20 Nov 2014 - 3:02 a. m.

'Adieu', Alexander Grothendieck

“El mejor matemático del siglo XX”, como lo calificó el periódico ‘Le Monde’, murió el pasado 13 noviembre. Sus últimos 25 años los vivió como un ermitaño.

Klaus Ziegler

En los sótanos de la Universidad de Montpellier se conservan más de 20.000 páginas manuscritas que deben ser destruidas por orden expresa de su autor. Es la obra inédita de Alexander Grothendieck, un genio matemático de la talla de Gauss o de Gödel.

Grothendieck encarna mejor que nadie la figura romántica del genio maníaco y excéntrico. Sus posiciones pacifistas y su ecologismo extremo lo llevaron a retirarse del mundo académico, a comienzos de la década de 1970, cuando se hallaba en el cenit de sus capacidades creativas, una pérdida trágica sin par en la historia de la ciencia. O al menos así se repite en la versión oficial, pues los verdaderos motivos permanecen en el misterio. Sin duda, dos décadas de esfuerzos intelectuales de intensidad frenética dejaron su huella en ese intelecto monstruoso.

Quienes lo conocieron lo describen como un hombre carismático de energía prodigiosa. Durante sus años de permanencia en el Institut des Hautes Études Scientifiques, en París (IHES), Grothendieck fue el líder indiscutido de uno de los seminarios más famosos del siglo XX. Allí emprendió con su maestro Jean Dieudonné la redacción de un tratado monumental, Éléments de géométrie algébrique. La obra iría dividida en doce capítulos de los cuales sólo cuatro salieron a la imprenta. Cada “capítulo”, debe decirse, comprende varios tomos. Los preliminares ya conforman un libro voluminoso, el cual fue engrosándose a medida que ese edificio colosal requería fundaciones más y más profundas.

Abundan historias cuasi míticas sobre su extraordinaria capacidad de trabajo. Los martes en la tarde, cuentan sus discípulos, después de seguir durante horas sus exposiciones, era la costumbre salir en grupo a cenar. No faltaban entonces algunos entusiastas que decidieran quedarse hasta la madrugada en alguno de los muchos bares parisinos. Nunca nadie, sin embargo, se vio obligado a cargar llaves de la reja por donde debía entrarse al instituto, pues al regresar, sin importar la hora, la luz encendida de la habitación de aquel hombre infatigable era señal de que allí estaba todavía sumido en sus meditaciones. Bastaba entonces arrojar una piedrita contra la ventana para que Grothendieck bajara de inmediato y abriera la verja.

Según cuentan, no era extraño verlo absorto en sus pensamientos, embebido en alguna idea o ensimismado en la corrección meticulosa de sus Elementos durante una vigilia que se prolongaba días seguidos sin interrupción. Esos fueron los años dorados en los que revolucionó las matemáticas: sus teoremas de dualidad, la cohomología local, su teoría de esquemas, la k-teoría, la cohomología cristalina, la teoría de topos, la cohomología étale, la teoría motívica, el yoga de los funtores representables... constituyen la creación inverosímil de un solo cerebro humano, un logro suficiente para situarlo a la altura de Fermat, Euler o Gauss.

En la mente de Grothendieck los conceptos matemáticos alcanzaron su expresión más abstracta. Su obra es en extremo compleja. Tal vez no exista ninguna otra área del intelecto que entrañe mayor dificultad. Las intuiciones geométricas más inmediatas son reemplazadas por formulaciones categóricas, por construcciones sintácticas donde sólo hay lugar para las estructuras lógicas, depuradas, aisladas de las intuiciones primitivas, como si los conceptos más intuitivos fuesen la mera encarnación de un arquetipo último, de un objeto ideal del mundo platónico de las ideas.

En 1972, Grothendieck abandonó el IHES tras enterarse de que el instituto recibía fondos de los militares. Los años siguientes transcurrieron como profesor en una universidad de provincia, en Montpellier, no muy lejos del campo de refugiados a donde había llegado con su madre (de ella tomaría su apellido) veinte años atrás, luego de que su padre, un judío anarquista ruso, fuera deportado al campo de exterminio de Auschwitz. Al año siguiente decidió viajar a Vietnam en señal de protesta contra la guerra, e incluso llegó a dictar un seminario entre las trincheras.

La producción de Grothendieck entre 1980 y 1990 raya en lo maníaco. En unos pocos años produce manuscritos matemáticos de miles de páginas: La Longue marche à travers la théorie de Galois, A la poursuite des champs, Esquisse d’un programme y Les Dérivateurs, así como una autobiografía extraña e idiosincrática, Récoltes et Semailles, un alegato lleno de rabia y desilusión por lo que veía como una academia sin ética, arruinada por las competencias mezquinas y por el codicioso afán de dinero y reconocimientos. Cuando en 1988 se le otorgó el Premio Crafoord, especie de Nobel de las matemáticas, oficiado también por la Real Academia Sueca de las Ciencias, Grothendieck no dudó en rechazarlo.

Pero el más misterioso de sus escritos quizá sea La Clef des songes, “La clave de los sueños”, un texto místico en el que Grothendieck relata el suceso más trascendental de su vida: el descubrimiento de Dios. El acontecimiento es extraordinario si tenemos en cuenta su total carencia de adoctrinamiento religioso y su declarado agnosticismo. La revelación ocurre a finales de la década de 1980, durante una serie de experiencias oníricas en las que el Creador se le manifiesta a través de sueños cargados de simbolismo.

En agosto de 1991, sin previo aviso, Grothendieck se esfumó del mundo para emprender un viaje espiritual solitario. Se supo luego que se había mudado a una pequeña población en los Pirineos donde pasaría los últimos años de su vida. Allí, alejado de la sociedad, escribió sus meditaciones filosóficas sobre el libre albedrío, el determinismo y la existencia del mal. En su último pronunciamiento público manifestó no tener intención de publicar o reimprimir ninguna obra o texto suyo. A continuación dio orden expresa de que todas sus obras fueran eliminadas de las librerías, y exigió a quienes almacenan copias de sus trabajos que “los hagan desaparecer para siempre”.

Se dice que jamás volvió a tener contacto con otro ser humano. Quienes lo trataron por última vez lo describen consternado por lo que él imaginaba eran los esfuerzos incesantes del Diablo por cambiar la constante universal de la velocidad de luz. De manera ocasional, algún vecino notaba su presencia o alcanzaba a reconocerlo en el pequeño mercado de la villa de Saint-Girons. Y a lo lejos, durante las noches, algunos cuentan haberlo oído interpretar al piano himnos y cánticos religiosos durante largas horas. Tras vivir casi un cuarto de siglo incomunicado, sin energía eléctrica, alimentándose de las verduras que cultivaba en su propio jardín, se extinguió finalmente la llama de ese intelecto sobrenatural, el pasado jueves 13 de noviembre, a los 86 años de edad.

 

klaus.ziegler2@gmail.com

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