5 May 2010 - 10:23 p. m.

El abuso del golpe no educa

La ley inglesa que promueve el uso de la fuerza en las escuelas sigue generando polémica entre los pedagogos.

El Espectador

Sería imperdonable dejar pasar de largo el artículo del psicólogo Miguel de Zubiría publicado en El Espectador el domingo 18 de abril, en el que elogia con vehemencia la reciente medida implementada por el Ministerio de Escuelas, Infancia y Familia de Inglaterra —ante el crecimiento de la violencia en las instituciones educativas—, con la que se autoriza a los maestros a usar la fuerza en caso de “defensa propia, para prevenir que los alumnos se lesionen entre sí o afecten las instalaciones de la escuela”.

La “genial decisión” de reivindicar la fuerza genera más alarma que reconocer la creciente invasión de esta dolorosa enfermedad, también dentro de las aulas colombianas. Ningún sector se salva de su contagio virulento, ¿por qué entonces detenerse en uno de los más vulnerables como el de los niños y jóvenes?

A lo largo de la historia, ninguna sociedad ha podido abolir enfermedades sociales con el látigo de la fuerza y se ha hecho evidente que éstas no se pueden combatir con la misma causa que las ha generado.

Aunque sea cómodo ser ciego creyente de conceptos que como éste, están basados en una realidad leída con el filtro del blanco y el negro y en consecuencia añora obediencia y reglazo, por fortuna existe un grupo de la sociedad que cree en el hombre que le sigue apostando a su capacidad evolutiva y tiene el convencimiento de que se puede cambiar la óptica de considerar la educación como una labor de corrección, para sustituirla por un proceso de construcción ética.

De la misma manera, rechazamos la educación permisiva porque creemos que su disfraz bonachón encubre un abandono tan agresivo como la fusta. ¡Ni lo uno, ni lo otro¡ El método “perrero” es inaceptable y un amplio sector se siente en el deber de seguir fortaleciendo rutas disidentes que como la democrática, no reniegan del amor a los hijos.

Este sector también está dispuesto a demostrar que la energía con la que se puede aplicar una autoridad no abusiva, no discute con establecer vínculos filiales que construyan espacios amistosos con los educandos, aunque sabemos del temor que ésta premisa causa en algunas de las embestiduras respetabilísimas de la autoridad adulta que pretende ser incuestionable en padres y maestros inseguros.

No queremos dar por vencida la capacidad constructiva de la democracia para un mundo mejor. Seguiremos apostándole a la didáctica de la razón, a la aplicación de una autoridad fortalecida en el afecto respetuoso y mutuo y le damos un rotundo NO al ejercicio autoritario de la imposición.

Aunque se le de tono de cursilería pacifista al sueño de un mundo de amor y fraternidad que todavía no ha llegado, seguiremos en el esfuerzo de conseguirlo. La educación es el proceso que por excelencia impulsa en niños y jóvenes la llegada al mundo adulto. Pero, ¿qué clase de mundo les estamos dejando? Parece ser poco alentador el paisaje actual y, en consecuencia, insuficiente para motivar la carrera del aprendiz. 

Sin embargo, sabemos que aunque no alcancemos a ver estos cambios, no podemos dejar de trabajar por ellos. En la escuela, en las familias, en las comunidades y en cualquier instancia colectiva e individual, podemos aprender a trabajar por un mundo mejor, sueño que no se puede construir desde la fuerza y la imposición, tampoco desde la renuncia a las labores de crianza o desde el carácter abandónico de la permisividad.

La autonomía es la hija legítima de la democracia, como la doble moral es la primogénita de la imposición y la fuerza. Por fortuna, somos más los que creemos que el poder de la palabra no es escaso, porque posibilita el diálogo, fortalece la razón sobre el lenguaje retrógrado del golpe e impulsa la argumentación. Tres cualidades del pensamiento humano.

En el lado opuesto estarán quienes ante la apología de la fuerza, exacerben su perfil autoritario celebrando con aplauso de pellizco y golpe la desempolvada medida, confundiendo hijos y alumnos con peras de boxeo, con las que pueden desahogar las neurosis autorizadas.

Nos negamos a convertir las aulas en batallones asustados, a cambiar la reflexión por la opción de las fustas, porque no queremos abandonar los libros para sustituirlos por los modelos del látigo, aunque tengan como discurso argumentativo su indiscutible efectividad.

Por último, quiero decirle fraternalmente a Miguel de Zubiría, que compartimos su preocupación pero no las propuestas de su ruta, mucho menos en un país que como el nuestro, no ha acabado de llorar la sangre que la fuerza convoca.

* Pedagoga Infantil

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