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Hace un poco más de tres años una saga amazónica acabó en una fiesta nacional sin precedentes. Los medios (serios y currinches) hicieron un alto en su misión de vigilancia cuerpo a cuerpo al entonces presidente Petro, para reportar el rescate de cuatro niños uitoto en el Guaviare. Lesly, una niña de 13 años, mantuvo a sus hermanos Soleiny, de nueve, Tien de cuatro y Cristin, de meses, vivos durante 40 días. Tras la caída de una avioneta en un accidente, Lesly continuó caminando, moviéndose en distintas direcciones pese a estar herida, cargando a Cristin que cumplió un año mientras buscaban a alguien o algo conocido para pedir ayuda.
El Espectador nos contó cómo los cuatro niños sobrevivieron comiendo fariña (harina de yuca) que había a bordo del avión accidentado, semillas, frutas, raíces y plantas. Se supo después que la hermana mayor pescó también para mantenerlos vivos. Pero todo hubiera sido en vano, de no ser porque tantos días después el Gobierno Nacional los seguía buscando. Y no de cualquier forma.
Al comienzo se siguió un guion viejo. El Ejército llegó como llega a la guerra, con decenas de soldados a la zona. Encontraron la avioneta, pañales, guayabas mordisqueadas por niños. Usaron vuelos de reconocimiento, sensores infrarrojos, imágenes satelitales. No los encontraron. Un grupo de voluntarios indígenas hicieron su propia búsqueda y en algún momento, ante la frustración de todos (y pese a la grandísima desconfianza de unos contra otros), decidieron trabajar juntos. Los dos grupos tenían miedo de sus compañeros de búsqueda, militares y civiles temían además la presencia de grupos armados en la zona de búsqueda (bordeando el río Apaporis, entre Caquetá y Guaviare).
La historia, que fue contada en “Los niños del Amazonas”, de Daniel Coronell, y el documental “Los niños perdidos”, no es una con salidas fáciles. La madre muere en el accidente y el padre tiene un prontuario de violencia intrafamiliar. Los soldados católicos juzgan el paganismo de los voluntarios indígenas que mambean coca y oran. Los voluntarios indígenas, por su parte, temen dormir junto a soldados armados que en el pasado los han maltratado. En algún momento el propio ejército facilita la llegada de yagé para una ceremonia. El mayor uitoto Rubio, que guio la búsqueda, cuenta cómo pidió al “Padre yagué”, cómo se convirtió “en un tigre” y anduvo la selva de noche hasta que vio a Lesly y a los demás. Al día siguiente los encontraron.
En sólo tres años las cosas han cambiado tremendamente. Por esos días soldados y miembros de la guardia indígena se abrazaron y recibieron medallas. Lesly, una niña, fue nuestro faro de tenacidad. El país se volcó a tratar de entender unos suelos tan tupidos de verde, de agua, de animales y sonidos. Un lugar en que la gente se pierde porque no hay certezas sobre los caminos.
Hoy un hombre con nacionalidad norteamericana, que se apoda a sí mismo “el tigre”, desprecia lo que aprendimos entonces. Tilda culturas indígenas de brujería. El Estado, bajo su mando, no puede tampoco mentar la palabra “niña”.
Hace tres años la Organización Nacional de Pueblos Indígenas de Colombia (OPIAC), activa en tierra uitoto, celebró “la sobrevivencia de los niños” como “muestra del conocimiento y relacionamiento con el medio natural de vida”. Hoy la misma OPIAC firma un comunicado en contra de la política de “retroceso en la protección de uno de los ecosistemas más importantes del planeta”.
Esta semana el ministro ambientalista, Fabio Arjona, revocó la Resolución 961 de 2026, la que declaró y delimitó el bioma amazónico como reserva definitiva. En la práctica, la resolución prohibía nuevas actividades mineras y de petróleo en una extensión de 483.283,55 kilómetros cuadrados. Es cierto que faltaba terminar la consulta previa con comunidades afrodescendientes, pero en vez de completarla, el Gobierno usó ese vacío para tumbar la protección de toda la Amazonía. Los uitoto viven en Amazonas, Caquetá y Putumayo, dentro del área cubierta por la resolución.
El Putumayo es el epicentro del proyecto de exploración Libero Cobre. La Silla Vacía explica que la resolución era un obstáculo para explotar cobre y que Libero Cobre, filial de la canadiense Copper Giant, tiene títulos mineros, pero no licencia ambiental (todavía). El proyecto “estima explotar alrededor de 2 millones de toneladas de cobre”. Explica también que este año dos empresarios, Iácono y Restrepo, se convirtieron en los principales accionistas de Copper Giant. Ambos son socios de De la Espriella en la empresa Dominio De la Espriella (que vende ron y vino).