5 Nov 2008 - 4:34 a. m.

Comienza la era Obama

A pesar de su falta de experiencia y reconocimiento en el ámbito nacional, su color y su juventud, el demócrata revolucionó el arte de las campañas políticas, haciendo uso innovador de la tecnología y sorteando los ataques de su rival.

Arlene Tickner*/ Especial para El Espectador

Este martes la mayoría de los votantes estadounidenses hicieron un acto de fe al elegir a Barack Obama como su próximo presidente. No era para menos en un país asaltado hoy por el descontento, la preocupación por el futuro, la polarización y el odio del resto del mundo. Entre las evidencias de la crisis de confianza en el camino que ha cogido Estados Unidos, el nivel de aprobación del presidente saliente, George W. Bush, 23% —uno de los peores de la historia— y la afirmación de un 85% de la población de que las cosas van mal, son los hechos más dicientes.

Por ello, no es exagerado afirmar que la esperanza constituyó uno de los factores decisivos del resultado de estas elecciones. La gran acogida que tuvo el mensaje de cambio de Obama obedeció no sólo al rechazo del electorado del continuismo, encarnado por la candidatura de John McCain, sino a la impresionante capacidad persuasiva del candidato demócrata, cuya tranquilidad y control, dignos de un maestro zen, fueron de algún modo reconfortantes en la coyuntura crítica que se vive.

A pesar de su falta de experiencia y reconocimiento en el ámbito nacional, su color y su juventud, Obama revolucionó por siempre el arte de las campañas políticas, haciendo uso innovador de la tecnología —la internet y la telefonía celular principalmente— para alcanzar nuevos electores, recaudar fondos, organizar y administrar voluntarios, rastrear y moldear la opinión pública y desmentir los ataques políticos de sus contendores.

Además de lograr que sectores generalmente abstencionistas, en particular los jóvenes y los afroamericanos, se registraran para votar, Obama cambió el mapa electoral estadounidense al inundar a sectores del electorado del dominio tradicional republicano con su mensaje político. Fue el primer candidato presidencial en rechazar la financiación pública y se negó a recibir aportes de los grupos de lobby.

Otra de las características novedosas de la campaña de Obama fue el uso de sitios como YouTube, MySpace y Facebook, así como un sinnúmero de blogs creados por su ejército de voluntarios, los cuales posibilitaron un impacto más constante entre mayores números de personas y la difusión casi instantánea de clarificaciones a los distintos ataques políticos de los cuales fue víctima.

Sin duda el hecho de que un negro haya sido elegido presidente de los Estados Unidos, tan sólo 50 años después del pleno reconocimiento de los derechos civiles de los afroamericanos, constituye otro factor histórico. Sin embargo, sus posibles efectos sobre el tema de raza en el país aún no son claros.

Obama puede ayudar a curar las profundas heridas raciales que caracterizan a la sociedad estadounidense, al tiempo que puede desmentir muchos mitos que existen en el extranjero sobre ese país. Difícilmente los extremistas islámicos, por ejemplo, podrán acusar a un presidente negro llamado “Barack Hussein Obama” de ser el “Gran Satán”.

Pero también su elección podría interpretarse como una “prueba” de que el racismo ya no constituye una barrera a la igualdad y el avance de la población negra en los Estados Unidos, propiciando cierto olvido de este problema, en particular entre la población blanca. En consecuencia, el racismo sistémico que todavía está arraigado en las instituciones estadounidenses —tal y como se evidencia en las escuelas públicas de inferior calidad de las comunidades afroamericanas, y las tasas


desproporcionadas de encarcelación de los hombres negros, entre otros— podría invisibilizarse al suponer que el país ya transitó hacia una etapa “posracial”.

El nuevo presidente de los Estados Unidos heredará dos problemas nefastos de la era Bush que condicionarán su agenda doméstica e internacional. El desplome financiero, el inicio de una etapa de recesión y un déficit fiscal que ascenderá a un billón de dólares el año entrante —el más grande de la historia estadounidense y del mundo— obligarán al nuevo gobierno a reducir el gasto público.

Lo más probable es que los desembolsos en el extranjero, en particular en temas controversiales como defensa, sean sujetos a recortes, pero también es factible que los programas sociales que constituyeron uno de los ejes de la campaña de Obama, por ejemplo en salud y educación, tengan que adecuarse a esta nueva realidad. El alto nivel de desempleo —que podría ascender a 8% en 2009— tendrá un efecto aún más negativo sobre el libre comercio y el laissez faire. En otras palabras, los tratados de libre comercio que no han sido aprobados —como el TLC con Colombia, Panamá o Corea del Sur— ya no lo serán en un futuro cercano.

En el plano internacional, Obama tendrá que reparar muchas relaciones que fueron deteriorándose después de la guerra de los Estados Unidos en Irak. Con base en la votación que realizó el mundo sobre los dos candidatos a la presidencia, ello no será una tarea insuperable, aunque los retos que enfrenta el mundo en la actualidad —incluyendo la crisis financiera y el calentamiento global— exigen aún mayores niveles de coordinación y cooperación multilateral que en el pasado.

En el caso de Europa en particular, la Obamanía que primó durante la campaña electoral hace pensar que su elección será recibida con relativa euforia en el continente y que sus antiguos aliados volverán a acercarse.

El presidente electo ha dicho que la recuperación de la imagen externa del país exige el diálogo con sus aliados y enemigos por igual, lo cual hace suponer que podría favorecer un acercamiento con los talibanes en Afganistán, así como con los gobiernos antiamericanos de Irán, Venezuela y Cuba. En América Latina, el posible acercamiento con los distintos gobiernos de izquierda podrá relativizar la importancia de la alianza de Colombia para los intereses estratégicos de E.U. en la región.

Por su parte, las raíces africanas de Obama ejercerán una mayor presión para que Estados Unidos se involucre más con los problemas de este olvidado continente. Un gesto de goodwill que ayudaría a despejar las dudas que podrían existir sobre las intenciones internacionales del presidente electo Obama sería el cierre de la prisión en Guantánamo y la creación de una “comisión de la verdad” para investigar los abusos a los derechos humanos que han sido cometidos por Estados Unidos en nombre de la guerra contra el terrorismo.

Al mismo tiempo que Barack Obama se verá enfrentado a un escenario poco favorable, en especial en el plano económico, para la realización de una agenda propia y realmente transformativa, contará con una mayoría ampliada del Partido Demócrata en ambas cámaras del Congreso, lo cual ampliará los márgenes de maniobra para el desarrollo de sus programas.

Sin embargo, y justamente por su corta experiencia en la vida pública estadounidense, lo que hará en realidad una vez asuma la Presidencia sigue siendo un misterio. Los nombramientos que se realicen en cargos gubernamentales importantes nos darán unas primeras pistas sobre el verdadero rumbo que cogerá Estados Unidos en la era Obama.

Profesora Titular. Departamento de Ciencia Política, Universidad de los Andes.

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