
En muchas casas colombianas hay una abuela que le habla a las plantas. Las saluda por la mañana, les cuenta cómo va el día y las felicita cuando florecen, como si fueran un integrante más de la familia. Usted probablemente conoce a alguien así, o quizás lo hace usted mismo cuando nadie lo ve. Casi siempre se queda en eso, una costumbre que nadie se detiene a comprobar. Sin embargo, hace 50 años, un músico canadiense la tomó en serio y la convirtió en un disco.
Mother Earth’s Plantasia, conocido simplemente como Plantasia, fue publicado en septiembre de 1976 por Mort Garson y su propósito era servir de estímulo sonoro para las plantas de interior. El subtítulo impreso en la portada decía: "música cálida de la tierra para las plantas… y la gente que las ama".
La idea no salió de la nada. A mediados de los setenta, el mundo occidental vivía una fiebre por las plantas de interior, alimentada en buena parte por La vida secreta de las plantas, un libro de 1973 que se volvió éxito de ventas y popularizó la teoría pseudocientífica de que las plantas sienten, se comunican y reaccionan a la música. Garson, además, tenía su propia fuente de inspiración en casa, su esposa, una apasionada de la jardinería.
El sonido que logró no se parecía al de otras obras electrónicas de la época, muchas veces oscuras o experimentales. Plantasia es cálido, luminoso y casi de cuento de hadas dicen los críticos, mezcla melodías barrocas, estructuras del space age pop y texturas ambientales en poco más de treinta minutos.
Su distribución fue igual de peculiar ya que el disco no se vendía en tiendas de música, solo podía conseguirse al comprar una planta en Mother Earth Plant Boutique, un vivero de Melrose Avenue, en Los Ángeles, propiedad de Joel y Lynn Rapp, o al comprar un colchón Simmons en los almacenes Sears. El vinilo incluía un folleto con consejos de jardinería escrito por los dueños del vivero. Fue tan limitado que pasó casi inadvertido para el gran público. Sin embargo, medio siglo después, el sello Sacred Bones lo reeditó en una edición de aniversario, y el disco que nació como promoción de un vivero y de una cadena de colchones volvió a sonar.
¿Escuchan las plantas?
La pregunta que deja el disco es práctica para quien cuida plantas: ¿perciben sonidos o vibraciones, y sirve de algo ponerles música? Para responderla, El Espectador consultó a dos conocedores: Mario Quijano, profesor titular de la Facultad de Ingenierías de la Universidad Católica de Oriente, y William Rodríguez, coordinador del proyecto de Agricultura Urbana del Jardín Botánico de Bogotá.
Sobre la primera parte, la respuesta es que sí, aunque con matices. Quijano explica que las plantas no tienen cerebro ni un sistema nervioso central como el de los animales, pero sí pueden detectar vibraciones acústicas y, en ocasiones, responder desde lo fisiológico. Para entenderlo, propone imaginar una célula vegetal como un colchón de agua, sus vacuolas están llenas de líquido y presionan contra la membrana y la pared celular, una fuerza conocida como presión de turgencia. Eso haría a la célula más sensible a las vibraciones, igual que un colchón de agua se mueve entero cuando se le toca.
Hay estudios, añade, sobre la llamada mecanorrecepción acústica, una línea de investigación reciente. Los artículos muestran plantas que reaccionan a los sonidos de los polinizadores y que responden químicamente a las vibraciones que producen los insectos al comerse sus hojas. "Que ellas reciben los sonidos está muy claro", afirma. Para el profesor, esto abre una forma distinta de entenderlas, como organismos activos que intercambian señales. Y recuerda que cada especie vive en un mundo sensorial propio: una abeja o un murciélago perciben estímulos que los humanos no, y las plantas también.
Percibir un sonido, sin embargo, no equivale a disfrutarlo. Lo que una persona siente al escuchar música va mucho más allá de detectar el sonido, explica Quijano: involucra el sistema nervioso, el placer y la liberación de hormonas como las endorfinas, en las plantas, el estímulo no llega hasta allí. Que puedan ser estimuladas por el sonido ya es un hallazgo importante, dice, pero no hay pruebas de que un tipo de música, suave o fuerte, las haga crecer o desarrollarse más. Tampoco está demostrado que cantarles funcione, aunque "tampoco es un no rotundo", ya que los estudios siguen.
Quedan además preguntas por resolver. Así como las plantas no aprovechan cualquier tipo de luz, podrían responder solo a ciertas zonas del espectro sonoro, y su reacción dependería de la frecuencia, la intensidad y la duración del estímulo. Hoy no existe información que indique qué sonidos o vibraciones deberían darse a una planta de interior. Un árbol junto a una autopista, expuesto a un ruido constante, sigue creciendo, y medir cuánto lo hace frente a uno de un bosque sería un experimento interesante, siempre que se controlen factores como el sustrato y la luz.
En Colombia, según Quijano, hay algunos trabajos sobre señales eléctricas en el interior de las plantas y otros sobre vibraciones aplicadas a la producción agrícola, pero pocos que aborden directamente si las plantas responden a estímulos sonoros. Muchos se quedan en trabajos de grado o en literatura gris, sin publicarse, él mismo hace divulgación sobre el tema en su libro Las plantas nos miran.
Desde el Jardín Botánico, Rodríguez coincide. Hay investigaciones sobre cómo las vibraciones y las ondas sonoras pueden influir en algunos procesos fisiológicos, dice, pero todavía no hay evidencia concluyente de que un género musical específico favorezca el crecimiento. Lo que sí le encuentra sentido a la música en la huerta es otra cosa, acompañar las labores con música instrumental suave o clásica es una forma relajante de crear un ambiente tranquilo entre quienes la cuidan.
Entonces, si la música no es la clave, ¿qué lo es? Rodríguez explica que todos los factores importan y están relacionados, pero la luz y el agua son los que pesan de forma más inmediata. La luz es la fuente de energía de la fotosíntesis; el agua transporta los nutrientes desde el suelo hasta los órganos de la planta y mantiene firmes sus células. El suelo aporta soporte, agua, aire y nutrientes, y la temperatura incide en procesos como la germinación, la floración y la transpiración.
Las señales de estrés suelen pasar inadvertidas: hojas amarillas, crecimiento lento, tallos alargados y débiles (que buscan más luz), caída de flores y frutos, bordes secos o manchas marrones, y hojas caídas o marchitas son avisos de que algo anda mal. El error más frecuente, según Rodríguez, es regar por costumbre sin revisar la humedad del sustrato, en materas sin agujeros de drenaje, el exceso de agua deja a las raíces sin oxígeno y las pudre. Su consejo es conocer cada especie y revisarla con regularidad, por ambas caras de las hojas, en los tallos y en las raíces.
Quizás ahí esté lo que la abuela entendía sin tantos estudios. Es posible que la planta no crezca más porque se le hable o se le ponga Plantasia. Pero quien se detiene a hablarle también la mira, toca la tierra y nota la hoja que empieza a amarillear, y esa atención es justo la que recomienda Rodríguez. Mort Garson lo dejó escrito en la portada hace medio siglo: cmúsica para las plantas… y para la gente que las ama.
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