8 Mar 2011 - 12:11 a. m.

El debate de la celebración del Día de la Mujer

Santiago Gamboa, escritor bogotano residente en Roma, y Catalina Ruiz-Navarro, filósofa y artista barranquillera, cuentan qué representa para ellos el 8 de marzo.

El Espectador

Santiago Gamboa

Hoy parece increíble, pero no hace mucho la mujer era un ciudadano de segunda sin derecho al voto, sin igualdad laboral ni por supuesto salarial, que no podía ocupar cargos públicos, sin igualdad ante la justicia y, sobre todo, sin derecho a decidir su propio destino. Es bueno recordar estas cosas y ver que, de cualquier modo, en una sociedad como la nuestra, no todas las mujeres han accedido a estos derechos. El machismo es una tradición muy arraigada, y no sólo en sectores con poca educación. Basta oír hablar. Insultos como “¡Sea varón!” o conceptos como “hombría” significando nobleza o valor, son evidencias de algo que está inmerso en la psique, en el discurso cotidiano de muchos. Y qué decir del folclor.

Es lamentable echar un vistazo a las canciones populares que, en festivales, ferias y fiestas, la gente corea con ojos quebrados, sintiendo la “colombianidad” revolverse en sus venas. La verdad es que las letras dan vergüenza ajena. Muchas celebran la maravilla de ser colombiano (o cartagenero, o paisa, o caleño, o vallenato) y, entre los atributos de esa suprema gracia, junto a los paisajes y la comida, está “la belleza de nuestras mujeres”, como si ellas no fueran también ciudadanas sino una cualidad o un adorno del país. Como las orquídeas. La misma sensación de ridículo me invade al escuchar la letra de nuestro himno, cuando dice “Comprende las palabras / del que murió en la cruz”, como si todos los colombianos fuéramos católicos y no hubiera judíos, musulmanes, animistas o agnósticos.

Viví el feminismo a mediados de los ochenta, en Madrid, cuando estudiaba filología en la Universidad Complutense. Mi novia, una española muy de izquierda, me impidió acompañarla a una manifestación por los derechos de las mujeres, diciendo: “¡Pero tío, dejadnos hacer algo solas!”. Me alcé de hombros y no fui, a pesar de que ya tenía lista la pancarta. Lo curioso es que una semana después ella sí vino a la manifestación a favor de los inmigrantes. Se lo mencioné: “Pero tú no eres inmigrante, ¿no?”, a lo cual ella contestó, “joder, ¡es que no te enteras de nada!”, y la verdad es que lo pasé muy bien con ella, porque lo mejor y más noble de las luchas por los derechos sociales es apoyar no sólo las que nos conciernen sino todas, incluso aquellas que nos desagradan. Estar dispuesto, por ejemplo, a manifestar a favor de los derechos democráticos de la ultra derecha (tal vez así dejaría de ser conspirativa).

En cuanto a las mujeres en la vida pública —notable, por cierto, la gestión de Viviane Morales en la Fiscalía—, hay progresos, pero no sobra recordar la frase de Edith Cresson, primera mujer nombrada primer ministro de Francia (1991), quien dijo: “Habrá igualdad con los hombres cuando se nombre en un cargo importante del Estado a una incompetente”.

Un buen modo de celebrar el 8 de marzo puede ser leyendo a Karen Blixen, una escritora que debió ponerse un nombre de hombre (Isak Dinesen) para ser publicada. Les recomiendo, además de su excelente Memorias de África, sus cartas. En ellas está la más bella definición de nostalgia que he leído: “Cada día de mi vida, donde quiera que me encuentre, me preguntaré si está lloviendo en Ngong”.

Catalina Ruiz-Navarro

No sé quién se inventó que a todas las mujeres les gustan las rosas, como si fuéramos una categoría homogénea, como las vacas, a las que les gusta el pasto. Esto es lo que más me irrita del Día de la Mujer. En el Día de la Mujer las empresas reparten flores, la Alcaldía hace concierto gratis de vallenato romántico con Adriana Lucía y las emisoras hablan de “la belleza de la mujer colombiana”.

No es que el Día de la Mujer esté mal per se, de hecho, me parece que su celebración, como se concibió originalmente, es muy válida. El Día de la Mujer nació a finales del siglo XIX, durante la Revolución Industrial, y se empezó a celebrar en el siglo XX como una conmemoración de una jornada de lucha específica para la mujer y sus derechos. El Día, en principio celebra el trabajo de esas mujeres que lucharon porque hoy podamos votar, tener cuentas bancarias, planificar, usar pantalones, trabajar y hasta escribir en este periódico, luchas que se dieron a pulso y por las que toda colombiana debe estar agradecida. El Día de la Mujer es conmemorativo de la fuerza de las mujeres, eso es hermoso, valiente, y sin embargo la celebración de las instituciones y algunos ciudadanos de a pie suele ser blandenguería.

Yo me he encontrado los 8 de marzo recibiendo comentarios como “gracias por ser mujer”, cosa que nadie tiene que agradecerme, y con alusiones al amor, a la dulzura, a las madres, al “ni con el pétalo de una rosa” cuando yo quiero que me hablen de Cleopatra, de Isabel I, Susan B. Anthony (una de las pioneras en la lucha de los derechos de la mujer), Louisa May Alcott (la autora de Mujercitas, que también fue una aguerrida sufragista), Orlan (la performista que se hace cirugías en el cuerpo), o para no ir más lejos de María Cano: primera mujer líder política en Colombia que entre otras cosas dirigió la lucha por los derechos civiles fundamentales de la población y por los derechos de los trabajadores asalariados, encabezó la convocatoria y agitación de las huelgas obreras, colaboró en la difusión de las ideas socialistas y participó en forma decisiva en la fundación del Partido Socialista Revolucionario.

La manera en que celebramos el Día de la Mujer hace énfasis en la dicotomía entre hombres y mujeres: las mujeres son musas, no autores, son suaves, no fuertes, son delicadas y no resistentes, son emocionales y no racionales, una dicotomía que es una trampa y sólo existe en imaginarios pasados de moda. Los autores, los fuertes, los resistentes, los racionales, los valientes, son hombres y mujeres y esto es lo que trataban de demostrar las mujeres y los hombres que han luchado por los derechos del sexo femenino.

El Día de la Mujer se desvía, se olvida de lo que realmente debe celebrar y da pie para que uno escuche barbaridades como “ellas también son capaces” y para reforzar las caricaturas de género que tanto daño le hacen a todos. Si vamos a celebrarlo, creo que es importante hacer un esfuerzo para que quede claro qué es lo que recordamos el 8 de marzo; de otra manera se lo tomará la banalización comercial, olvidaremos su propósito, y terminaremos celebrando a las mujeres “por haber nacido”.

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