25 Nov 2009 - 8:14 p. m.

El desafío de saber perdonar

Las Escuelas de Perdón y Reconciliación, en práctica en 14 países, apuntan a que la sociedad transforme sus odios.

Jorge Cardona Alzate

“El perdón no es un asunto exclusivamente religioso, también es una virtud política”. Con esta visión sociológica y 30 años de experiencia con comunidades marginadas en zonas de conflicto, el misionero de La Consolata, sacerdote Leonel Narváez, desarrolla una valiosa obra que ya tiene eco en 14 países del mundo y públicos reconocimientos en Colombia y la comunidad internacional: la Fundación para la Reconciliación, que además de desplegar tareas específicas de mediación, conciliación y arbitraje, concreta sus labores en un escenario propicio: las Escuelas de Perdón y Reconciliación.

La idea surgió en 2002 en Bogotá, con el propósito de difundir en 60 barrios de la ciudad las experiencias internacionales en pedagogías de perdón utilizadas en la década de los años 90, y ese mismo año se llevó a la práctica con 200 líderes barriales de las Juntas de Acción Comunal, que se encargaron de multiplicar el aprendizaje. Hoy, a través de talleres de 80 horas de duración, las Escuelas de Perdón y Reconciliación están ayudando a que muchas personas, familias, comunidades o instituciones transformen para su beneficio las secuelas del odio, la rabia, el rencor o los deseos de tomar venganza.

El padre Leonel Narváez sabe que es posible. Lo asumió desde que se ordenó sacerdote en los años 70, lo ratificó en sus posteriores estudios de sociología, con posgrados en las universidades de Cambridge y Harvard, y después lo constató en la práctica cuando su comunidad lo envió al África a trabajar con las comunidades nómadas en el desierto del Sahara y pueblos vecinos. Durante 10 años, en Etiopía, Sudán o Kenia, adelantando procesos de solución de conflictos evidenció que la fuerza de un Estado no está en las armas sino en la capacidad de reconciliación de su gente.

En 1989 regresó a Colombia y la comunidad de La Consolata lo envió a la región de El Caguán (Caquetá), donde las Farc se movían a sus anchas. No sólo conoció a jefes guerrilleros como Iván Márquez, Joaquín Gómez o Raúl Reyes, sino que muchas veces conversó con Manuel Marulanda Vélez. “Da la casualidad de que ambos éramos oriundos del municipio de Génova (Quindío) y cumplíamos años el mismo día, el 13 de mayo. Pero como era el día de la Virgen María, a él no le gustaba reconocer la fecha de su nacimiento”, comenta mientras recuerda cómo constató también el florecimiento de la coca.

De esa época concluyó que si bien existen causas objetivas del conflicto, como la pobreza o la ausencia de Estado, son mayores las causas subjetivas como las rabias acumuladas o los deseos de venganza que se guardan en el inconsciente y se expresan en una agresividad sostenida. La experiencia de 10 años comprobando las secuelas de la guerra, pero también asistiendo a la ejemplar obra pastoral de monseñor Luis Augusto Castro, dejaron la semilla de las Escuelas de Perdón y Reconciliación que empezaron a cobrar forma en Bogotá, después de que el padre Leonel Narváez, amenazado, dejó El Caguán.

Desde entonces, su obra crece silenciosamente, no sólo en sectores críticos sino como terapia familiar o apoyo a los adolescentes. Ya la fundación ha tenido el respaldo de la Unesco y hace presencia en Colombia, Perú, Brasil, Venezuela, Bolivia, Chile, República Dominicana, Estados Unidos, Canadá o Sudáfrica, entre otras naciones. No propiamente como acción experimental sino como trabajo sustentado en bases teóricas, pues el padre Leonel Narváez tiene claro que “cuando una persona o un colectivo humano aprenden a perdonar, se producen procesos de liberación que modifican el diario vivir”.

Y para no dejar dudas, recogiendo textos de consumados promotores de estas tesis, como el experto inglés Soussan Abadian, la reconocida psicóloga Donna Hicks o el ministro presbiteriano Rodney Petersen, el sacerdote Leonel Narváez acaba de publicar un valioso libro: Cultura política de perdón y reconciliación. Pero no sólo incluye sesudas reflexiones sobre el poder de la memoria, el perdón y las religiones o las sociedades que crecen con justicia, compasión y dignidad, sino que por primera vez explica cuáles son los pilares conceptuales de sus Escuelas de Perdón y Reconciliación.

El modelo de Robert Enright, que enseña a descubrir el peso de la rabia, para tomar la decisión de perdonar, trabajar en este camino y lograr la liberación de la prisión emocional. O el sistema de Everett Worthington que induce a reconocer las heridas del pasado, para después identificarse con los héroes del perdón, a fin de ir reduciendo los rasgos negativos y los agobios del pasado, y lograr el giro lingüístico que conduzca a la práctica cotidiana del perdón. Son conceptos teóricos, dirían los más escépticos, pero también palabras sanadoras que van creando una conciencia fuerte para enfrentar a los violentos.

“Yo sé que es posible”, recalca el padre Leonel Narváez, quien a través de sus talleres insiste en que se dé “una catarsis donde se saquen afuera los sapos y las culebras que contaminan la conciencia”. Y agrega convencido: “No se trata de abrirle paso al olvido, ni negar el derecho a la justicia ni mucho menos pasar por ingenuos, es un ejercicio de transformación de la memoria que exige una actitud distinta a la inutilidad de la guerra”. Ya lo dijo y lo probó el Premio Nobel de Paz, Desmond Tutu: “Sin perdón no hay futuro”. El padre Leonel Narváez busca que algún día se ensaye este camino para Colombia.

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