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No escribo para tener la razón, ni para levantarme sobre la estatura moral o intelectual de nadie. Escribo porque, después de conocer tantos rostros y realidades, sospecho que nuestras desgracias comienzan cuando creemos que nuestros ojos son los únicos capaces de comprender el mundo.
Crecí en un barrio humilde de Bogotá, donde la pobreza y la violencia formaban parte de una normalidad que solo años después comprendí que no era normal.
Al caer la tarde, mis hermanos gritaban:
–¡Éntrese, que ya vienen los rayas!
Había días en que debíamos regresar antes de que sonara el himno nacional. Yo ignoraba que aquellas carreras eran una manera de escapar de la llamada limpieza social. Mientras mis hermanos temían quedar atrapados en una noche de muerte, yo celebraba que me tomaran de las manos y me levantaran del suelo para hacerme volar.
La infancia tiene esa extraña misericordia de convertir el miedo ajeno en aventura.
En aquel barrio, mientras algunos adolescentes del mundo escogían universidades, muchas niñas apenas aspiraban a cumplir trece años, conseguir novio y convertirse en madres, como aquellas compañeras que caminaban embarazadas con el uniforme escolar.
Cuando la situación económica de mi padre mejoró, cambié de colegio y descubrí otros horizontes. Allí me hablaron de derechos humanos, literatura, religiones y premios Nobel. Comprendí que la educación no solamente amplía nuestros conocimientos: también nos revela posibilidades que antes ignorábamos.
Pensé entonces en mis amigos que terminaron en pandillas y en aquellas niñas convertidas prematuramente en madres. No podía juzgarlos como si todos hubiéramos comenzado la vida desde la misma línea de partida.
Después estudié enfermería y descubrí otras dimensiones de la desigualdad. Vi la felicidad de una joven que finalmente recibiría una terapia innovadora contra el cáncer. También vi llorar a la madre de Brayan, un muchacho de 19 años que murió de leucemia después de que no le autorizaran el medicamento necesario para continuar su tratamiento.
Desde entonces, hablar de justicia sin recordar aquellos rostros me resulta imposible.
Crecí rezando el padrenuestro, acompañando a mi abuela a la iglesia y aprendiendo a conversar con Dios. Hoy, lejos de Colombia, veo a Hassan orando a medianoche, a compañeros contando plegarias durante sus viajes y a una vecina agradeciendo a Alá. Todavía escribo a la pastora de mi infancia para pedirle que le hable a Diosito por mí.
He visto a mis tres gatos convertirse en mi familia y a una amiga brasileña preparar su boda con la mujer que ama. He leído ideas extraordinarias de gobernantes a quienes cuestiono y escuchado la poesía de quienes los contradicen. He encontrado ternura en personas conservadoras y sabiduría en quienes piensan radicalmente distinto.
Nada de esto significa que todas las ideas sean justas o que debamos tolerar la crueldad. Existen derechos irrenunciables e injusticias que debemos denunciar. Pero cuestionar una creencia no exige despreciar a quien la sostiene.
Quizá hemos confundido nuestras convicciones con una supuesta superioridad.
Porque he visto demasiadas formas de vivir, creer, amar y sufrir para pensar que la humanidad pertenece exclusivamente a una ideología, una religión o una bandera.
Y si todos hemos llegado al mundo desde historias tan distintas, ¿en qué momento decidimos que solamente la nuestra era la correcta?
Quizá las diferencias nunca fueron aquello que nos separaba, sino precisamente aquello que nos convertía en humanidad.
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Gio(81579)•Hace 1 horaInteresante columna, espero Petristas y Abelardistas la puedan leer y enteder que se pueden crear pactos de entendimiento
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olga rebeca(01674)•Hace 2 horasPero lamentablemente el gobierno actual nos está homogeneizado como ovejas estúpidas impensantes para que le aplaudan todo show y barbaridad que hace el payaso vende patria, y tratando de meternos a todos en un costal con las mismas creencias religiosos y con el odio por el que piensa diferente. Que retroceso al oscurantismo con este desgobierno!!!
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Jaime Andrés(21029)•Hace 4 horasEliana hermosa lectura de superación y aceptación, retratas perfectamente como cada persona es un universo y dónde difícilmente podremos entender al otro sino logramos comprender las historias que han vivido y los han marcado desde siempre…. gracias por tu columna