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No estamos hechos para este mundo

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El mundo de hoy gira principalmente en torno a una promesa: el progreso. La promesa del progreso, en la práctica, nos dice que los tiempos cada vez serán mejores y que la humanidad avanza de manera acumulativa hasta llegar a buen puerto. Para Hegel, el buen puerto de la humanidad es la libertad, para Marx, la sociedad sin clases y para Fukuyama, las democracias liberales. Pero la promesa del progreso está, como la de los amantes infieles, destinada a la traición.

La discusión acerca de si vivimos en un mundo cada vez mejor o cada vez peor se la dejo a los fanáticos y a los ingenuos. De momento, me contento con señalar que parecemos cada vez más empeñados en hacer del mundo un lugar más vacuo, más llano y más asfixiante. ¿Por qué? De entrada, decidimos seguir acelerando exponencialmente la velocidad del tiempo, como si se tratara del principal fundamento de nuestro contrato social. Es como si odiáramos la experiencia del tiempo hasta el punto de tener que acelerarlo para quitárnoslo de encima; es como si quisiéramos anticipar la muerte o, peor aún, como si hubiéramos olvidado que nuestro tiempo en este mundo es pasajero; es como si hubiéramos sepultado a la muerte en el olvido. Que el recuerdo de la muerte sirva para desacelerar el tiempo y no al contrario.

Y como parece que subestimamos tanto el tiempo, también optamos por dividirlo en dos fracciones antagónicas e irreconciliables: el ocio y el trabajo. Así nuestro tiempo quedó sometido por voluntad propia al ritmo dual de esta máquina que pulveriza, en el camino, la espontaneidad y la contingencia. Y como si no nos bastara con haber acelerado el tiempo y haberlo sometido a un ritmo dual, hicimos de la competencia la fuerza motriz de nuestro tiempo en este mundo. En consecuencia, la disputa moral de nuestra era no es entre ángeles y demonios, ni entre civilizados y bárbaros, sino entre ganadores y perdedores. Los del segundo bando condenados a la frustración, los del primero, a convertir el ser superior a los demás en sentido de vida.

Y la competencia nos llevó a la hiperespecialización; y la hiperespecialización, a que el tiempo se parezca cada vez más a la ejecución de tareas en serie hasta que, en virtud de la repetición, quedan prácticamente desprovistas de sentido. Así, el oficio que, si tuvimos suerte, alguna vez nos hizo enamorarnos de la vida, poco a poco se convierte en nuestro propio carcelero; uno de esos carceleros que se pasean frente a nuestra celda con las llaves a la vista solo para recordarnos que cargan el bastón de mando.

A la promesa incumplida del progreso se suma otra: la de la tecnología, el tesoro de nuestra generación. A la tecnología le construimos templos, le inventamos rituales y, a diario, le escribimos plegarias. De paso, convertimos en héroes a sus principales escuderos. Pero la gran ironía de nuestra era, como nos recuerda Hartmut Rosa, es que entre más tiempo nos ahorra la tecnología menos tiempo tenemos para nosotros a fin de cuentas. Además, entre más impresionante y delirante es el desarrollo de la tecnología más queda reducido nuestro tiempo a deslizar el dedo por la pantalla del manantial moderno de la banalización.

Lo peor de todo es que las soluciones que nos hemos inventado para lidiar con la banalización del tiempo, como la tecnología, el entretenimiento o la industria del bienestar, no parecen conseguir más que hacerlo cada vez más banal. La política como solución tampoco convence. A la larga, hace tiempo ya que la política se convirtió en poco más que el arte de inventar historias para explicar la decepción.

Esta columna toma como inspiración una de The New York Times, escrita por Bill McKibben. Y cierro, en alusión a McKibben, con la siguiente consideración: en nuestros tiempos, la promesa del progreso parece cumplirse solo para entidades artificiales.

santiago.vargas.acebedo@gmail.com

Santiago Vargas Acebedo

Por Santiago Vargas Acebedo

Sociólogo y arquitecto que investiga la interacción entre la cultura y la política. Es candidato a doctorado en Sociología por la Universidad de Cambridge, tiene una maestría en Cultura y Sociedad de la London School of Economics y un pregrado en arquitectura de la Universidad de los Andes. Ha publicado ensayos, cuentos y columnas en medios.
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Comentarios
  • leunamuno(9808)•Hace 3 minutos
    ! Enorme. Qué hermoso obelisco, mil Gracias ¡
  • David(0vhxw)•Hace 1 hora
    Buena columna…
  • Celyceron(11609)•Hace 2 horas
    Tal cual…
  • Juan Andres(32f9l)•Hace 4 horas
    Pare, no baje, solo es Atenas en el fondo de la pila
  • Juan Andres(32f9l)•Hace 4 horas
    Atenas
  • Juan Andres(32f9l)•Hace 4 horas
    en
  • Juan Andres(32f9l)•Hace 4 horas
    el
  • Juan Andres(32f9l)•Hace 4 horas
    fondo
  • Juan Andres(32f9l)•Hace 4 horas
    de
  • Juan Andres(32f9l)•Hace 4 horas
    la
  • Juan Andres(32f9l)•Hace 4 horas
    pila
  • Atenas(06773)•Hace 6 horas
    ¡Veee, qué tan raro!, uno, leyendo los medios de mucha mayor acogida q’ este, El Tiempo y Semana, no queda tan desolado luego de leer- tenían q’ ser ellos- los atribulados mamertos.¡Y ahora sí q’ están amargados!¿Por qué no hacen memoria de cuando su falso mesías perpetraba el mayor desastre y caos q’ ha sufrido Colombia con p/dte alguno y ellos felices estaban?¡Tan tiernos! Atenas
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