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Las estirpes condenadas

William Ospina

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¿Por qué México sí ha sido capaz de reconocerse en su memoria compleja, y tiene a Pancho Villa, a Emiliano Zapata y hasta al subcomandante Marcos al lado de Porfirio Díaz y de Benito Juárez en el fresco vivo de la historia republicana?

Cada día se siente más en Colombia la dramática y angustiosa falta de un relato en el que quepamos todos, del que no nos pueda expulsar a su antojo cualquier secta. Cuanto más tardemos en aceptar la complejidad de nuestra memoria, cuanto más tiempo tardemos en aceptar la dignidad de todos los bandos, más discordias irán creciendo. Porque muchas veces el delito es consecuencia de la imposibilidad de sentirse parte respetada y viva de una historia.

El camino que conduce al delito, muy a menudo, como cierta canción, “lleva una cruz de olvido”: se abre en el abandono, la marginalidad y el desprecio. La inclusión previene el delito, y el relato compartido, la leyenda compartida, genera un sentimiento de arraigo. Pero Colombia ha sido uno de los países más excluyentes del mundo.

Un buen ejemplo, como lo ha advertido muy bien el escritor Mario Mendoza, es que en nuestras ciudades conviven mundos que ni se tocan ni se reconocen. Mendoza mismo suele preguntarlo, ¿cuántos amigos tienen en el sur los que viven en el norte?

Una de las cosas que hacen grande a México es que ha sido capaz de asimilar hasta a sus insurgentes como parte de la gran memoria de la nación. Es una manera de asumir la complejidad de la historia, lograr que la leyenda nacional no se limite a los retratos de unos cuantos próceres, casi siempre procedentes de familias ilustres, sino que registre los avatares, los conflictos, las búsquedas de una versión del país más amplia y más diversa.

En Colombia, el pueblo en su diversidad ha estado borrado de la historia; se lo utiliza como telón de fondo, como herramienta del discurso o como fuerza de choque, pero no se le permite singularizarse en rostros, salvo cuando sirven a un proyecto hegemónico. Por eso casi todos los luchadores populares terminan siendo asimilados a la imagen del bandido, del bandolero, del antisocial, y ya no se permite que encarnen ninguna virtud republicana. Aquí hay gente a la que la primera vez en toda su vida que le dicen “Bienvenida a la patria”, es para meterla en la cárcel.

No sé por qué nos resulta tan difícil aceptar que a pesar de sus extravíos y de sus errores, también ellos puedan encarnar algún asomo de dignidad ciudadana y de grandeza histórica, si todos los grandes prohombres oficiales, desde Bolívar y Santander, pasando por José Hilario López, por Mosquera, por Núñez, por Uribe Uribe, por Benjamín Herrera, por Ospina Pérez, por Laureano Gómez, por los Lleras, hasta llegar a Betancur, a Barco, a Gaviria, a Uribe, a Santos, fueron responsables de la continuidad de unos conflictos, y tuvieron que formar parte de una guerra, con toda la sangre que cuesta.

En los viejos tiempos de las guerras civiles los partidos enfrentados tenían cierta aureola de respetabilidad. Después de la Guerra de los Mil Días, dejamos de llamar guerras a esos conflictos, para no tener que conceder dignidad de combatientes a sus bandos, y optamos por el nombre genérico de Violencia, sin duda para enmascarar la agobiante complejidad de esos conflictos históricos.

Creo que finalmente lo que nos falta es franqueza y lo que nos sobra es retórica. Hablamos desde una respetabilidad que por desgracia nuestras instituciones pocas veces tuvieron, pues reposaron sobre un régimen de privilegios, y mostraron continua incapacidad tanto de interpretar el país como de resolver sus problemas.

La prueba elocuente de esa ineficacia está en la cíclica ferocidad de nuestras violencias y en la cíclica esterilidad de nuestras soluciones. Pasando de la mano negra a la mano dura, de la paz negociada a la paz de los sepulcros, asumiendo siempre que los culpables son los otros, y que los enemigos no caben nunca en la leyenda republicana, nadie nos retrató mejor que Barba Jacob cuando dijo: “La paz es mi enemigo violento y el amor mi enemigo sanguinario”. Paradojas de un país que no cabe en su propia definición.

Después de tantas violencias no sabemos hacer un Panteón Nacional, ni decidir con grandeza quiénes caben en él. Porque eso no pueden decidirlo los guerreros, y este país siempre amanece dividido en bandos irreconciliables. En enemigos que cuando no se acusan de lo que hicieron, es porque se acusan de lo que van a hacer: cuáles son los robos, los crímenes y los pecados que se disponen a cometer sus adversarios.

¿Será gobernado alguna vez el país por alguien que no tenga su agenda llena de venganzas, que piense menos en castigar culpas pasadas que en prevenir males futuros, que no venga a exterminar a los monstruos que nacen sin fin sino a impedir que el país siga engendrando monstruos?

La causa más honda es esta realidad en la que nunca cabemos todos, y donde los principales culpables terminan siendo los que crecieron en la zona más deprimida de la sociedad. Produce alarma ver al presidente de la república descargando en unos cuantos seres degradados por la vida la responsabilidad de los males de un país al que ni los gobiernos supieron engrandecer, ni unas fuerzas armadas con inmensos recursos supieron pacificar.

Yo estoy viendo ese espectáculo desde la infancia, y ya no me convence de nada. Desde niño estoy oyendo que la responsabilidad de los males del país la tienen Sangrenegra o Efraín González, Pablo Escobar o el Mono Jojoy. Esa vieja solución siempre ha resultado tan fácil como inútil.

Por otra parte, insultar al delincuente ya atrapado y maniatado es tan valiente e instructivo como pisotear a un cadáver. Hay o debería haber una dignidad del poder; y todo un pueblo no los elige para que rivalicen en modales con los bandidos en sus madrigueras, o para que nos cobren en pequeñas profanaciones sus rencores privados.

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Habrá que añadir que no elegimos presidentes para que reemplacen al policía de la esquina ni al verdugo de la mazmorra, sino para que garanticen la aplicación de la ley, mientras nos dirigen de verdad hacia un orden que le brinde dignidad al país entero, incluidos aquellos que ya desde la cuna venían condenados a convertirse en monstruos y en verdugos.

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Comentarios
  • Antoine(88872)•Hace 1 minuto
    El señor Ospina le da temor para señalar a De La Espriella notable por ser estafador, mentiroso, abogado de narcos como Boliche, y criminales como el testaferro de Maduro, Alex Saab. Deber ser porque Ospina simpatizante del chavismo obtuvo el Premio Rómulo Galllegos y le da miedo desenmascarar al dictador de la La Espriella, a pesar de arrasar con la memoria histórica, la obra literaria como la de Andrés Caicedo, o la caricatura para que queden proscritas!!!
  • Marco(53341)•Hace 1 hora
    El relato compartido por los hipócritas colombianos es su tal “temor de dios”, cuando lo que debe condicionar la cultura colectiva de una sociedad moderna es el “temor a la justicia”. En Colombia las autoridades son las primeras en relativizar las normas, asociarse con criminales y abusar de su poder. Los ciudadanos viven bajo la premisa del sálvese quien pueda; son langostas saqueadoras de dos patas. Le hacemos un favor a la humanidad si mejor seguimos matándonos.
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