6 Aug 2011 - 9:00 p. m.

Diario de un viaje espacial

Un grupo de estudiantes colombianos acompañaron a Adriana Ocampo, cabeza de la misión que se dirige hacia Júpiter, durante los días previos al lanzamiento.

Santiago La Rotta / Enviado EspecialCabo Cañaveral, Florida

Cuando el calendario marque 2016, Juno, un satélite del tamaño de un carro pequeño, habrá viajado millones y millones de kilómetros de frío silencio y oscuridad hasta alcanzar la órbita de Júpiter, el planeta más grande de nuestro sistema solar. Un año después de su arribo, luego de hacer mediciones, cálculos, análisis, pruebas, Juno caerá hacia el planeta, se desintegrará al entrar en él y ya está. Fin de la historia, al menos la historia oficial, esa que queda en letra de molde en los libros de texto y que suele olvidarse cuando suena el timbre.

La historia de Juno en realidad es tanto una exploración de la composición de otro planeta, como lo es de las cualidades humanas. Eso lo sabe Andrea Guzmán, una estudiante de 18 años de matemática pura en Bogotá, quien el viernes vio el primer lanzamiento espacial en vivo de su vida; también lo tienen claro Jorge Salazar y Sebastián Ujueta, un par de barranquilleros que estaban junto con ella mirando cómo el cohete se elevaba con su salvaje crujido de fuego sobre el cielo de Cabo Cañaveral —en Florida, EE.UU.—, el mítico lugar de lanzamiento de tantos otros esfuerzos espaciales.

Los tres orbitan juntos alrededor de Adriana Ocampo, una geóloga planetaria, nacida en Barranquilla, que dirige las misiones de exploración de la Nasa a Júpiter, Plutón y al asteroide Osiris Rex. Y al decir orbitar es casi un asunto literal, pues fueron invitados a quedarse en el apartamento de Ocampo en Cabo Cañaveral para, ahorrando dinero, cumplir un sueño común: ver el lanzamiento de Juno y sentir que con el poderoso rugido del cohete se iba un poco de sus propias almas a visitar la inmensidad del cosmos.

Y es que para toda la ciencia que involucra poner en órbita y empujar, a 270 mil kilómetros por hora, un aparato de la complejidad de Juno, hay mucho de espiritualidad en el proceso, una mezcla potente de emociones que mueve no planetas, sino vidas enteras. Por eso, el día en el que Guzmán y Ocampo se conocieron en persona la primera lloró con la emoción de quien se reencuentra con un viejo amigo, un viejo amigo al que no ha visto jamás.

Algún día hace ya unos años Guzmán le mandó un correo electrónico a Ocampo sin mayores pretensiones, más por hacer el intento de hablar con alguien que trabajaba en la Nasa, un lugar distante para muchos en un país atrapado entre la superación material y la guerra. La geóloga planetaria, una de las científicas que descubrió el cráter en donde cayó el meteorito que acabó con los dinosaurios, respondió ese correo y tantas otras llamadas, pedidos de consejo y consuelo.

En 2009, Ocampo viajó a Barranquilla a dictar charlas para incentivar la ciencia entre los jóvenes, junto con un grupo de otros profesionales de la Nasa. Salazar y Ujueta estaban ahí, viendo en vivo cómo el espacio era, más que un ideal, una posibilidad.

En el apartamento de Ocampo los días previos al lanzamiento estaban hechos de una alegre anticipación, una felicidad estática. Una noche entre todos discutían cómo hacer para que el perfil de la misión Juno en Facebook (hecho por los mismos estudiantes) ganara más seguidores; cuenta con menos de 200. “Sí, hay que romper todos los récords”, dice Ocampo, como un niño que comanda un barco pirata en la punta de una cama. La verdad es que a todos los embargaba un sentimiento muy infantil, desprendido de agendas propias e intereses ocultos, una emoción destilada, llena de fibra, de un corazón latiendo al ritmo infinito del cosmos.

Pero Juno es un asunto serio, un asunto de US$1,1 billones que ha estado bajo el mando de Ocampo desde 2005 y que, desde el lado de la Nasa, cuenta con 100 personas calculando, revisando y ajustando las miles de partes que componen lo que será el vehículo hecho por el hombre más rápido en el espacio. Son años de un trabajo tan meticuloso que parece relojería de gran tamaño, como fabricar una docena de Big Ben y después soltarlos en el espacio para cronometrar el tiempo de la nada.

Es el tamaño del desafío, el hecho de que Juno se impulsa con paneles solares (el primer vehículo de su tipo en hacer un viaje tan largo con esta fuente de energía), entre otras cosas, lo que hace de los trabajadores de la misión devotos de una religión hecha de fibras y aleaciones, con ídolos de metal que con una llamarada emprenden viajes épicos a través de un mapa plagado de puntos negros.

Es este tipo de entusiasmo, una especie de fe que se reparte entre los datos y los sueños, lo que anima los días de Ocampo y que sale a flote con cada suave palabra a través de ella para dar consejos a aquellos que los buscan en medio de un horario lleno de reuniones, con tres o cuatro horas de descanso al día, con la presión de tener una enorme fortuna ahí, esperando en la plataforma de lanzamiento.

Por el apartamento con vista al mar, y que ha sido usado para alojar a las familias de los astronautas que viajaron en los transbordadores, pasan ingenieros, paleontólogas, sacerdotes, familiares, viejas amigas, los jóvenes huéspedes y todo parece, en cierto sentido, una gran comuna hippie de alta tecnología.

Cambió la estética, nada más: aún están los soñadores que alzaron los brazos hacia las estrellas. Aquellos primeros fueron por la Luna. Estos van por el resto.

Temas relacionados

NASA
Comparte: