
Hoy nos resulta evidente que el arte y la ciencia son actividades muy distintas, incluso antagónicas. Mientras que asociamos la ciencia con el descubrimiento de una única realidad y un conocimiento objetivo de validez universal, relacionamos el arte con la creación de objetos estéticos en los que no solo la razón, sino también los sentimientos subjetivos, forman parte de creaciones únicas y originales.
No siempre ha sido así. Leonardo da Vinci es un ejemplo de la dificultad de encasillar a las grandes figuras del Renacimiento en categorías como las de “artista” o “científico”. Leonardo fue muchas cosas al mismo tiempo: pintor, escultor, arquitecto, ingeniero, músico, filósofo, inventor y, sin duda, una mente obstinada en descubrir los secretos de la naturaleza. Giorgio Vasari (1511-1574), en su célebre obra “Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos”, se refiere en repetidas ocasiones a Leonardo, a quien reconoció dones artísticos extraordinarios asociados con el realismo de sus obras. Leonardo, afirma Vasari, era capaz de dibujar “…gotas de agua sobre el cristal más reales que la propia realidad”. “La Gioconda” fue elogiada como “una obra maravillosa por no ser distinta de la realidad… Los ojos tenían ese brillo y ese lustre que se pueden ver en los reales… La boca, con toda la extensión de su hendidura unida por el rojo de los labios y lo encarnado del rostro, no parecía color, sino carne real. En la fontanela de la garganta, si se miraba con atención, se veía latir el pulso”. Este afán del artista por representar el mundo tal y como es resulta similar al del naturalista o filósofo que busca la verdad.
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La fascinación de Leonardo por comprender el mundo natural y sus secretos es evidente en centenares de estudios, dibujos y bocetos de cuerpos humanos, animales y plantas. Sin embargo, su amor por la naturaleza no se limita al oficio del pintor. Vasari también lo describe como voluble e inestable, “…porque se ponía a estudiar muchas cosas, y una vez que las había empezado, las abandonaba”. Su insaciable curiosidad y amor por la naturaleza lo hacían un personaje particular que solía comprar pájaros enjaulados solo para liberarlos. En su estudio, al que solo él entraba, tenía lagartijas, lagartos, grillos, serpientes, mariposas, langostas, aves, lechuzas y otras especies extrañas. Era un lugar, según Vasari, apestoso y lleno de los efluvios de los animales muertos, con los que solo podía convivir alguien con un terco amor al arte y al conocimiento. Sus diversas obras, muchas veces inconclusas, han sido objeto de innumerables comentarios que han hecho de Leonardo una suerte de símbolo del Renacimiento italiano. Hoy queremos centrar la atención en una de las mayores obsesiones tanto de Leonardo como del arte y la ciencia de su tiempo: el cuerpo humano.
La pintura del Renacimiento supone un interés por la anatomía para lograr un mayor realismo en la representación del cuerpo humano. Sin embargo, en el caso de Leonardo, es evidente que su fascinación por la anatomía y su meticuloso trabajo de autopsias y disecciones de animales y seres humanos van más allá de una preocupación estética.
En el castillo de Windsor, en Inglaterra, se conserva una colección de dibujos y manuscritos de más de 600 piezas en formatos diversos, de las cuales 153 son dibujos anatómicos. Su interés por el interior del cuerpo humano, por entender la estructura y el funcionamiento de los órganos que vemos en sus numerosos dibujos de disecciones de cadáveres, hace evidente que la anatomía y la medicina fueron intereses en sí mismos. Más aún, podemos decir que la pintura, más que un fin, fue en este caso un medio para comprender la naturaleza. Si bien la mayoría de los dibujos están acompañados de leyendas y explicaciones, es evidente que las imágenes cumplieron un papel primordial y que el conocimiento de la naturaleza para Leonardo era inseparable de su representación visual. Muy pronto, el uso del dibujo para la enseñanza de la anatomía fue esencial en la medicina moderna. El gran tratado de anatomía de Andrés Vesalio, “De humani corporis fabrica”, publicado en 1543, es un ejemplo notable de la importancia de las artes visuales en la historia de la ciencia moderna.
Leonardo fue enfático sobre las ventajas de las imágenes para entender el mundo natural. “Quienes creen que es mejor observar de forma directa un cuerpo a observar dibujos, tendrían razón”, escribió Leonardo, “si fuera posible observar todas las cosas que se muestran en los dibujos en un solo cuerpo… no verían ni obtendrían conocimiento sino de algunas venas”. El dibujo, entonces, era necesario “para obtener un conocimiento verdadero y perfecto de los más de 10 cuerpos que he disecado…”. Además, describe el arduo y meticuloso trabajo de la disección de múltiples cadáveres para poder reconocer sus distintas estructuras. “Y si tuvieran amor por tales cosas, tal vez se los impediría el asco, y si no se los impidió el asco, quizá los detendría el miedo de vivir en horas nocturnas en compañía de aquellos cadáveres, descuartizados y destrozados y horribles de ver… y si no tienen miedo ni asco, quizá no son tan buenos dibujantes como se necesita”. La pintura, para Leonardo, es parte fundamental del estudio del cuerpo humano, ya que en un dibujo, o mejor, en una serie de dibujos, es posible ver mucho más que en la observación directa de un cadáver. “El ojo, que se dice ventana del alma, es la vía principal a través de la que el sentido común puede mejor y más magníficamente admirar las infinitas obras de la naturaleza…quien desprecia la pintura, no ama la filosofía ni la naturaleza”.
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En su “Tratado de pintura” hay una extensa parte sobre el cuerpo humano, sus proporciones y cómo varían con la edad, sus movimientos y cada uno de sus miembros y músculos. Es cierto que Leonardo pensó que “para que el pintor pueda representar con propiedad las acciones y los gestos que aparecen en los desnudos necesita aprender la anatomía de los nervios, huesos y músculos”. No obstante, los textos que se suelen compilar como “Tratado de pintura” incluyen reflexiones que van más allá de un manual para el oficio de los pintores. Es un texto que se ocupa del problema del conocimiento y, de hecho, anticipa lo que tradicionalmente hemos reconocido como los grandes pilares de la ciencia moderna, que más adelante serían defendidos por personajes como Galileo Galilei. En 1638, Galileo publicó sus “Discursos y demostraciones matemáticas en torno a dos nuevas ciencias”, texto en el cual unificó por primera vez la experimentación empírica con el lenguaje matemático riguroso, sentando las bases de la física clásica. Más de 100 años antes, Leonardo escribió: “Las ciencias verdaderas son aquellas que como resultado de la experiencia han penetrado a través de los sentidos y así silencian las opiniones de quienes argumentan; las verdaderas ciencias no se fundamentan en sueños, sino que siempre proceden de manera sucesiva de verdades primarias y principios establecidos en un orden apropiado hacia las conclusiones. Esto se puede apreciar en los principios de las matemáticas, es decir, número y medida –aritmética y geometría– que se ocupan de cantidades continuas y discontinuas con la más preciada verdad. Aquí nadie adivina o improvisa… aquí toda especulación queda destruida en el eterno silencio y así sus practicantes disfrutan las ciencias en paz…”.
Al final del siglo XX, el filósofo estadounidense Richard Rorty decía con razón: “Somos los herederos de 300 años de retórica sobre la importancia de una tajante diferencia entre ciencia y religión, ciencia y arte, ciencia y política”. Estas fronteras no han sido, no son y no deben ser tan rígidas. En el Renacimiento italiano, justo en los momentos y lugares en los que se suele celebrar el nacimiento de la ciencia moderna, la separación entre el arte y la ciencia que hoy nos parece natural carecía de sentido. Para personajes como Leonardo da Vinci, Alberto Durero, Andrea Vesalio, Nicolás Copérnico, Johannes Kepler o Galileo Galilei, las grandes preguntas de las ciencias naturales, la astronomía, las matemáticas, el estudio de la vida y los problemas estéticos de la pintura, la escultura o la arquitectura fueron sencillamente inseparables. El reencuentro entre la estética y las ciencias, incluso hoy, no solo es posible, sino deseable.
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Mauricio(t3u8q)•Hace 2 horasGRACIA Y VERDAD SON UNA Y LA MISMA COSA, LEONARDO
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Carlos(24349)•Hace 4 horasDe acuerdo; ciencia, arte, religión y política son un continuo de la experiencia humana. Las diferencias se establecen quizá desde los mecanismos con que se estudian, interpretan e implementan. Todas susceptibles de corrupción y engaño. Religión y política como genios de la manipulación y arte y ciencia como alcahuetas. Leonardos, Juanas, Galileos y Policarpas son imprescindibles.