11 Dec 2010 - 8:47 p. m.

Doris Salcedo

Tras la memoria de los vencidos.

Guillermo González Uribe* / Especial para El Espectador

Huele a tierra. Al entrar en su estudio, huele a tierra. Avanzo y veo recipientes rectangulares sobre los que trabajan varias personas. Algo me inquieta. Husmeo. La grúa levanta una de esas extrañas cajas rodeadas de tierra. Me recorre un escalofrío. Me acerco más. Parecen ataúdes. Encima y debajo de cada uno de los que están terminados hay mesas de madera, y de ellas afloran nacimientos de pasto vivo. Todo está marcado, señalizado. Allí, una máquina mezcla cemento con tierra. Otro operario está concentrado sobre el complejo mecanismo interno de cada ataúd. Esto parece más una obra de construcción que el estudio de una artista. Ayudada por otro de los trabajadores, Doris se sube en una tarima y de un juego de largas palas va escogiendo la más apropiada para recortar desde lo alto la tierra que recubre uno de los rectángulos. Son 164 piezas, semejantes pero diferentes, las que conforman Plegaria muda, la nueva obra de Doris Salcedo.

¿Qué significa para una madre abrir una fosa y ver que en la imagen terrible de la muerte debe tratar de reconocer a su hijo?, reflexiona la artista. Pese a todo, la vida prevalece. Por entre las tablas de las casas abandonadas en los pueblos desalojados y saqueados por los paramilitares, crece vegetación; de todas formas la vida se abre paso de nuevo.

Es la obra con apariencia más natural pero la más compleja —aunque todo es artificial, debe parecer verdadero; cada pieza tiene un plano específico y cada elemento, cálculos milimétricos— construida por esta colombiana, reconocida como una de las más importantes artistas plásticas del mundo, quien hace cinco meses ganó el Premio Velázquez en España, y viene de exponer sus trabajos en prestigiosas salas: el Moma de Nueva York, la Tate Modern de Londres, el Instituto de Arte de Chicago y el Reina Sofía de Madrid.

Al recibir el premio, en el Museo del Prado de Madrid, parada debajo de Las meninas de Velázquez, dijo que ese galardón es un reconocimiento a las víctimas de la violencia política. Frente a ella, los príncipes de España, artistas e invitados especiales. Ningún representante del gobierno de Uribe, por petición de la propia Doris, la primera mujer y el primer colombiano que obtiene este galardón, concedido antes a artistas como los españoles Antoni Tàpies, Antoni Muntadas y Antonio López, el mexicano Juan Soriano y el brasileño Cildo Meireles.

Plegaria muda se presentará por primera vez en el Muac de México el 8 de abril de 2011. De allí, irá al Museo de Arte Moderno de Suecia y a la Fundación Gulbenkian de Lisboa. Pasa luego al Maxxi de Roma, al White Cube de Londres y a la Pinacoteca de São Paulo. Posteriormente estará en el Museo de Arte Contemporáneo de Chicago y en el Museo de Arte Moderno de San Francisco. Estará viajando cerca de cuatro años. ¿Y en Colombia? A ella le habría encantado mostrarla, pero una importante institución cultural la rechazó; canceló la exposición.

La obra

Doris Salcedo se toma entre dos y tres años para dar vida a una nueva obra. Luego de su polémico trabajo en la Tate de Londres, esa grieta que abrió en el corazón de Europa, se dedicó de lleno a investigar sobre los desaparecidos. Comenzó en octubre de 2008. Posteriormente trabajó sola hasta tener la idea clara; ella concibe la obra y la dibuja. Luego inició la labor con su equipo, al que considera extraordinario —algunos llevan con ella más de trece años—, y empezaron a hacer experimentos con los materiales. Se trata de encontrar la forma de llevar a la práctica lo que ella imagina. Su equipo es interdisciplinario, aunque la mayoría son arquitectos, y en esta ocasión buscaron asesores en el campo de la biología y la agronomía, puesto que es la primera vez que trabaja con materiales orgánicos. En la zona del estudio, en Bogotá, hay cinco bodegas que guardan las piezas, de tamaño natural —humano—, que van saliendo del estudio de la escultora. El pasto que crece dentro de la obra no puede cruzar fronteras, así que hay que sembrarlo en cada país, en cada exposición, entonces el equipo viajará con el fin de adelantar el mismo proceso para cada muestra. Es una especie de ritual funerario —dice la artista, mientras su vista se fija en el vacío—, el que le ha sido negado a tanta gente, a todos los desaparecidos.

Es importante mostrar la fosa, afirma. Si pensamos en los muchachos de Soacha, por ejemplo, los jóvenes de las ejecuciones extrajudiciales, son personas que no tuvieron espacio cuando estaban vivos y tampoco cuando estaban muertos. Ella quiere mostrar esa falta de espacio y el hecho de que para sus familiares el tiempo no pasa. El tiempo del suplicio, el tiempo de la tortura, el tiempo del dolor es un tiempo suspendido.

Las heridas y el tiempo

Doris no cree en la idea de que el tiempo pasa y cierra las heridas: la herida está ahí, la fosa está ahí, el dolor está ahí. Eventualmente, podría empezar a cerrarse una herida si hubiera justicia, pero frente a la impunidad, ¿cómo puede cerrarse la herida? La sociedad no puede ofender a la víctima dos veces; primero se permite que la asesinen y luego se les exige a los familiares que olviden. Hay una historia reprimida que nadie quiere oír; hay que volver al pasado y replantear la historia, no en los términos que le convengan a una determinada sociedad, sino en los términos de las víctimas, y escucharlas.

Su análisis se adentra en la soledad. Lo que caracteriza a las víctimas es que están solas. Nadie las acompañó mientras las asesinaban; es su soledad la que los determina como víctimas, y en este momento sus familiares siguen solos. El deber es acompañarlos en ese momento, en el momento suspendido del dolor, en el momento suspendido del suplicio, porque en muchísimos casos de desaparición existe el suplicio. Recuperar su historia, que de paso es la de una generación que durante toda su existencia ha presenciado que ha ocurrido esto, y sigue ocurriendo; es que también es nuestra vida; no nos podemos hacer los locos. Tenemos que conocer la historia para acompañar a las víctimas; tener una mirada menos egoísta: es para estar con ellos en ese tiempo suspendido. Doris mira fijamente a los ojos y refleja el dramatismo de sus ideas.

Lo sagrado

Un esbozo de esperanza se le dibuja en el rostro cuando hablamos de lo sagrado. Piensa que es lo que nos hace falta, y donde el arte puede entrar a actuar. Todas estas personas han sido asesinadas, no como seres humanos, sino que se ha tratado de bestializarlos. De hecho en Colombia, en particular en los últimos veinte años, vemos cómo se han utilizado técnicas que en otra época estarían para el manejo de animales, y los paramilitares se apropian de ellas para tratar los cuerpos de los seres humanos. Por eso Doris considera que la tarea de un artista es devolver a la esfera de lo sagrado esos seres que han sido bestializados.

Las obras deben tener esas características sagradas en el sentido de recuperar lo humano. No habla de lo sagrado necesariamente desde lo convencional religioso o católico, pero sí desde devolverle esa dimensión enorme de la totalidad del esplendor de una vida: deberíamos devolverlo en la obra de arte, debería quedar ahí.

 *Periodista y editor, director de revista ‘Número’.

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