12 Jun 2013 - 3:30 p. m.

Espionaje en EE.UU., como una película de espías de serie B

La contraseña para que reconocer al confeso espía era un cubo de Rubik.

Yolanda Monge/ El Pais

Quienes exponen al mundo las tripas tecnológicas de los servicios secretos y los programas clandestinos que controlan parte de la intimidad de las comunicaciones de los ciudadanos no suelen usar ninguno de esos métodos para relacionarse con sus intermediarios o sus fuentes. Internet no es amigo de nadie. No lo es de la Administración, como prueba la actual crisis que enfrenta la de Obama; y no lo es, por supuesto, de un agente de los servicios de espionaje de ningún país del mundo, que preferirá seguir usando el clásico banco en un parque para pasar información a enviar un correo electrónico o usar un teléfono móvil.

Edward Snowden se consideraba un espía a pesar de no tener esos galones, por lo que actuó como tal, alejado de medios que pudieran dejar rastro e introduciendo en su encuentro con sus contactos un toque que daría para una película de espías de serie B si Hollywood hubiera optado por el guion. El joven experto en espionaje dejó instrucciones claras para las tres personas a las que citó en una esquina determinada de un hotel de Hong Kong, no muy alejado de la base de la CIA en el Consulado de EE UU.

Glenn Greenwald -abogado y bloguero experto en derechos civiles que desde el año pasado es columnista del periódico británico The Guardian-; Laura Poitras -realizadora de documentales especializada en vigilancia- y Ewen MacAskill -redactor del diario británico- debían situarse en las cercanías de un hotel de ese territorio chino y preguntar sobre cómo llegar a otra parte del hotel en voz alta, según relataba el martes The New York Times. Si todo marchaba como estaba previsto, explica el rotativo neoyorquino, la fuente pasaría por delante de ellos andando y portando en sus manos un cubo de Rubik.

El trío cumplió con el protocolo impuesto y ante ellos apareció Snowden. Según ha relatado Greenwald, se quedó impresionado por el aspecto joven de quien estaba a punto de entregarle los programas clasificados de vigilancia de las comunicaciones de la Administración norteamericana, un hombre que parecía mucho menor de 29 años. El columnista de The Guardian quizá esperaba a alguien con la imagen que en su tiempo -o incluso hoy- tenía Daniel Ellsberg, el hombre que filtró los famosos papeles del Pentágono en 1971 probando que la Administración de Lyndon B. Johnson había mentido al país sobre la marcha de la guerra de Vietnam. Ellsberg tenía entonces 40 años. Hoy suma 82 y el espectro de la traición no pende sobre su cabeza.

'Soy consciente de que sufriré por mis acciones y de que la entrega al público de esta información supone mi final', escribió Snowden a principios de mayo, cuando todavía vivía la confortable vida que le garantizaba un salario de 200.000 dólares anuales en la nómina de los servicios secretos y sus compañías aledañas. El joven analista hizo notar que los periodistas que destaparan su historia estarían también en peligro por publicarla. 'La inteligencia de EE UU no dudaría en asesinarte si cree que así se pone fin a la filtración y mantiene la información en su exclusivo poder', escribió Snowden.

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