23 Nov 2009 - 2:00 a. m.

El dilema de la seguridad

Este lunes se reúne en Bogotá la Comisión de Relaciones Exteriores para tratar las difíciles relaciones entre Colombia y Venezuela.

Juan Gabriel Tokatlián* / Especial para El Espectador

Este lunes se reunirá, convocada por el Ejecutivo, la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores (CARE). En la agenda del encuentro el tema central será la situación con Venezuela. Posiblemente se trate de una de las citas más trascendentales del CARE durante el segundo mandato del presidente Álvaro Uribe. Habrá que ver si en este importante marco institucional de las relaciones internacionales del país se logra un debate ponderado y el inicio de la construcción de una política de consenso ampliado en torno a la estrategia de Bogotá hacia Caracas.

En ese sentido, resulta crucial observar y comprender qué dinámica esencial caracteriza el estado actual de las relaciones bilaterales. En tal caso cabe subrayar que en las relaciones internacionales prevalece un concepto que supo acuñar John Herz en 1951: el dilema de seguridad. De manera resumida, ese dilema se refiere a una situación en la que las preocupaciones en torno a la seguridad pueden llevar a que dos países lleguen a un conflicto directo, incluso sin que ninguno lo busque de manera voluntaria.

La dinámica opera así: el Estado A busca incrementar su seguridad mediante un conjunto de políticas que involucran el aumento relativo de su presupuesto de defensa, la modernización de su armamento convencional y el robustecimiento de ciertas alianzas externas. El Estado B (vecino cercano u oponente estratégico ubicado a distancia) percibe que las políticas emprendidas por A le generan inseguridad. En consecuencia, B también eleva sus gastos militares, adquiere más pertrechos y consolida alianzas internacionales.

El resultado es que el Estado A pasa a sentirse inseguro y, por lo tanto, refuerza las políticas originales. Se amplifica la sensación de mutua vulnerabilidad y se inicia una espiral de desconfianza recíproca. Ahora bien, lo fundamental no es identificar a ciencia cierta cuál fue el país que dio el primer paso o si la reacción del otro fue sobreexagerada. Se trata de entender la dinámica del dilema de seguridad y manejar su alcance para no precipitarse hacia un conflicto directo.

Cabe destacar, asimismo, que se trata de una encrucijada vivida por un gran número de países: Alemania y Francia hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría, Argentina y Brasil hasta la década del ochenta del siglo pasado, Irán e Irak por lustros en Oriente Medio conocieron el dilema de seguridad. Unos dilemas condujeron a la guerra, otros fueron manejados y aún otros se superaron.

Hoy persisten los conflictos del pasado entre India y Pakistán, pero ahora con armas nucleares; entre las dos Coreas como lo muestra el incidente marítimo reciente; entre Perú y Chile como lo comprueba el estado presente de los vínculos bilaterales. A su vez, y más allá de los gestos últimos entre Washington y Pekín es evidente que entre Estados Unidos y China se cierne un nuevo dilema que conviene administrarse para no repetir esquemas confrontacionales del pasado. Paralelamente, se recrudecen otros muchos dilemas en diversos ámbitos subregionales de África, Asia y Latinoamérica.

Desequilibrios militares

Dichos dilemas no obedecen sólo a las disyuntivas derivadas de fenómenos diplomático-militares (gastos, compras, alianzas), sino que se construyen en el plano interestatal y pueden ahondarse en el plano de las sociedades. Un dilema de seguridad es lo que los Estados— y sus respectivas sociedades— quieren que sea. No toda relación desequilibrada en el plano militar conduce a un dilema de seguridad: por ejemplo, Estados Unidos y Canadá tienen una relación militar muy desbalanceada y no viven un dilema de seguridad.

Si bien el dilema de seguridad entre Bogotá y Caracas no es nuevo ni excepcional, ha alcanzado un grado de escalamiento que exige la atención prioritaria. El hecho inaudito en esta relación es que hoy ni Bogotá ni Caracas creen que lo que hace el vecino lo realiza en clave de disuasión (deterrence en nomenclatura anglosajona); esto es, no creen que el mensaje de uno al otro quiera decir: “No me provoques ni me ataques porque el costo de hacerlo será mayor para ti pues yo usaré todo mi poderío en la retaliación”. Lo que parece predominar hoy es la percepción de que los dos procuran la reversión (roll back en nomenclatura anglosajona). Es decir; que Bogotá busca (con la ayuda de Estados Unidos) dar marcha atrás a la Revolución Bolivariana de Chávez y que Caracas busca (con la ayuda de las Farc) promover la caída del régimen de Seguridad Democrática de Uribe.

En una tal situación se impone propiciar un esquema de administración del dilema de seguridad en clave disuasiva y evitar a toda costa incidentes que lleven a la confrontación. Las señales, medidas y acciones de ambos lados deben ser más transparentes y sutiles. En buena medida, la opacidad y la ambigüedad han coadyuvado a errores de percepción en los dos países.


El hiperpresidencialismo de lado y lado; la apropiación de la diplomacia, típica de las cancillerías, por parte de los respectivos ministerios de Defensa; entre muchos otros factores, han exacerbado la desconfianza entre las partes. Decisiones unilaterales e inconsultas de ambos gobiernos han potenciado un clima de fricción asfixiante. Las palabras, los gestos y las medidas ponderadas se imponen. De lo contrario, el corolario natural será tensar los vínculos hasta el punto en que un incidente menor genere acciones y reacciones desproporcionadas de los dos países.

Es además indispensable establecer un espacio institucional en el que se tramiten mejor las diferencias sin recurrir a la diplomacia grandilocuente. El costo de no hacerlo es grave para los dos por igual: cuando no se recrean ámbitos institucionalizados de interacción el papel de los individuos crece a niveles exagerados y delicados. A su vez, al menos por un tiempo —acordado por las partes— debería sacrificarse la política interna en aras de la política exterior: exacerbar el patriotismo con fines electorales, agitar el nacionalismo para calmar críticas domésticas o producir hechos mediáticos con propósitos personales debe ser evitado a toda costa. La irresponsabilidad en esta hora puede tener costos desmesurados en el futuro.

En forma concomitante, es crucial llamar a terceras partes para que, de modo discreto, faciliten mecanismos para construir un mínimo de confianza y avanzar en un sistema de garantías mutuas. No se trata de mediaciones ampulosas o de propuestas externas ajenas a las necesidades de las partes que viven el dilema de seguridad. Hay un sinnúmero de experiencias que podrían valorarse e implementarse.

Prevención de conflictos

A raíz de la crisis de los misiles en Cuba la Unión Soviética y Estados Unidos acordaron en 1962 establecer un “enlace de comunicación directa” (o hot line, como se la conoció popularmente). Se puede revivir la Declaración de Ayacucho de 1974, firmada por los cinco países andinos (más Argentina y Panamá) y que procuró —y logró por un tiempo— limitar la adquisición de armas que pudieran tener fines agresivos.

En su momento y a solicitud de Argentina y Chile la CEPAL les presentó a los dos países en 2001 —y fue aceptado— una metodología estandarizada común para la medición de gastos de defensa. A principios de este siglo la OEA a solicitud de Belice y Guatemala desarrolló los términos de referencia para que avanzara una conciliación (lo que se alcanzó en 2003) para hallar fórmulas de solución pacífica y definitiva al diferendo marítimo bilateral.

A raíz de la creación del Consejo Suramericano de Defensa se dispuso la puesta en marcha de un Centro Suramericano de Estudios Estratégicos que podría tener, como primera tarea y a pedido de Colombia y Venezuela, la presentación de alternativas para prevenir potenciales conflictos bilaterales. Brasil, Paraguay y Argentina han convenido medidas de seguridad conjunta en torno a la zona de la Triple Frontera y han desarrollado un mecanismo de consulta —el llamado 3 más 1— que mantiene informado a Estados Unidos. Si la política de Washington frente a Bogotá y Caracas contribuyó a desmejorar las relaciones colombo-venezolanas ahora le cabe la responsabilidad de apoyar, con suma discreción y sin dobles mensajes, mecanismos de distensión entre el gobierno de Uribe y el de Chávez. En su momento, Colombia y Venezuela como parte de Grupo de Contadora (junto a México y Panamá) supieron promover propuestas de resolución a la guerra de baja intensidad que atravesó América Central en los ochenta.

En breve, la moderación, la auto restricción, la institucionalización y el acompañamiento son esenciales para reducir la tensión actual, para pasar de un dilema de seguridad percibido en clave de reversión a uno típicamente disuasivo y para reforzar todo aquello que asegure una distensión básica en la zona fronteriza, en particular. Sólo después de eso se podría avanzar en una política bilateral más fraterna y menos ofuscada. Por el actual camino se entrará en una penumbra que puede facilitar, sin que ello sea necesariamente la intención de las partes, un choque de consecuencias imprevisibles.

Le cabe al Ejecutivo, y es de esperar con el apoyo de la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores, construir una política seria e integral para que el dilema de seguridad entre Colombia y Venezuela logre encauzarse por senderos realistas y noS belicosos.

 * Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella (Argentina)

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