9 Mar 2011 - 11:14 p. m.

El triunfo de los caza balleneros

Los ambientalistas dirigidos por el capitán Paul Watson lograron que las flotas balleneras japonesas se retiraran del mar Ártico.

Gabriela Supelano

Han pasado 38 años desde que el capitán Paul Watson alzó sus propias velas y se embarcó en el buque ‘Sea Shepherd’ con el fin de defender la vida marina. Lo siguieron unos pocos, específicamente Starlet Lum, Ron Precious, y el capitán Al Jet Johnson, este último creador junto con Watson de la fundación Greenpeace.

Ellos estaban en desacuerdo con la nueva administración de Patrick Moore en la ONG, quien había impuesto algunos cambios burocráticos que prohibían las protestas de acción directa. Watson estaba convencido de que no había otra forma de pelear por la conservación de los animales más que arrojándose contra buques pesqueros y cualquier máquina utilizada para dañar el medio ambiente.

Tan convencido estaba de esto, que meses antes de que se aplicaran los cambios en Greenpeace Watson se había esposado a unas pieles de foca que colgaban hasta el piso desde la cubierta del barco que las había cazado. La tripulación del buque pesquero siguió andando por entre el hielo ártico, arrastrando al capitán Watson y lanzándolo a las aguas congeladas.

A raíz de su convicción de la necesidad de un activismo más comprometido, Watson creó una nueva fundación, que inicialmente se llamaba Earthforce Environmental Society y tenía su base en Vancouver, Canadá. Ahora, esa pequeña ONG tiene el nombre de Sociedad de Conservación Sea Shepherd y ha concentrado todos sus esfuerzos en la conservación de la vida marina y en detener la caza indiscriminada de ballenas.

Desde hace dos años, sus acciones en las aguas de la Antártida contra los buques pesqueros japoneses son famosas. A su popularidad ha aportado el programa que tienen al aire en la cadena Animal Planet llamado Whale Wars. Son reconocidos porque siguen usando medidas como las que Watson llevó a cabo en 1977 contra los cazadores de focas.

Ellos intervienen directamente desde una flota de tres embarcaciones grandes que siguen y acosan a los grandes buques balleneros. Los tripulantes del ‘Steve Irwin’, el buque líder de la fundación, se suben en pequeñas lanchas rápidas y se acercan a los barcos japoneses lanzando bombas de humo y gases malolientes. Son recibidos con fuertes chorros de agua a presión que los japoneses lanzan a la cubierta de los barcos. El combate tiene banda sonora: ruidos de alta frecuencia que salen por los parlantes del ‘Steve Irwin’ para aturdir a  los balleneros. Es una moderna batalla de piratas.

Este año la pelea al fin dio frutos. Por primera vez desde que Japón comenzó su actividad ballenera con fines científicos, los barcos especializados en la caza de grandes cetáceos han detenido indefinidamente sus actividades.

Según Watson, esto se debe a que fueron tan intensos los hostigamientos que el negocio dejó de ser rentable. “Los hicimos retirarse porque tenían más de US$200 millones en deudas, ya que por nosotros no lograban capturar sino una mínima parte de lo que tenían estipulado”, dice seco y convencido el capitán.

El por qué de la pesca

La pesca comercial de ballenas está prohibida en todo el mundo, aun así Japón continúa pescando entre 500 y 1.000 ballenas cada año. Esto se debe a una pequeña excepción en el tratado internacional de pesca de ballenas, elaborado por medio de la Comisión Ballenera Internacional. Desde el 2 de diciembre de 1949, esta comisión se ha encargado de vigilar el impacto de la pesca en las poblaciones de grandes cetáceos y así imponer vedas y límites. En 1982 la Comisión aprobó una moratoria o pausa en la actividad ballenera, según el cual se establece que el límite de capturas debía ser cero.

Para el desagrado de muchos defensores de animales, especialmente para los miembros de la fundación Sea Shepherd, esta moratoria tenía un hoyo jurídico, ya que permitía la pesca de ballenas en caso de dos situaciones específicas: la pesca aborigen y la pesca con motivos científicos. Y ha sido precisamente esta excusa la que países como Japón e Islandia han usado para continuar esta práctica. Según los documentos de la Comisión Ballenera, Japón tiene permisos para el desarrollo científico en dos programas, el Jarpa y el Jarpn, que en conjunto tienen autorización de pescar cerca de 1.500 ballenas por año.

Ganada la batalla, pero no la guerra

El capitán Paul Watson nunca flaquea en su convicción por la causa. Ante la pregunta: “¿Alguna vez ha dudado o ha asumido que todo está acabado?”, asegura que no, “no nos ha salido nada mal en 33 años”. Esto último no es del todo cierto. Han tenido muchos problemas e inconvenientes, como el publicitado arresto de Peter Bethune, uno de los integrantes de su tripulación, después de subir al barco ‘Shonan Maru’ de la flota ballenera japonesa. Bethune permaneció cinco meses en una prisión en Japón y luego fue deportado. Inmediatamente fue expulsado de la fundación Sea Shepherd por dar un testimonio que consideraban falso y que comprometía a Watson a tal punto, que los japoneses pusieron una orden de arresto contra el capitán.

Pero Watson no parece intimidarse con ninguna acusación. Ni siquiera con ser llamado ecoterrorista o con el hecho de que Bethune aseveró que la fundación Sea Shepherd estaba en bancarrota moral. Sea Shepherd no ha minimizado sus esfuerzos desde el año pasado, cuando se desencadenó la controversia. Watson afirma con convicción que el cese de la caza de ballenas por parte de Japón es permanente. “No fue sorpresa para nosotros, ya desde hace meses esperábamos que esto pasara”, cuenta.

Por su parte Japón no se queda atrás. La cultura ballenera parece ser fuerte, al menos en las instituciones gubernamentales, que hacen todo lo posible porque se mantenga la caza. En el documental The Cove, del director Louie Psihoyos, se muestra cómo la gran mayoría de japoneses no están de acuerdo con la pesca de ballenas o delfines. El rechazo ha llegado al punto que gran parte de la carne de ballena, que se ofrece abiertamente en los mercados, no se vende y se pierde.

Sin embargo, esto no ha impedido que Japón siga luchando porque se restaure la caza comercial de ballenas con el argumento de que las poblaciones ya se han recuperado lo suficiente. En la página oficial de la Asociación Ballenera Japonesa hay artículos enteros en los cuales se sostiene que la pesca de ballenas es positiva, pues, según estudios hechos por los mismos japoneses, las ballenas comen muchos más peces que los seres humanos y por lo tanto amenazan nuestros recursos.

Queda pensar qué harían Watson y su tripulación si los planes de Japón se vuelven realidad. Finalmente todo su discurso se basa en que lo que hace este país es, de cierta forma, ilegal, ya que lo que llaman pesca con fines científicos es realmente pesca comercial. Por otro lado, muchos se preguntan si lo que hace Watson con su flota es ilegal. Es difícil saberlo, pero él responde certero como siempre: “Claro que no. Hasta el momento no nos han acusado de ningún crimen. Que vengan a arrestarnos o que se callen la maldita boca”.

Japón y la caza de ballenas; ver infografía aquí

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