5 Nov 2008 - 4:50 a. m.

Entre decepción y esperanza

Los resultados reflejan el cambio profundo de las costumbres políticas de un país.

Miguel Gómez M./ Especial para El Espectador

La elección presidencial americana que acaba de concluir es histórica. Refleja un cambio profundo en las costumbres políticas de los Estados Unidos. Pero la contienda fue, en muchos aspectos, decepcionante. Queda la esperanza de que estemos entrando en una nueva era donde se revitalice el liderazgo americano en el mundo. Parece ya lejana la campaña por las elecciones primarias. Fue ahí donde realmente se produjo la revolución. El triunfo de Obama sobre Hillary Clinton marcó un punto de inflexión en la historia política reciente. El Partido Demócrata estuvo dividido durante meses.

Finalmente, por un muy estrecho margen, se impuso Obama y logró evitar que las primarias dejasen al Partido irremediablemente dividido. Desde ese momento quedó claro que Obama tenía grandes cualidades para maniobrar políticamente. Ha sorprendido por los muy contados errores cometidos a lo largo del proceso. Su campaña logró esquivar todas las trampas y zancadillas que su contrincante le puso en el camino.

Del lado republicano el panorama es desolador. El desprestigio político del presidente Bush se trasladó al candidato y, más grave aún, a los representantes y senadores que buscaban su reelección. Pasarán años antes de que los republicanos logren borrar el mal sabor que dejan en la opinión pública los ocho años de Bush. El partido presenta un balance lleno de fracasos y errores.

Escandaloso ha sido el costo de la campaña. Aun para los estándares americanos, esta contienda ha sido una verdadera feria del gasto. Por primera vez los demócratas superaron ampliamente a los republicanos en este aspecto.

Pobre en líneas generales fue la profundidad del debate de ideas. Tanto Obama como McCain se concentraron en la palabra mágica “cambio”, sin entrar en los detalles de lo que ello significa. Con Obama también habrá cambios.

Es claro que subirán los impuestos para las empresas y los grandes contribuyentes, subsidios a ciertos sectores industriales, más proteccionismo y mayor énfasis en los temas domésticos como la seguridad social y la cobertura en salud. Pero en el fondo hay pocas novedades en esta aproximación. Es una actitud más intervencionista que la que tenía el último presidente demócrata, Bill Clinton, pero está dentro del marco de la línea económica tradicional del partido.

Triste ha sido la participación de los grandes temas internacionales en la campaña. Esta ha sido una contienda doméstica. La crisis financiera fue ocupando todo el espacio, excluyendo todos los demás asuntos. Con excepción de Irak, Afganistán y en menor medida Israel y Rusia, los demás países fueron ignorados.

De Latinoamérica nada y de Colombia un breve intercambio en un lánguido debate televisivo.

El indiscutible liderazgo de Obama debe pasar de la imagen y el discurso a la prueba de los hechos y las realidades. Miles de líneas se escribirán intentando explicar el fenómeno Obama. Hay entusiastas que creen que el demócrata es el símbolo de una generación y que su paso por la vida política marca el cambio de una era. Otros harán énfasis en la debilidad de un candidato como McCain, envejecido y con una débil organización de campaña. La verdad es que al nuevo presidente lo elige la crisis económica.

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