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16 Jan 2010 - 3:29 a. m.

Chingaza, corazón de Bogotá

En estas épocas de cambio climático, calentamiento global y un verano que amenaza con racionamientos de agua y energía, se hace imperativo echar un vistazo a los embalses y las zonas donde nace el agua que va a municipios y ciudades.

Alfredo Molano Jimeno

En el caso de Bogotá, el 80% del agua que se consume  proviene de Chingaza, una zona situada al nororiente de la ciudad, a 15 kilómetros de La Calera, donde se encuentra un páramo de 40.000 hectáreas, del cual salen un millón de metros cúbicos de agua cada día, lo que lo convierte en el corazón de la capital.

Carlos Lora, director del Parque desde hace 15 años, aseguró que el embalse de Chuza hoy está en un 70% de su capacidad y no presenta una situación crítica. Al menos por ahora. Según Lora, el embalse está en capacidad, sin que llueva un solo día, de proveer de agua a Bogotá durante cuatro o cinco meses. A esto habría que agregarle que el embalse de San Rafael, en La Calera, está al tope y daría otros tres meses de agua. Por lo que, si bien hay que ahorrar agua, Bogotá no está en riesgo de quedarse sin éste servicio.

Pese a que para la capital el tema del agua no es alarmante en términos de racionamientos, sí lo es en cuanto a políticas de conservación.

Existe una terrible desproporción entre el beneficio que recibe la ciudad y el costo que paga . La zona en la que se produce este precioso liquido no recibe mayor retribución por el servicio que presta. Por cada metro cúbico de agua el usuario paga $2.000, de los cuales tan sólo 50 centavos son asignados para su conservación.

Habría que agregar a esto que la mayoría de municipios y veredas de los cuales sale el agua para Bogotá, se encuentran en una situación crítica. No están conectados a una red de acueducto y alcantarillado y los pequeños acueductos veredales están secos o en racionamiento. Gran paradoja: la zona en la que se produce el agua para abastecer a la capital, no goza de este servicio.

Aún peor: En esta misma región se encuentra la planta de Manantial, la cual percibe $2’000.000  por cada metro cúbico de agua que  comercializa y paga los mismos 50 centavos. Negocio redondo. “Le estamos cuidando el agua a Bogotá con las uñas”, afirma Lora.

El problema de la conservación tiene un alto componente de inequidad social. Las dos principales actividades que amenazan con destruir los páramos: papicultura y ganadería extensiva, son a su vez, el único camino de subsistencia que le queda a la gente. Quizá si quienes habitan los páramos y las zonas protegidas pudiera vivir de la conservación, tendríamos a unos incansables protectores del medio ambiente.

 Resulta sorprendente que no se contemple un reconocimiento  a las regiones que cuidan del patrimonio hídrico y ambiental de nuestro país, cuando  la economía de los municipios y ciudades se nutre de este servicio.

Quizá en el momento en que se entienda que nuestros páramos y reservorios de agua son el cordón umbilical de la ciudad, reconozcamos la naturaleza del problema que se despierta con los cmabios climáticos;  porque en este momento el tema de la conservación es un asunto de voluntad personal y no de política ambiental.

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