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“En el filo de la navaja”

“En medio de uno de los partidos de la fase regular de la Copa Mustang en mayo de 2006 en Armenia, sentí un dolor en el pecho. Era el director técnico del Deportes Quindío y no quise dejar la cancha hasta que no finalizara el encuentro. Cuando se acabó me sentí mejor y preferí irme a mi casa a descansar.

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El Espectador
10 de mayo de 2008 - 08:22 p. m.
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Al día siguiente el malestar se volvió insoportable y tuve que ir al hospital. Al llegar me dio un infarto, se me obstruyó una de las arterias coronarias y tuvieron que operarme para colocarme un stent.

Seis meses después me realizaron una prueba de esfuerzo. Los resultados no fueron buenos y tuvieron que ponerme otro stent en la otra arteria coronaria. Me recuperé en el Centro de Emodinamia del Quindío, en donde tenía que caminar y hacer ejercicio moderado para mejorar la parte cardíaca de mi cuerpo. También tuve que asesorarme de un nutricionista.

La dieta es bastante estricta. No puedo comer fritos, grasas ni tomar gaseosas. Tengo que comer mucho pescado, verduras, frutas, carne sólo una vez cada 15 días y arroz en porciones pequeñas. Me gusta y me he acostumbrado. Ya no soy capaz de pedir un chicharrón o un chorizo.

También tuve que dejar el cigarrillo. Los médicos me explicaron que las causas del infarto están relacionadas con mi mala alimentación, el vicio de fumar, el estrés y la falta de ejercicio. Por eso, ahora camino o monto en bicicleta entre 20 y 45 minutos cinco veces por semana.

Soy consciente de que estoy en el filo de la navaja y que tengo que intentar estar sereno. Algo que resulta difícil por mi profesión. Sin embargo, sé que debo aprender a comportarme de acuerdo a las necesidades de mi organismo”.

“Estoy vivo de milagro”

“Acababa de cumplir 55 años cuando sufrí un preinfarto en el trabajo. Sentí un dolor en el pecho y me desvanecí. Al llegar a la


clínica mi condición era delicada, tuvieron que operarme y realizarme seis bypass. Pero tan sólo un mes después y en plena recuperación, los médicos me informaron que necesitaba con urgencia un trasplante de corazón.

Comenzó mi calvario. Durante más de un año tuve que esperar que apareciera un donante. Mientras tanto los dolores y una sensación constante de ahogo se apoderaron de mi cuerpo. Casi todos los días tenía que ir al hospital porque no resistía el malestar. Los médicos hablaron con mi señora y mi hija para informarles que si no aparecía un donante en menos de seis meses moriría.

Pasaron siete meses, diez, doce, quince y cuando se iban a cumplir los 18 meses de espera me avisaron que había aparecido una persona. Se trataba de un joven de 20 años que murió en un accidente de tránsito. Al llegar a la clínica me acostaron en una camilla a su lado y realizaron la cirugía. Salí del hospital una semana después y empecé mi recuperación.

Tuve que cambiar la dieta, acostumbrarme a tomar 12 pastillas diarias y comenzar a hacer ejercicio de manera regular. Pero lo más difícil fue tener que renunciar a mi trabajo y adelantar mi pensión por incapacidad.

Cada año debía realizarme un cateterismo y una biopsia para verificar que las arterias no se taponaran y que mi organismo no rechazara este corazón. Los resultados siempre fueron buenos hasta este año, cuando los médicos encontraron que tenía el 90% de las arterias taponadas y que mi organismo estaba rechazando su nuevo corazón. Tuvieron que hospitalizarme la semana pasada para ponerme un stent.

El procedimiento fue incómodo y doloroso, pero ya en casa me he sentido mejor. Sé que debo cuidarme mucho, no hacer ningún tipo de esfuerzo y seguir todas las recomendaciones de los doctores. Sin embargo, me invade una sensación de temor y de angustia. Dios me dio una segunda oportunidad y por eso estoy vivo. Pero con todas estas complicaciones me da miedo pensar lo que podría pasar. Sólo puedo aferrarme a la oración”.

Por El Espectador

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