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Rabo de ají

Doble filo 

Pascual Gaviria

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Una vez más, la burocracia de la muerte falló en el momento definitivo en Estados Unidos. El 30 de septiembre, Christa Pike sobrevivió a dos intentos por matarla con una inyección de pentobarbital. Luego de 45 minutos de los buenos oficios de los verdugos, el médico que certificaría su muerte fue llamado para que le salvara la vida. En efecto, lo logró, y hace unos días Pike está de nuevo en la prisión de Nashville donde vivirá al menos un año más, mientras se revisan los protocolos para aplicar la inyección letal. Las cortes norteamericanas no han sido compasivas con los condenados desobedientes a los métodos tajantes. Se ha alegado que el segundo turno podría constituir tortura y tratos crueles, se ha dicho que se trata de un doble castigo, pero la justicia ha reprogramado, ajustado los electrodos o cambiado la inyección por una máscara de gas nitrógeno para terminar la tarea sin pataleos.

Hace 70 años, Albert Camus escribió un pequeño ensayo llamado Reflexiones sobre la guillotina. Se trata de un alegato contra la pena de muerte que solo se abolió en Francia hasta 1981, aunque la última ejecución se dio en Marsella en 1977, 20 años después de publicado el ensayo de Camus. Aunque parezca increíble, Francia usó la guillotina como método infalible hasta la última ejecución. Tal vez por simple apego tradicionalista. Eso hace que Camus hable muy gráficamente del expedito castigo de separar un cuerpo en dos.

El libro comienza con la historia de su padre que, alentado por la indignación, decidió ir a ver la ejecución pública –hasta 1934 se hacían como espectáculo gratuito– de un hombre que había matado a una familia campesina, incluidos dos niños. El padre volvió en silencio y afanado, se acostó en la cama y, unos minutos después, estaba vomitando en el baño. “En vez de acordarse de los niños asesinados, no podía pensar en otra cosa que en ese cuerpo palpitante al que acababan de arrojar sobre una plancha para cortarle el cuello”, escribe Camus.

Buena parte del libro se encarga de desestimar el argumento de los partidarios del “asesinato administrativo”, según el cual la muerte del criminal es un escarmiento útil para futuros criminales. Se trata de buscar un fin noble para ese filo. Pero es extraño, dice Camus, que al tiempo que se busca aleccionar a posibles asesinos con el asesinato en justicia, este se haga al escondido, en la cárceles y sin aviso previo. Si la sociedad de verdad creyera en esa noble función “rodearía las ejecuciones del lanzamiento publicitario que normalmente da a los empréstitos nacionales o a las nuevas marcas de aperitivos”. De modo que el Estado y la sociedad debería sincerarse, dice Camus, y reconocer que detrás de esa “burda cirugía” solo hay una palabra posible: venganza. Más que perseguir un bien para la sociedad, se busca infligir el más grande de los males con una premeditación extrema. “Se trata de un sentimiento, y particularmente violento, no de un principio”, resalta Camus, al advertir que la ley está para corregir el estado de naturaleza, no para aplicarlo.

La discusión sobre las bondades de la crueldad oficial es importante más allá de la pena de muerte. En el ensayo, Camus nos habla de la fila de hombres que se ofrecían para ser verdugos y del porcentaje de asesinos que habían asistido atentos al menos a una ejecución. El gobierno de Abelardo de la Espriella ha logrado, en muy poco tiempo, un singular anhelo de venganza entre muchos ciudadanos. Sus espectáculos públicos como justiciero, sus amenazas a los capturados, la fascinante posibilidad de que use su arma para matar un delincuente, su sevicia ante los cadáveres, han alentado una especie de pulsión de muerte. El juego adolescente de Abelardo no es inofensivo, su fascinación por las armas y la humillación es también un aliento a la guillotina.

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