5 May 2010 - 10:43 p. m.

El colombiano que quiere reinventar los textiles

Juan Hinestroza dirige un laboratorio de nanotecnología en la Universidad de Cornell.

Pablo Correa

En la mente de Juan Hinestroza están sucediendo cosas interesantes. El ingeniero colombiano, quien dirige Textiles Nanotechnology Laboratory, en la Universidad de Cornell, imagina alfombras que les advierten a las personas alérgicas que es preferible que se alejen porque hay polen o ácaros en el ambiente. Sueña que alguien va a una fiesta con una camisa negra y luego, con el paso de una corriente eléctrica, ésta se vuelve verde para que pueda camuflarse en un mitin político. O mejor aún, visualiza a un paciente vestido con una pijama que durante la noche aplica a la piel la dosis justa del medicamento para la artritis que le ha recetado el médico.

Si alguien le hubiera dicho en 1995, cuando era un estudiante recién graduado de ingeniería química en la Universidad Industrial de Santander, que a la vuelta de 15 años se convertiría en profesor de una de las mejores universidades del mundo, experto en nanotecnología de textiles, que viajaría por todos los continentes dando conferencias y que tendría a su mando un laboratorio en Nueva York, otro en Hong Kong y otro en Corea no lo habría creído.

Cambio de rumbo

“Cuando veía los libros en la universidad siempre me preguntaba cómo sería la vida de los profesores que escribían los libros”, recuerda Hinestroza. Sin perspectivas de seguir una carrera académica y ante la urgencia de conseguir un trabajo para ayudar a su familia, aceptó una oferta de la empresa Dow Química, en Cartagena.

Su vida comenzaría a dar un giro cuando se inscribió en un curso que dictaba en Barranquilla el profesor Carlos Smith, quien había escrito uno de los libros que leyó en la universidad. Al terminar la conferencia, Hinestroza se acercó a Smith para que le firmara el libro. El norteamericano no sólo estampó su nombre en la primera hoja, sino que lo invitó a visitarlo cuando viajara a Estados Unidos. “Fue él quien me convenció luego de tener un doctorado. Me guió para encontrar una buena universidad que me abriera puertas a la docencia. Ahí comencé a creer que podía ser profesor como ellos”, dice Hinestroza.

En 2002 terminó un doctorado en ingeniería química y biomolecular en la Universidad de Tulane. Entre las varias ofertas de trabajo que recibió, se decidió por una plaza como profesor en la Universidad de Carolina del Norte.

“Mi especialidad en el doctorado era el transporte de moléculas pequeñas a través de polímeros”, explica Hinestroza, “en esa época estaba empezando el interés por la nanotecnología y decidimos explorar su aplicación en los textiles. Fuimos unos de los primeros grupos en hacerlo y eso nos dio una ventaja competitiva”.

El reto en ese momento consistió en modificar las propiedades de un textil tradicional revistiéndolo con capas de otros materiales artificiales. Capas tan pequeñas como unas pocas moléculas o átomos superpuestos.

Una mejor oferta

Las directivas de la Universidad de Cornell se interesaron por el trabajo del colombiano. Esta universidad está ubicada en el puesto 15 en el escalafón de las mejores escuelas de Estados Unidos y cuenta con cuatro centros nacionales de nanotecnología.

La oferta era demasiado tentadora para decir que no: acceso a microscopios electrónicos, su propio microscopio de fuerza electrónica, microscopios de barrido, aparatos de espectroscopia de rayos X, un paquete financiero muy atractivo y alumnos de alto nivel. Con estudiantes de nueve nacionalidades, un presupuesto que ronda los US$1,2 millones anuales, el reto desde entonces es crear materiales multifuncionales.

“¿Te puedes imaginar  una camisa que tiene nanopartículas para eliminar las bacterias cuando sudas y producen mal olor?”, pregunta Hinestroza para explicar qué son los materiales funcionales. Pero ese es apenas uno de los miles de ejemplos de los textiles que ya comienzan a asomar la nariz en los mercados mundiales. El colombiano habla de batas para cirujanos que combaten las bacterias resistentes a los antibióticos, telas que detectan sustancias dañinas, fibras inteligentes insertas en pasaportes o dinero para evitar fraudes.


Por lo pronto sus esfuerzos están concentrados en dos grandes proyectos. Uno es crear color sin colorantes. El otro, que cuenta con el apoyo de la Unión Europea, es el desarrollo de fibras de algodón que conduzcan la electricidad, lo que permitiría llegar a crear circuitos electrónicos con materiales naturales o telas que monitoreen variables fisiológicas como el ritmo cardíaco o la composición del sudor. Adidas, Nike y otras grandes marcas deportivas ya han tocado las puertas de su laboratorio.

Nanotecnología en Colombia

¿Cuál puede ser el papel de Colombia con una fuerte tradición textilera ahora que la nanotecnología promete cambiar la idea que teníamos de las telas? “Estamos trabajando con un grupo de investigación en Santander buscando modificar las fibras de fique, con las que se fabrica cabuya, para hacer sacos de café”, cuenta Hinestroza.

La esperanza es aprovechar esta tecnología para evitar la contaminación con microorganismos del café empacado. Profesores de la Universidad Nacional y los Andes ya han entrado en contacto con su laboratorio.

Para Margarita Baena, investigadora de la Universidad Pontificia Bolivariana, el mercado está dando varias señales a los empresarios colombianos de que es hora de repensar el negocio. Sin TLC con China y los ‘Tigres asiáticos’ conquistando el mercado, y sin posibilidades de competir con precios y volumen, la opción son los productos especializados, añadir valor agregado.

En ese sentido, la nanotecnología, así como la robótica o la microelectrónica, permitirán que los productos textiles no sirvan sólo para cubrir, adornar y proteger, sino también para adoptar nuevas funciones y conquistar mercados especializados.

“Pienso que es un foco potencial de trabajo. El problema es que exige inversiones altísimas y entramos a competir con jugadores de primer nivel”, dice la experta.

Hace cinco años Baena era más optimista sobre las posibilidades de las nuevas tecnologías para buscar salidas a un sector duramente golpeado en los mercados internacionales. Colombia pasó en tan sólo un año de exportar US$1.903 millones en textiles y confecciones (2008) a US$1.139 millones en 2009. Una caída del 40%. Ahora ella cree que la salida no es tan sencilla: “He entendido que fuera de Colombia hay materiales muy avanzados y lo que podemos es hacer una reconversión desde el diseño del producto”.

Un ejemplo es lo que sucedió con un brasier que hace seis años intentó introducir al mercado colombiano una marca brasileña. La prenda utilizaba un sistema de nanoencapsulado que aplicaba dosis de aloe vera para reconstituir la piel de la mujer. El brasier fue un fracaso en Colombia. La razón, según la investigadora, porque los colombianos poco les creen a las marcas y en cambio exigen resultados evidentes.

La oportunidad de negocios estaría justo ahí. En vez de inventar nuevas tecnologías y aplicaciones, descubrir cómo posicionar esa tecnología en el mercado.

Empresas colombianas como Invista, Protela, Textilesomnes, Balalaika y Supertex Medical ya han comenzado a apostarles a los textiles funcionales aunque todavía no a nivel nanotecnológico. María Fernanda Mendoza, de Protela, dice que por ahora están trabajando con procesos acabados especiales con microcápsulas: “Productos que te den bienestar y confort al usar aplicaciones con leche, miel o vitamina E”.

Más allá de las limitaciones impuestas por los altos costos, Hinestroza cree que muchas de las tecnologías básicas que salen de laboratorios especializados como el suyo pueden ayudar a resolver problemas locales en otros países. Y recuerda que fueron la perseverancia y la concentración en lo que se quiere lograr los secretos del éxito.

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