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El rechazo que sufren los médicos y personal de salud en sus sitios de vivienda, en la calle y en los mercados adonde tienen que entrar como cualquier ciudadano para abastecerse de alimentos, los ha obligado a refugiarse en el anonimato, esconder sus batas blancas que antes eran motivo de orgullo, y ocultar su oficio en una sociedad despiadada que, paradójicamente, necesita mucho más de sus conocimientos que en cualquier momento de normalidad sanitaria. Tres de ellos accedieron a hablar bajo la condición de no revelar sus nombres ni lugares en que viven o trabajan.

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