14 Mar 2009 - 4:00 a. m.

En los zapatos de una gran primera dama

Con su aparición en la portada de la revista ‘Vogue’, en la edición de febrero, Michelle Obama se consolida como ícono de la moda.

Angélica Gallón Salazar

Donde algunos ven moda otros ven política, sobre todo cuando se trata de los vestidos de una de las mujeres más importantes del mundo: Michelle Obama. Los ligeros caminos del estilo y la forma se vuelven asunto de Estado cuando la cuestión es vestir primeras damas, porque al caminar sobre los más altos tacones del poder la selección de un color, de un diseñador o la forma de un vestido se convierte en toda una declaración.

Así, el hecho de que Michelle Obama llevara un vestido violeta sin mangas, con el que enseñaba sus torneados brazos morenos cuando Barack Obama fue elegido como el candidato oficial de los demócratas, significó para muchos periódicos norteamericanos una clara señal de fortaleza y generó sentencias como: “Michelle se viste para ganar”.

Que la morena de 1.82 metros, nacida en una familia humilde de un barrio del sudeste de Chicago, eligiera un brillante vestido amarillo —que le compró a la diseñadora cubana Isabel Toledo— resultó no sólo un guiño a los nuevos creadores, sino además una apuesta “porque la Casa Blanca puede y debe ser más incluyente”, como escribió en su editorial la directora de la revista Vogue, Ana Wintour, resaltando el gesto de reconocimiento que hizo la primera dama a los diseñadores inmigrantes de varias nacionalidades. Pero, sobre todo, su vestido se convirtió en todo un desafío a la tradición de tonos rojos, azules y blancos usados por las primeras damas (por ser los de la bandera) cuando asisten a la ceremonia de investidura. Quizás,  el inédito y vanguardista tono amarillo, acompañado por el verde oliva de los guantes, fue sólo una manera de hacerle eco a ese pensamiento que a Michelle Obama se le coló en los micrófonos el 18 de febrero en Milwaukee cuando dijo: “Por primera vez en mi vida adulta estoy realmente orgullosa de mi país, porque se siente que la esperanza está por fin retornando”. Las críticas al tono del comentario fueron casi equiparables a las que se le hicieron al tono del vestido.

Pero aparecer posando con un sugestivo vestido fucsia —diseñado por el que parece ser el creador de su predilección, el taiwanés de 26 años Jason Wu— en la portada de febrero de la revista de moda con mayor influencia del mundo, Vogue, se ha convertido sin duda en la ratificación de que para Michelle Obama, en lo que respecta a su rol como la mujer más relevante de los Estados Unidos, no existen asuntos livianos. Como ella misma lo afirmó, aceptar ser la segunda primera dama en aparecer en la portada de esta publicación —la primera fue Hillary Clinton— se convierte en una apuesta para que “sus hijas y muchas modelos y artistas negras vean que una persona de color pueden ser la foto principal entre las páginas de la más apetecida, y también tiránica, revista de estilo”.

Parece entonces que la política y el poder se entretejen con hilos de seda. Y es que el tema de la moda de las que acompañan al primer hombre de la nación va mucho más allá de hacer que las mujeres tengan, además de una líder moral, un verdadero gendarme en los designios del estilo.

En tiempos cuando los estadounidenses pierden sus empleos y ven caer los pilares de su sistema financiero, nadie estaba esperando que Michelle Obama usara un vestido muy ostentoso el día de la posesión de su marido, pero lo que ella y sus asesores sin duda tenían claro era que hacer una apuesta por una prenda demasiado modesta podría enviar un mensaje erróneo al ánimo de sus compatriotas. La moraleja había quedado consignada en los pasillos de la Casa Blanca con el comentado caso de la esposa del presidente Carter, Rosalyn, quien apareció en plena posesión con un vestido de gala que había usado unos años antes en una reunión política.


La crisis petrolera de los años 70 firmaba su carta de sentencia ante el pueblo norteamericano, con tal muestra de austeridad. Pero excederse en brillos, satines o tafetanes habría hecho de seguro que Michelle Obama fuera víctima de las mismas despiadadas críticas que tuvo que soportar Nancy Regan en 1981 cuando apareció con un traje blanco adornado con cristales que la hacían “perfecta para una pasarela en Hollywood”.

Con la elección de modelos que los críticos han calificado de “adecuadamente sobrios para estos tiempos”, pero conservando un estilo propio que incluye amor por las perlas, vestidos sin mangas, cinturones grandes que acentúan la cintura y colores no tradicionales para damas de su cargo —que siempre prefieren la seguridad del negro o la opacidad del azul—, Michelle Obama empieza a convertirse en un ícono de la moda. Como lo hicieron en su tiempo la revolucionaria Jackie Kennedy, quien acabó con el anónimo ropero y la función decorativa de las primeras damas, y la princesa Diana de Gales, que llevó a que las mujeres, no sólo inglesas sino de todo el mundo, se arrojaran en una euforia colectiva a llevar el pelo corto, Michelle Obama parece entender que un atuendo impecable, vanguardista y especial es una forma de hacer política, de cohesionar los ánimos de sus compatriotas y de mantener la vigencia de la imagen de su marido.

Aunque las críticas no han faltado —como las divididas opiniones en torno al vestido negro de explosivos apliques rojos diseñado por Narciso Rodríguez, que usó el día de la elección del presidente Obama— lo que Michelle ha demostrado es su gran talento para hacer perfectas mezclas entre atuendos de altos diseñadores, como los creadores María Pinto o Thakoon, y los de marcas más populares y comerciales, como H&M o Gap. Una habilidad que sin duda da testimonio de lo que ha sido su vida, pues a pesar de saber de infancias humildes y adolescencias precarias, la única primera dama negra en la historia de los Estados Unidos logró adentrarse, y con méritos, en las entrañas de dos de las más prestigiosas universidades norteamericanas, Princeton y Harvard, así como camuflarse con el estilo más típico y selecto de las adineradas sociólogas y abogadas con las que compartía salón de clase.

Como lo concluye la editora de Vogue, quien sin duda tiene autoridad para escribir sobre el estilo de la nueva habitante de la Casa Blanca después de pasar con ella variar horas y escribir un reportaje de más de ocho páginas: “Michelle Obama puede mutar sin titubear entre los más selectos diseñadores americanos y las marcas más masivas porque acepta la iconicidad que le ha sido conferida y ha pensado cuidadosamente  cómo usar esto productivamente”.

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