15 Mar 2011 - 3:49 a. m.

Explosiones y fuego en Fukushima

La central nuclear sufrió un tercer estallido en el reactor 2 y un incendio se produjo en el 4. El gobierno reconoce un aumento en los niveles de radiación.

Adrián Foncillas/Especial para El Espectador, Koriyama

Los accidentes nucleares ya se integran en la rutina cotidiana japonesa. Tres nuevas explosiones en la central de Fukushima son otro boleto en la rifa del desastre nuclear y revela la ardua tarea que encara Tokio. El país, que el domingo ya había elevado la actual crisis a la mayor desde la Segunda Guerra Mundial, pidió ayuda al Organismo Internacional de Energía Atómica, de la ONU.

Horas antes, la planta de Fukushima había sufrido su segunda explosión. Fue en el recipiente secundario del reactor 3, debida a la acumulación de hidrógeno, y provocó heridas a 11 personas. El gobierno descartó una fuga radiactiva, ya que los contenedores, elaborados con hormigón y acero para mantener aislado el reactor, no han sufrido daños.

Pero después, cerca de las 6 de la mañana hora japonesa, la planta sufrió una tercera explosión. Esta vez en el reactor número 2. Como consecuencia, el muro que está más cerca del reactor se habría dañado, abriendo las puertas a una fuga radiactiva. Según la Agencia de Seguridad Nuclear, la deflagración pudo generar una fuga de una cantidad indeterminada de material radiactivo.

Además, un incendio se produjo en el reactor 4, lo que según el primer ministro Japonés, Naoto Kan, derivó en un “aumento considerable en el nivel de radiación de la central. Anteriormente, el portavoz del gobierno japonés, Yukio Edano, había explicado que la explosión en el reactor 2 habría provocado “posibles daños en la piscina de condensación”, que se encuentra en la parte inferior de la caja de contención que sirve para refrigerar el reactor y controlar la presión en el interior del reactor. Tomando distancia de las declaraciones anteriores, que para muchos eran muy precavidas, Edano admitió que “posiblemente el reactor ha sufrido fusión de sus núcleos a causa del sobrecalentamiento”.

Francia y la Marina estadounidense creen que la situación es más grave de lo que reconoce Tokio. Su flota de aviones y barcos desplazados a la zona en tareas de ayuda fueron alejados. El portaaviones USS Ronald Reagan estaba a 160 kilómetros de la central. Francia ya aconsejó a sus nacionales en los días previos que viajaran a Tokio, a 240 kilómetros de Fukushima, sólo si era por razones excepcionales.

El éxodo nuclear

“No me asustan los terremotos ni los tsunamis, pero esto sí”. Kano, profesor de 29 años, señala la bolsa de plástico donde guarda la ropa que vestía en la tarde del sábado, cuando una explosión afectó la cercana central nuclear de Fukushima y él se encontraba dentro del radio de peligro. Espera su turno en la cola, donde unos técnicos con trajes herméticos blancos y máscaras medirán su radiación y la de su bolsa con escáneres manuales. “Si dicen que no es peligroso, ¿por qué nos hablan con máscaras?”, interpela.

Kano integra el éxodo nuclear. Casi 450.000 personas han sido evacuadas o han huido de las zonas más expuestas. Descansan en 1.350 refugios temporales desperdigados por toda la prefectura de Fukushima. Ocupan colegios, estadios o gimnasios en Koriyama, ciudad a 50 kilómetros al oeste de la central.

La cola de decenas de personas frente a la puerta del gimnasio avanza lentamente. Algunos arrastran los pies, muchos combaten envueltos en mantas el frío de la noche. Dirige la operación el servicio local de bomberos, vestidos como astronautas de una película de presupuesto escaso. De vez en cuando parte como un rayo una ambulancia con alarmas sonoras y luminosas, y el personal la esquiva a saltos. Transporta al hospital de la zona a quien ha dado una lectura demasiado alta en los escáneres.

Cuando se detecta una radiactividad superior a los 1.000 microsieverts, el sujeto es duchado con agua y jabón. Pasados unos minutos, se vuelve a medir. Si se mantiene alta, va al hospital. Doscientos han acabado ahí del millar de personas que han pasado por el refugio desde que abriera el sábado en la tarde. Eso supone uno de cada cinco. “Los niveles que hemos registrado no han subido en las últimas horas. Algunos son muy altos, pero no perjudiciales para la salud. La situación no es demasiado mala”, asegura el hoy mando de la operación de control nuclear. Reconoce que carecen de yodo, que frena la aparición del cáncer.

“Vivimos aquí. En principio no estamos contaminados, pero queremos estar seguros. Si tienen razón, esta noche dormiremos en casa y al fin tranquilos”, comenta una joven medio vencida por el frío y el sueño, abrazada a su novio. Las autoridades han recomendado cortar la calefacción que emite al exterior. También que, al salir a la calle, se cubran las vías respiratorias con mascarillas o toallas húmedas y se tapen cuanto puedan la piel.

Tomoko, profesora de 29 años, vive en Minami Soma, justo por debajo del límite de los 20 kilómetros de seguridad que fijó Tokio. Las noticias de filtraciones en varias centrales la asustaron y decidió marcharse con su madre tras escuchar por radio la explosión del sábado. Poco después, el gobierno ordenaba evacuar su localidad. “Nos dan información escasa y tardía. Esto es muy serio, vuelve a tu país”.

El debate mundial

El sector nuclear recibió un brutal golpe en las plazas bursátiles mundiales, debido al temor de una catástrofe en Japón, que provocó las primeras medidas en Alemania y Suiza de congelar o suspender los proyectos nucleares. La canciller alemana, Ángela Merkel, anunció que suspendía por tres meses la decisión ya adoptada por su gobierno de prolongar la vida de las centrales nucleares en Alemania. En Suiza, las autoridades anunciaron la suspensión de los proyectos de renovación de sus centrales nucleares. Legisladores de Estados Unidos le pidieron al gobierno aprobar una moratoria que ponga freno al desarrollo de programas nucleares. Y en América Latina, Chile congeló un proyecto que tenía para comenzar la construcción de varias centrales nucleares en zonas de alto riesgo sísmico.

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