5 Nov 2008 - 5:52 a. m.

Ganó la esperanza

El demócrata Barack Obama se convirtió anoche en el primer negro en alcanzar la Presidencia de E.U.  en momentos cuando ese país vive una de sus peores crisis.

Héctor Abad / Especial para El Espectador

Por primera vez, después de 232 años de historia democrática, un negro llega a la Casa Blanca. El candidato republicano, John McCain, reconoció su derrota anoche en Phoenix, Arizona. Felicitó al ganador. El demócrata no es un genio todopoderoso y recibe el poder en un momento desolador. 

Los ocho años de la peor pesadilla americana empezaron con el primer gobierno de George W. Bush, a quien los terroristas islámicos del 11 de septiembre le dieron el pretexto perfecto para desatar los más bajos instintos paranoicos de la ultraderecha religiosa y reaccionaria de los Estados Unidos.

Invasiones, torturas, bombardeos indiscriminados, masacre de civiles inocentes, exacerbación del odio racial y religioso, campos de concentración para extranjeros sospechosos, insostenible imposición a sangre y fuego de supuestos valores norteamericanos…

Para quienes hemos sentido admiración y respeto por la democracia del gran país del norte, estos han sido años en que no hemos podido encontrar razones para defender sus acciones arrogantes, violentas y arbitrarias. El gobierno Bush les dio a los enemigos de su país los mejores argumentos para atacar a los Estados Unidos, y hasta los tiranuelos cercanos (Chávez) y lejanos (Ahmadinejad) podían ser celebrados al decir que el diablo era gringo y que olía a azufre demoniaco en el estrado de la ONU.

Como si esto fuera poco, el peor gobierno de la historia de Estados Unidos termina, después de la borrachera eufórica de un neoliberalismo desatado y grotesco, en el guayabo nefasto de la más grave crisis financiera del mundo desde la Gran Depresión. Pero de repente, en esta noche oscura de la primera democracia del planeta, en medio de esta situación desastrosa que parecía conducir irremediablemente al abismo, a la pesadilla total, emerge de nuevo el sueño americano. Y en éste surge, como si llegara del futuro, una figura emblemática: un joven abogado negro y larguirucho, hijo de una antropóloga blanca de Kansas, una mujer liberal y liberada que detestaba la mojigatería y que fue capaz de hacer un matrimonio con un africano (el único estudiante negro de la Universidad de Hawaii), en un año, 1960, en el que hacer esto era todavía un escándalo mayúsculo.

Es hijo, entonces, de dos razas mezcladas y reconciliadas, la europea y la africana, y parece representar lo mejor de ambas.

Con él parecería que Estados Unidos volviera a tener la autoridad moral para recuperar su papel de locomotora del mundo, y no solamente la locomotora técnica y económica, sino la de la ética de las libertades individuales y las ansias de progreso. Contra el miedo de los republicanos, contra la revolución conservadora que hizo retroceder al mundo varios decenios, la esperanza de Barack Obama.

No es un dios

No se trata de endiosarlo ahora, pues Obama no es un genio todopoderoso, y recibe el poder en un momento económico desolador. Lo que hay que señalar es que, aunque no sea un genio, sí es un hombre maduro y equilibrado que transmite lo más necesario en este momento del mundo: serenidad. Quizá por eso a Obama le guste tanto repetir la frase de ese gran presidente norteamericano, Franklin Delano Roosevelt, con el que tantos lo comparan: “A lo único que hay que tenerle miedo es al miedo”. Pues fue a base de miedo, precisamente, como se consiguió el apoyo popular a la desastrosa revolución conservadora de Bush.

Obama representa un proyecto muy distinto, pero no contrario, pues él no encarna una revolución de cuño izquierdista, sino la continuación de la vieja causa liberal, la de Roosevelt y la de los Padres Fundadores. La serena seriedad de sus intervenciones públicas, como el hermoso e inspirador discurso del 18 de marzo en Filadelfia, ha sido comparado —por su intensidad y capacidad de invocar el renacimiento de todo un país— con los grandes discursos de Lincoln, uno de los mayores artífices de la gran nación:


“Yo soy el hijo de un hombre negro de Kenia y de una mujer blanca de Kansas. Yo fui criado en parte por un abuelo blanco que, después de haber sobrevivido a la Gran Depresión, sirvió a las órdenes de Patton durante la Segunda Guerra Mundial, y por una abuela blanca que trabajaba en una cadena de montaje de bombarderos en Fort Leavenworth mientras su esposo combatía al otro lado del mar.

Yo estudié en algunas de las mejores escuelas de América y viví en uno de los países más pobres del mundo. Yo estoy casado con una mujer americana negra que lleva dentro sangre de esclavos y sangre de propietarios de esclavos —una herencia que nosotros hemos transmitido a nuestros dos hijos muy amados—. Yo tengo hermanas, hermanos, sobrinos, sobrinas, tíos y primos de todas las razas y de todos los colores de la piel, dispersos en los tres continentes, y hasta el último día de mi vida yo no olvidaré jamás que mi historia no habría sido posible en ningún otro país del mundo. Esta es una historia que no me convierte en el más convencional de los candidatos, pero que, de una manera indeleble, ha impreso en mis genes la idea de que este país representa más que la suma de sus partes —que todos los que formamos parte de él, no somos sino partes de una misma realidad—”.

La inspiración de las palabras, cuando logran encender el coraje y la imaginación de los ciudadanos, no son menos importantes que los actos de eficacia administrativa: a la gente hay que ponerla en marcha, con ganas y con confianza; antes de indicar cuál es el camino, se necesita que las personas estén dispuestas a emprender algún camino, y lo típico de las depresiones (anímicas y económicas) es la dificultad de levantarse y andar.

Estamos frente a un gringo inteligente y tolerante, hijo de un padre polígamo de Kenia y criado por una abuela blanca (que falleció un día antes de las elecciones) de Kansas, llena de prejuicios raciales, que quizá por eso mismo es capaz de comprender —y de moderar y calmar— los eternos temores de las personas cuya raza, la blanca, ha sido la dominante durante los últimos siglos.

Porque Obama, además, no es el presidente de la confrontación, sino el de la calma y la serenidad para imponer con sabiduría su nuevo proyecto de renacimiento de la unión norteamericana.

Si algo muy raro no ocurre, hoy el mundo estará celebrando la llegada del primer presidente negro —o mulato, si quieren ser melindrosos en asuntos de raza— de la historia de los Estados Unidos.

Ocurra lo que ocurra, en todo caso, hoy se termina la pesadilla de Bush, ese proyecto neoconservador que tanto dolor, tanto daño ambiental, tanto deterioro económico y tanto retroceso cultural le trajo al mundo en estos últimos años.

Si Estados Unidos es capaz de sobreponerse a sus hondos prejuicios raciales —nacidos también del miedo primitivo a lo distinto— la elección de Obama representará un ejemplo para el mundo entero, para la convivencia de credos, colores, ideologías y etnias antagónicas.

Que un negro llegue por primera vez a la Casa Blanca, después de 232 años de historia democrática, significa que al fin esa gran nación está lavando el pecado original de su nacimiento: la esclavitud. Porque aunque Obama no sea descendiente de esclavos, su esposa y sus hijos sí lo son, y ellos también vivirán en la Casa Blanca.

Estados Unidos, con Obama, habrá elegido su primer presidente verdaderamente global, una persona que reúne en sí mismo, como diría el poeta, “el puñal y la herida”, la violencia y la humillación. Con él renace el sueño de que el mundo entero pueda ver alguna vez el día en que ya no haya ni más violencias ni más humillaciones.

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