5 Jul 2020 - 2:00 p. m.

De los puros será el reino de los cielos

El Espectador, en alianza con el Aeropuerto Internacional El Dorado, publica hoy la columna del periodista Carlos Dáguer, bajo el lema ¿Cómo se imagina el aeropuerto después de esto?

Carlos Dáguer*

Entonces creímos que ya lo habíamos visto todo. El vuelo 11 de American Airlines se aproximaba a la torre norte del World Trade Center de Nueva York, y lo impactaba. Diecisiete minutos después, el 175 de United Airlines hacía lo propio ante la torre sur. Luego, lo que todos sabemos, no hace falta repetirlo: otros dos aviones sufrieron destinos similares, y se cerraron los cielos, y los pasajeros quedaron varados en el exterior, y siete días después comenzaron a llegar cartas envenenadas con ántrax.

El proverbio chino que nos recordaba que el leve aleteo de una mariposa podía sentirse al otro lado del mundo había perdido su candor, pero no su verdad. Pasamos del efecto mariposa al efecto de la globalización, que es lo mismo, pero sin barniz poético.

La evidencia más palmaria de que la caída de un avión en Estados Unidos podía transformar la existencia en cualquier lugar del planeta fue la obligación de presentarse ya no con dos, sino con tres horas de antelación en el counter del aeropuerto si el vuelo era internacional –y ya no con una sino con dos si era nacional–, y la humillación de pasar descalsurriado por el detector de metales, y expuesto al riesgo de que las medias rotas o el pie sudado quedaran al descubierto.

Y entonces creímos que ya habíamos visto la distopía en todo su esplendor, pero de repente me encuentro con la cuenta de Twitter de la fotógrafa y periodista hongkonesa Laurel Chor, y, en ella, el relato de un viaje entre París y Hong Kong en plena pandemia, odisea que habría puesto al mismísimo Homero a dudar si habría tenido alguna gracia contar los pormenores del regreso de Ulises a Ítaca.

Fue a mediados de mayo, vía Londres. Laurel recuerda que los aeropuertos Charles de Gaulle y Heathrow estaban vacíos. Los locales comerciales permanecían cerrados. No había música en el ambiente.

El miembro del personal de British Airways que recibió a la periodista en el avión llevaba máscara y guantes, y algunos pasajeros vestían trajes protección para todo el cuerpo, con sus protectores faciales de plástico, sus gafas y sus guantes. No, no era un viaje espacial, pero el terror a un bicho terrícola los motivaba a disfrazarse de astronautas.

Doce horas después, ya en Hong Kong, todos los pasajeros eran sospechosos de covid-19 hasta que no demostraran lo contrario. El proceso de llegada implicaba pasar por una serie de cubículos. En el primero se diligenciaba la declaración sobre el estado de salud y era obligatorio descargar la CoronApp hongkonesa, una aplicación de seguimiento en el teléfono celular.

En el siguiente cubículo, el personal del aeropuerto tomaba nota del número telefónico de los pasajeros y, desconfiadamente, marcaba el número para asegurarse de que sí correspondiera. Una persona entregó pulseras de rastreo, coronadas por un dispositivo más grande que un bocadillo veleño, y otra persona las activó. Otro funcionario firmaba y sellaba las órdenes de cuarentena, y entregaba un termómetro a los pasajeros para que registraran su temperatura dos veces al día durante un par de semanas.

La recogida del equipaje y el paso por la aduana no dieron lugar a ninguna bienvenida. Nada de eso: afuera esperaba un bus que llevaría a los pasajeros a un centro de convenciones acondicionado como centro de testeo. A cada uno entregaron su kit de prueba con sus respectivas etiquetas. En una sala gigante, con asientos suficientemente separados, proyectaban un video con las instrucciones de cómo obtener la muestra. Dice Laurel que, en una cabina aledaña, con cierta privacidad, acumuló saliva desde el fondo de su garganta, y escupió en un tubo. Y entonces uno piensa que, bueno, afortunadamente la muestra era de babas. La providencia quiso que la pandemia no fuera de cólera.

Después vino una espera de siete horas para que saliera el resultado, sentada en un escritorio, mientras veía pasar un carrito de comidas. La prueba salió negativa. Y ahora sí era libre. Libre de irse a casa a pasar 14 días de cuarentena.

Creímos que después del 11-S ya lo habíamos visto todo. Creímos que después de esa mano enguantada que, en busca de sustancias extrañas, removía nuestra ropa interior, y que después pasar innumerables veces bajo el arco del detector de metales hasta descubrir cuál era el bendito objeto que encendía la alarma –el reloj, el bolígrafo, las llaves–, en fin, creímos que ya no habría más allá posible después de ese legado de miedo y sospecha y pérdida de intimidad que nos había dejado el 11-S.

Pero acá estamos reinventándonos, como manda el canon pandémico. Y, como ordena el “protocolo de bioseguridad para el manejo y control de riesgo del coronavirus COVID-19 en los sectores aeroportuario y aeronáutico del territorio nacional”, preparándonos para despegar.

Dejaremos, pues, los besos y los abrazos de las despedidas y las bienvenidas en casa, porque, como reza la norma, al aeropuerto arribaremos como llegamos al mundo: solos. Y observaremos el ritual de las abluciones al ingresar a las instalaciones. Y no usaremos el baño del avión (sí, es recomendable que aquello también quede en casa). Y procuraremos a lo largo del viaje mirar y no tocar. De hecho, no habrá nada que tocar, porque no habrá revistas en el bolsillo de al frente, ni servicio a bordo, ni cobijas o almohadas. Asepsia en las alturas y en la tierra para los hombres de buena salud.

Y entonces, resilientes y reinventados, no nos quedará más remedio que asumir que los resultados del chequeo médico ejecutivo, del examen de próstata, de la citología vaginal, de los exámenes de laboratorio, del pasado judicial y de la absolución de los pecados serán reemplazables por un pase de abordar. ¿Superaste todos los controles en el aeropuerto? ¿Alcanzaste a abordar el avión? ¿En serio? ¡Vida eterna, santo súbito!

Antes del coronavirus, en el aeropuerto demostrábamos la pureza del alma; después del coronavirus, tendremos que demostrar la pureza del cuerpo. Los profetas ya lo habían dicho: de los inmaculados será el reino de los cielos.

*Periodista, autor de los libros Vigilantes de la salud y Héroes de a pie.

Contenido desarrollado en alianza con el Aeropuerto El Dorado.

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