16 Dec 2010 - 4:47 a. m.

Crónica de la resistencia ante el invierno en el Atlántico

Ante la rotura en el Canal del Dique, los lugareños se debaten entre huir por miedo al Magdalena o confiar en que lo peor ya pasó.

El Espectador

Hace algunos días, el gobernador del Atlántico, Eduardo Verano, se refirió a Suan como “un arca de Noé”. En principio, había buenas razones para pensarlo: el municipio no sólo estaba bien protegido de lado y lado (frente al río Magdalena y a las aguas del Canal del Dique), sino que había demostrado ser un modelo de organización y trabajo en equipo. Liderado por el alcalde Rodolfo Pacheco, el pueblo era disciplinado y optimista. Un municipio-esperanza, quizá. Un municipio que, aun en medio del desastre natural que azota al sur del Atlántico, brillaba con alguna luz. Con algún orgullo.

Todo cambió muy rápido. El domingo, unas pocas horas antes de que Santa Lucía colapsara, la Gobernación del departamento emitió un comunicado en el que recomendaba la evacuación de Suan. De golpe, sin que los habitantes (ni el propio Pacheco) lo esperaran muy bien. Todo atravesado en la garganta: la calma nerviosa, los esfuerzos perdidos (cuando los de Campo de la Cruz protestaban, los de Suan preparaban la defensa del pueblo), la tranquilidad muy aparente. El municipio que hasta ese día lucía imbatible, como ejemplo a seguir, como joya para mostrar en el caos, parecía poder caer.

Con un pasado de pocas inundaciones, Suan ostenta el valor de la resistencia. Y la resistencia es, de muchos modos, esa cierta incredulidad del mismo Pacheco. En sus declaraciones posteriores al comunicado, el Alcalde casi siempre enfatizó en que el texto era una “recomendación”. En todo caso, él era el único con autoridad para dar la orden de evacuación. Aun si la mitad del pueblo (unas 5.200 personas, según fuentes de la Gobernación) ya había salido para la noche del martes. Que es como decir, parafraseando al venezolano Alberto Barrera Tyszka, que la mitad del pueblo había reconocido los límites de la ingeniería ante el infinito poder de la naturaleza.
No ha sido fácil, de cualquier forma. A Éver Pacheco García le gritaron cosas cuando salía de Suan. “Tú eres cobarde, vas a dejar tu pueblo”, le dijeron. Se fue a Ponedera, al norte del departamento, para estar tranquilo. Aunque reconoce el coraje de sus paisanos (“hacen tinto y sancocho en las noches para cuidar el muro”), prefiere no hacerse demasiadas ilusiones: prefiere pensar que el agua puede subir y meterse por las calles para hacer que todo colapse y nunca vuelva a ser lo mismo. Además, el ambiente en su tierra es tenso. Muchas personas están por salir y otras tantas cierran sus casas y dejan las cosas lo más arriba posible.

Suan puede ser un punto de inflexión. Una medida de las cosas. Para llegar al pueblo hay que viajar por la Carretera Oriental, que ya está inundada a la altura del corregimiento de Bohórquez. Recorrer el camino es entrar en un juego de contrastes. Al pasar por Campo de la Cruz, el municipio hasta ahora más afectado, las contradicciones son evidentes. Si en Suan hablan de un alcalde comprometido, en Campo de la Cruz dicen que “el capitán abandonó el barco” y que “los políticos se ahogaron”. Aparte de eso, la situación en las orillas de la vía sigue siendo compleja. La gente sólo está comiendo pescado y a los conductores que pasan les piden cualquier cosa (un pedazo de pan, una galleta) para acompañar. Preguntar es redundar, atizar el dolor de una cotidianidad truncada.

En Suan es un poco distinto. Ayudando con la arena para fortificar la contención para las aguas que vienen del Canal, Juan Acuña —secretario de Planeación— deja entrever su esperanza. Al margen de que los ingenieros norteamericanos de la firma CDM hayan sido claros en hablar de daños irreversibles y del tiempo que va a tomar la recuperación, Acuña cree que es posible proteger el municipio. “Los niños, los ancianos y las mujeres deben salir, pero nosotros los hombres nos quedamos. Esto nos costó mucho trabajo como para dejarlo perder así”. Acuña señala, además, que la Gobernación no ha sido clara a la hora de ofrecer un lugar de albergue. Más allá de eso, el Secretario cree en la ingeniería del pueblo. “Conocemos el río”, afirma. De poder hacerlo, de al menos mantener un pueblo del sur intacto, Acuña y su gente no sólo estarían ganándole una batalla al río, sino también a la tragedia.

Como al ‘Katrina’, miden al Dique y Bogotá

En medio del peor invierno que el país recuerda en los últimos años, y que cada día se agrava más, dos expertos norteamericanos, que atendieron el desastre ocasionado por el huracán Katrina en Nueva Orleans, (2005) arribaron a la capital luego de analizar la situación en Atlántico, en donde se rompió el Canal del Dique, para emitir una serie de recomendaciones al Gobierno Nacional en materia de manejo de los daños dejados por el fenómeno de La Niña, en un informe que presentarán públicamente el viernes.

David Brauner es especialista senior para el “Programa de Asistencia Pública” de FEMA, la agencia federal norteamericana encargada de lidiar con los desastres naturales, entre otras situaciones. Lo acompaña Jeffrey Bedey, coronel retirado del Cuerpo de Ingenieros de la Marina norteamericana, quien fue el primer comandante de la Oficina de Protección de Huracanes de Nueva Orleans.

¿Cuál es la evaluación que haría de lo que ha visto en Colombia?

David Brauner: Comparado con tragedias similares en otros lugares, diría que el nivel de planeación con el que cuenta el país es muy bueno. Particularmente en Bogotá veo una respuesta robusta, resultado de una buena planeación, que no he visto en 30 años de trabajo en este campo. Mi análisis se basa en tres aspectos: infraestructura pública, el impacto en la vida humana y lo que se está aprendiendo para evitar futuros desastres. Comparando estos puntos con otros desastres en el mundo, en donde hubo falta de planeación, la evaluación es positiva.

¿Qué soluciones se podrían aplicar para solucionar la rotura del Canal del Dique en el Atlántico?

Jeffrey Bedey: Esa es una labor que, confío, resolverá el grupo de ingenieros, dirigentes y académicos que está trabajando en esta región y que proveerá una lista de recomendaciones para solucionar esta situación. Ahora, es necesario tener en cuenta que, a diferencia de lo ocurrido con Katrina, aún hay enormes flujos de agua que siguen bajando por el Magdalena. Hasta que entendamos cuáles son los efectos potenciales de las soluciones que se propongan, debemos ser muy cuidadosos de causar consecuencias no anticipadas en la zona. He visto que acá sí hubo tiempo de evacuar a la gente antes de que llegara la inundación. Eso no sucedió con el Katrina y ese hecho costó más de tres mil vidas.

¿Cuáles serán las recomendaciones generales que le harán al Gobierno Nacional?

J.B.: Hay algo que es vital entender y es que la recuperación va a tomar mucho más tiempo de lo que la gente espera. La rotura del canal no se va a arreglar en un par de semanas. No hay que esperar eso. Incluso hoy, cinco años después del Katrina, continúa el trabajo de recuperación y también el mejoramiento del sistema para prever el desastre. Lo primero que hay que hacer es atender a la gente y reubicarla, y entonces sí pensar en el después de la reubicación, en cómo devolverle la normalidad a los damnificados. Ahora, Colombia tiene que desarrollar un plan a largo plazo, ya que sabemos que las lluvias seguirán sucediendo y con más intensidad. Este plan debe tener un alcance nacional, porque este desastre afecta a todo el país. En Katrina fue sólo una zona, acá es necesario pensar en un enfoque más amplio.

¿Se podría culpar a alguien por las consecuencias del invierno en el país?

D.B.: No. Al contrario. Hemos encontrado una planeación muy robusta. No creo que haya negligencia en las funciones de las autoridades. Una inundación da tiempo para sacar a la gente, planear cómo alimentarlos y cómo manejar el abastecimiento de agua y el tratamiento de las aguas negras. Por lo que he visto, en estos puntos, acá ha habido buenos planes.

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