cuarto de veladoras, compartieron juntas un tiempo precioso. Nunca conoció muerte tan reparadora. Nunca volvieron aquellas ganas de morirse. La aldea era un páramo de paz donde los caminos estaban siempre azules de almas en luto. Por los muertos se bordaban mantones y velos, se lanzaban disparos al aire, se llenaba el cementerio de lamentos y declaraban encierros perpetuos. Se acostumbraron a vivir con el doblar de las campanas, y terminaron adorándolas tanto como parte de su paisaje que alguna cantaba por bulerías al escucharlas repicar.
Había comenzado a hundirse irremediablemente en la decrepitud cuando las miasmas se llevaron a su madre. No hubo augurio alguno. Apareció una mañana, rígida y tibia, muerta en una mecedora que terminaba su camino de vuelta. Ella hubo de salir del burladero para hundirse en un luto de cuatro primaveras. Dio a Rosario Esperanza sus indicaciones y cerró la cancela. La mañana en que voló el rumor, toda la aldea dio sus condolencias a través del visillo. Sacrificaron un cisne, dos curianas y una yegua, se llevó el ataúd a hombros y La Pingúa cantó por martinetes durante la misa. Antes de cerrar las puertas de su hogar, alcanzó a ver la lluvia de lirios que honraba a la mujer más vieja del pueblo. "¡Que viva Rocío Rosario de Paz!".
La aldea ya agonizaba entonces, aunque ella lo ignorase. Estuvo tres años en un encierro negro. Tres años en la oscuridad del aire que se llevó a su madre. Y se hundió tan hondamente en sus propias angustias, en sus miedos, y recordó con tanto dolor, y el tiempo se hizo tan sufrido, que no se sorprendió al salir de que el mundo hubiera acabado.
Todo lo que conocía apareció yermo y arrugado. Allí seguía la sangre blanca, las calles tomadas por el silencio y el polvo que peinaba los cadáveres. La guerra de los samaritanos había encontrado los vientos de la aldea para llevarse con ella la vida. Quizá entonces lo comprendió: el tiempo estaba muriendo. Sobrevivieron las mismas viejas dedicadas a la muerte que sólo acariciando el siglo iban a conseguir morirse. Hubo algo sereno en ello. Algo que sintieron como un digno consuelo, quizás porque ninguna dudaba de que la historia de la aldea se iría con ellas a la tumba. Cuando, por un augurio de lantanas, comprendieron que tenían un respiro de diez estaciones, trenzaron, cantaron y rezaron con más pasión que nunca, y ya dejaban a su paso tapices y alfombras cuando Rosario la Viuda anunció que se moría y supieron que la flor comenzaba a deshojarse.
El último deseo que tuvieron fue el de devolver la muerte a su lugar. Allí quedaron sus últimos alientos. Las fuerzas habían menguado, como en los tiempos del viento, y se ahogaron en los mismos ritos que antaño resolvían sin dolor. Los caminos se les llenaban de esparto y las tumbas desaparecían entre hojarasca. No tuvieron fuerza ni para soltar las yeguas del cortejo, quizás porque las amaban demasiado como para hacerlas desfilar entre tanto malfario. "Que vivan un poquito más. Esas bestias ya están hartas de la muerte".
Podría haber vivido otro siglo sin comprender por qué. Por qué fue ella quien hubo de seguir el hilo de muerte que se llevó a Rosario la Fiebre, a las siete ciegas de Rosario Manuela, a Rosario del Ángel, a Rosario María y sus tres hermanas, a Rosario Claveles, a Rosarillo la Pingúa, a Rosa la Brava y a Mala Rosario. La última se llevó hasta la pena: Rosario Esperanza se fue una noche blanca, ahogada por una tristeza de espinas que le impedía respirar. Bordaron la mortaja juntas, dándose la mano, y juntas colocaron los cirios de su féretro. Antes de enterrarla, buscó sin suerte la belleza de su primer rostro de muerte, quizás porque Rosario Esperanza se marchaba marchita por la culpa de dejarla sola. A la mañana siguiente, mientras caminaba hacia el encierro, vio a través de un zaguán que las yeguas habían escapado de sus cuadras.
Terminó de recordar y allí estaba su destino. Tres días y tres noches de encierro se lo hicieron saber: sólo quedaba una cuenta más. Avisó puerta por puerta de la muerte que llegaba y tardó un día entero en subir a la torre para tocar los cien campanazos que cantaron su marcha. Se vistió de blanco luna. Cerró balcones y celosías, puso visillos negros, colgó tules, descolgó los cuadros y tapó los espejos. Hizo un cortejo fúnebre tan largo, pidiendo un último baile al tiempo, que incluso terminó metiendo el ataúd en la iglesia cuando ya llevaba años prohibido. Al llegar al cementerio tenía todos los huesos rotos de luchar contra el viento.
La zanja estaba abierta, ofreciéndole el olvido. Soledad del Rosario rezó sus cincuenta y nueve cuentas y entró en la tierra tierna que guardaba los huesos de su aldea. Miró hacia el cielo, y escuchó, mientras todo se oscurecía, que un viento ardiente llegaba llevándole la mala hora de la muerte.
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