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Notas de buhardilla

Como a los perros en misa

Ramiro Bejarano Guzmán

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No me alegró el nombramiento de Rodrigo Lara como ministro del Interior, ni tampoco su salida estrepitosa e injusta.

En efecto, si se presentó un yerro de trámite en la discusión del proyecto de presupuesto general que determinó su hundimiento, el ministro que tenía que caer era el de Hacienda, Miguel Gómez Martínez, el arrogante y perfumado nieto de Laureano. Que este siga en su puesto calladito, como si no fuese culpable de lo que pasó, sugiere que a Rodrigo no lo sacaron por cuenta de este episodio, sino para cobrarle rencillas y mezquindades que abundan en esa manada abelardista, alguna de las cuales ya reveló su cónyuge. El ministro tenía los días contados desde cuando se hizo evidente que era víctima del fuego amigo de las bodegas del propio gobierno. No de otra manera se explica que contra Lara hayan llovido miles de mensajes en Twitter, memes y toda clase de insultos, y le hayan sacado al aire todos sus trinos del pasado contra Abelardo y algunos alfiles del gobierno. ¿Quién hizo ese trabajo dispendioso y sucio? Difícil creer que todo ese ataque no fue conocido por De la Espriella o que no provino de sus aliados, si para todos el ministro resultaba incómodo. Nunca fue bien recibido y lo tiene merecido por su terca y torpe ambición de asomarse a un gobierno ajeno a sus convicciones y a sus tradiciones. Mi abuela decía, con mucha razón, “donde no te llaman y vas, suspirando volverás”.

Ya Lara había sido zar anticorrupción de Uribe, y le tocó trabajar al lado y de la mano del primo hermano de Pablo Escobar, el provocador y tempestuoso José Obdulio. ¡Qué paradoja! Ninguna necesidad y menos gratitud tenía con el presidente de la seguridad democrática y su entorno para aceptar tan alto cargo, del que también salió mal librado. Ahora le pudo más la codicia que la experiencia, porque habiendo pasado por el régimen uribista, Lara ha debido tener claro que no le convenía ni le quedaba bien sumarse a la campaña presidencial de la ultraderecha de Abelardo, ni mucho menos dejarse meter en un gabinete en el que más temprano que tarde lo iban a crucificar, porque no lo sentían de los suyos y porque lo tenían como un potencial traidor. Ingenuo y hasta irresponsable Lara si creyó que podía camuflarse hasta el final entre tanta gente perversa y que no se le adelantarían.

La postura del gobierno al echar al ministro del Interior por el error que llevó al hundimiento del proyecto de ley del presupuesto general es injusta, contradictoria e hipócrita. En efecto, en cuanto se produjo el desastre, el vicepresidente Restrepo salió a dar una rueda de prensa en la que intentó minimizar el descalabro y anunció que no habría problema alguno con lo que había ocurrido, porque el tal proyecto antes de naufragar había alcanzado a ser discutido y se expediría por decreto. Sacaron al ministro que no era y por lo que no debían despedirlo, pero no tocaron al incompetente zar de Hacienda. De alguna manera, así lo confirmó el propio mandatario en su críptica carta de respuesta a la renuncia de Lara.

Tal vez lo único rescatable para el propio Rodrigo es que por cuenta de quien lo sucederá, el impresentable Alejandro Ordóñez, muy pronto lo extrañarán en el gobierno y en el Congreso. No lo digo solamente por la fatiga que causará el catolicismo exacerbado e intolerante del temido exprocurador, sino porque su segunda elección fue anulada por el Consejo de Estado, no por vicios de forma o de simple trámite, sino porque se comprobó que nombró a parientes y recomendados de varios magistrados de la Corte Suprema de Justicia que lo habían incluido como candidato en la terna conformada para designar jefe del ministerio público. Mejor dicho, el Consejo de Estado encontró que esa segunda elección de Ordoñez como procurador estaba manchada de corruptela, tanto por su culpa como por las de los varios togados de la Corte Suprema benefactora de esa indecorosa rueda de la fortuna burocrática. Un individuo con semejante trayectoria tan cuestionable moralmente no debería ser nombrado en ningún oficio público. Pero como en el reinado del Tigre la ética y el derecho nada tienen que ver, todo es posible en nombre de ¡viva Cristo Rey!

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