14 Jul 2014 - 8:34 p. m.

El álbum del Mundial made in Colombia no se puede llenar

En época mundialista pocas cosas superan la imagen de tener 300 láminas ordenadas y un álbum perfectamente vacío.

Vice.com/@danielchinaski.

El domingo 23 de marzo amanecí entre cuerpos inanimados, vasos, platos, colillas y la resaca de la celebración de mi cumpleaños. Hubiese sido una de las peores, sin duda, de no haber sido porque tenía a la mano una caja de monas del álbum del mundial de Panini. A medida que los invitados y mi malestar se iban, abría sobres y ponía las láminas en un montoncito bastante respetable sobre la mesa. Para el fin de la noche estaba ya cerca de tener todas las monitas de la colección.

Bajo la solemne promesa de no volver a beber, sin quererlo desarrollé otro vicio alimentado por la sequía mundialista de la selección y mis traumas de infancia con no haber completado un álbum jamás. Después de casi irme a golpes con un transeúnte por la última copia del álbum que quedaba en un puesto de venta, pegué compulsivamente las láminas en una larga noche. Veía a Brasil completo y pensaba en la lámina de Romario que nunca tuve para USA 94, en las “tumbadas” que me hacían los de 11 cambiándome los escudos de Argentina por los equipos de Bulgaria y Rusia. ¡Nunca más! Me había convertido en el maestro de mi destino en materia de cromos autoadhesivos.

En una semana, después de recorrer rigurosamente la Universidad Nacional, la Universidad Javeriana y la calle 19, fijándome en los horarios de los estudiantes y empleados de oficinas con los que cambiaría las “monitas” había completado el álbum. Me fui a una frutería del centro y allí pegué las últimas cinco láminas. Salí y empecé a caminar con la adrenalina de tener en mis manos un objeto invaluable (“Si supieran”, pensé). Sin embargo la sensación de haber llegado entre los primeros, de haber completado tan vorazmente el álbum, me terminó generando, creo, un síndrome de abstinencia. Tenía una increíble necesidad de abrir sobres, de enumerar láminas, de cambiarlas y de pegarlas.

No iba a gastar el dinero en otra caja de Panini, pero recordé la competencia española de Panini, el álbum Navarrete, que por una cantidad de dinero mucho menor me permitía encaminarme de nuevo a la maravilla del intercambio. Desgraciadamente, a pesar de que convoqué freaks como yo por Twitter y Facebook, nadie respondió a mi llamado a llenar el álbum ibérico, así que de nuevo me encontré en el limbo, la abstinencia pesándome en las espaldas.

Un par de semanas más tarde, mientras caminaba por el pueblo de La Calera, Cundinamarca, reparé en un grupo de niños cambiando láminas del tamaño de una estampilla de correo. Ver las caras de Neymar, Robben, Falcao y Luis Suárez me estremeció. Otro mocoso sentado en la acera del colegio, sacó un cuadernillo diminuto que rezaba “Álbum Superestrellas del Mundial Brasil 2014” y allí, con los pantalones llenos de tierra y las uñas mugrosas, extendió la lámina sobre el misterioso álbum de las estrellas. Como un foráneo en tierras lejanas pedí indicaciones para conseguir lo que me correspondía, un niño me señaló una miscelánea a media cuadra.

La tienda estaba abarrotada de niños poniendo monedas de 100 pesos de forma frenética sobre el contador remendado con cinta pegante. Una señora, como si fuera una voluntaria de la Cruz Roja que reparte ayuda humanitaria, impuso orden y formó una línea que casi ocupaba la cuadra. En esa fila estuve durante quince minutos hasta que llegó mi turno. El álbum costaba $1.000 y cada sobre de tres láminas, $100 más. Convertido en el Scarface de La Calera, saqué un billete de 10.000 pesos y pagué dos bolsas de 50 sobres. Los niños no creían semejante derroche y exclamaban ¡¡¡¡ush!!!!.

La señora me advirtió que no rasgara los sobres pegados con colbón, que si le regresaba 30 en perfecto estado me daba un afiche del álbum en cuestión. Del mismo modo, abrió la primera página y me señaló la lista de premios por llenar ciertas páginas. Habían reproductores de mp3, balones, camisetas de imitación entre otros. Salí de la miscelánea conteniendo la emoción y mi sonrisa y entré a mi carro atolondrado por la promesa de un nuevo álbum por llenar.

En época mundialista pocas cosas superan la imagen de tener 300 láminas ordenadas y un álbum perfectamente vacío. Mi novia me ayudó a organizar, catalogar y marcar una tabla en Excel. Los primeros momentos la concentración estuvo en pegar sobre las márgenes, pero el paso del tiempo me presentó lo más temido; de todas las páginas solo llené una.

Al día siguiente regresé a la miscelánea, y en un momento bastante cuestionable de mi supuesta madurez, empecé a cambiar láminas con niños de un colegio veredal casi 20 años menores que yo. Ninguno tenía las láminas que hacían falta y ya los profesores miraban con sospecha. Al borde de la cólera le exigí a la vendedora la dirección de la distribuidora del álbum ya que éste no tenía ninguna referencia impresa. La señora con cara de haber traicionado un pacto de la masonería escribió la dirección en un papel que me llevaría hasta la zona industrial de la ciudad de Bogotá.

Así como las calles del Batman de Tim Burton, me recibió una calle mojada por la lluvia y con un par de indigentes merodeando. Toqué la puerta y un señor me recibió con recelo. Le pregunté si era ése el lugar de la imprenta y asintió. Le pregunté también que si vendían las láminas por separado, respondió que no, pero que por ser el punto de fábrica vendían los sobres a $75. “¿Por qué no traje los sobres intactos? Los había guardado para mi afiche”, pensé.

Demandé entonces que me dejaran ver un álbum lleno, necesitaba la certeza de que podía ser completado. El hombre comprendió entonces mi situación. Con lástima me puso la mano en el hombro y me explicó que el álbum era imposible de llenar. Que ciertos números solo habían sido impresos unas cincuenta veces. Y que esas láminas podrían estar en cualquier lugar de Cundinamarca. Me dijo que los entendiera, que no podían por más de que quisieran dar las láminas a todos los compradores. Significaría para ellos la quiebra tener que regalar mp3 y balones a cuanto infante sacrificara sus onces por un sobre. Siguió hablando pero era un balbuceo.

Regresé sobre el camino por el cual había llegado hacia la tarde lluviosa bogotana. Necesitaba una cerveza, un cambio de adicción.

 

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