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La Corte Internacional de Justicia escucha este lunes los argumentos de una demanda que interpuso Managua contra Bogotá por supuestas violaciones a sus derechos sobre el espacio marítimo que le otorgó esa misma corte en 2012.
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8 Mar 2014 - 4:12 a. m.

En el barco de la esperanza

Ana Lucía López narra su travesía para lograr que las poblaciones más apartadas del Pacífico tengan una mejor calidad de vida.

El Espectador

 Desde niña fui testigo de las injusticias que se cometen en contra de los campesinos. Nunca acepté que existiera tanta desigualdad. Por eso me propuse estudiar economía para ayudar a mi gente. Cuando cumplí 20 años Dios me puso en el camino la oportunidad de fundar la Patrulla Social del Pacífico, un proyecto con el que logré acercarme a las necesidades de las comunidades más apartadas de Chocó, Cauca, Valle y Nariño. Me di cuenta de que después del agua potable, el mayor problema al que se enfrentan es a la ausencia de servicios básicos de salud.

Con ayuda de la Cooperación Italiana al Desarrollo comenzamos a explorar la mejor forma de brindarles atención de calidad. Como no podíamos hacer hospitales en todos los departamentos, se nos ocurrió la idea de crear un barco que prestara los servicios de salud a lo largo de la costa Pacífica. Después de cinco años de esfuerzos logramos construirlo y emprendí una travesía maravillosa con varios médicos de la Universidad del Cauca. Había un ginecólogo, un pediatra, un médico internista y un especialista.

El sonido de la embarcación calaba en los corazones de la gente. Muchas de las personas que subían lloraban de felicidad porque sentían que por fin tenían algo que los hacía sentir vivos. En cada misión logramos realizar hasta 100 cirugías y hasta hoy hemos beneficiado a más de 47 mil personas, desde Jurado, en Chocó, hasta Salahonda, en Nariño.
Una misión especial que lideramos fue la operación de personas de la tercera edad con cataratas. Cuando abrieron los ojos y volvieron a ver no podían creer cómo les había cambiado la vida. Sus caras de felicidad me llenaron el alma y me hicieron entender que sí podemos hacer patria.
Otro recuerdo que siempre tengo presente es el caso de una mujer desplazada que buscaba una operación para no tener más hijos. Tenía siete y era viuda. No contaba con una sola moneda para darles de comer. Cuando le hicieron los exámenes se dio cuenta de que estaba embarazada. Su llanto, su impotencia y su falta de fuerzas me animaron a convencerla de salir adelante. Con la fundación ella pudo conseguir un empleo y logramos que sus hijos fueran apadrinados. Finalmente su bebé nació.

Aun con tantas historias hermosas, vivimos un momento difícil. Desde hace seis meses el barco paró sus funciones por falta de recursos. No soy muy amante de los premios, pero el reconocimiento que ha hecho Cafam a mi labor me recuerda que debo seguir luchando. La más grande recompensa en mi vida es poder llevarles esperanza a aquellos que la han perdido. La gente me ha enseñado a ver en la tristeza de un país abandonado, que aún vale la pena hacerlo todo para ser feliz”.

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