26 Mar 2014 - 9:33 p. m.

¿Ha muerto Hitler?

La imagen del dictador alemán sigue presente en la política actual: los fundamentalismos, exacerbados por el odio, son prueba de ello.

Carmen Socorro Ariza-Olarte

Si esa pregunta me la hubiesen hecho cuando estaba adolescente y aprendía historia, geografía, filosofía y civismo, sin lugar a dudas hubiese dicho que sí, a raja tabla. Por entonces nombrar a Hitler era casi peor que nombrar al Diablo. Tan tabú era todo lo relacionado con él y con el nazismo que yo, a pesar de las lecciones de historia universal, no tenía ni idea de qué significaba la esvástica nazi. Así, un raro día, siendo una adolescente de 13 años, la pinté en mi cuaderno de notas junto a la cruz de la paz y algunas florecitas roqueras de Angelita, la novia de Gonzalo Arango –el padre del nadaísmo-, como si todos esos símbolos fuesen lo mismo. Fue entonces cuando mi compañera de clase y amiga judía, Janet, luego de preguntarme por qué había pintado la esvástica en mi cuaderno y escuchar mi tonta respuesta, me contó todo lo siniestro que se encierra detrás del símbolo, y además me invitó a almorzar a su casa, adonde conocí a su padre: un caballero judío que logró sobrevivir a los campos de concentración. Esta es una de las razones por las que a pesar de no saber desde hace muchos años nada de mi amiga Janet, la recuerdo siempre y la llevo grabadita en mi corazón de niña inocente, o sea: adolescente. Desde aquel día, para no volver a pecar por ignorante, me dediqué a leer y aprender todo sobre la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, la pregunta nos la ha hecho una chica de trece años cuando que nos escuchó a su madre y a mí hablando sobre las conmemoraciones anuales de la terminación de la Segunda Guerra Mundial, en un momento en que, sin lugar a dudas, estamos en el arco del triunfo de una nueva guerra que ya no será ni fría, ni tibia, ni caliente, sino simplemente una guerra más de las tantas que nos acechan a diario. Una guerra sin fin, pues cuando se ha leído la historia es fácil darse cuenta de que es solo la vuelta de hoja a un conflicto que por nunca haber sido solucionado se ha ido haciendo eterno: en esta misma región han estallado, una y otra vez, los grandes conflictos de Occidente.

Y vaya que la pregunta nos ha sacudido, no podía venir más al caso. ¿Cómo se puede conmemorar el fin de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y recordar a sus víctimas y héroes, sin mentar a Hitler? Misión imposible: vaya que el bastardo se las ha ingeniado para hacerse presente a diario; ya sea a través de los medios o de los comentarios sueltos de la gente o de las modas o del cine, o de esto, o de aquello; Hitler se nos aparece hasta en la sopa, ha dicho Eva.

Aquí no más tengo los diarios de la semana comprendida entre el domingo 9 y el domingo 16 de marzo del 2014, y empezando por las dos páginas completas que hablan sobre la situación en Ucrania y las lágrimas de, y por, Crimea, enmarcadas con una serie de foto-afiches en las que aparece Putin convertido en Hitler, hasta llegar a la demagogia política que en el arco del triunfo de toda elección suele venir acompañada por las inflamatorias comparaciones que se hacen de éste o aquel político con… Hitler (en este caso el candidato de la ultraderecha en Holanda), todos los días se encuentran artículos periodísticos, publicitarios, académicos, etc., hablando sobre… Hitler y/o comparando a alguno de los duros con él. Hasta la señora Merkel ha andado por ahí con bigote hitleriano por negarse a las exigencias de España; para no hablar de la cantidad de literatura y películas —casi todas financiadas o promovidas por los mismos judíos— que a diario invaden nuestras pantallas y, una y otra vez, con una u otra perspectiva, cuentan el cuento de… Hitler. Así pues, la pregunta de la chica adolescente es válida: ¿ha muerto Hitler?
Y ahora, perdida ya la inocencia, la respuesta es no. Está más vivo que nunca. Basta con ver el panorama internacional y todo lo que sucede para saber que son las prácticas nazis las que nos dominan, y que precisamente por eso Hitler aparece en todo momento y en todo caso, como si fuese espada y escudo, héroe o villano.

Ayer fueron los moros y los cristianos, más tarde los alemanes y los judíos, luego los judíos y los palestinos, y hoy por hoy los mismos con las mismas más los musulmanes, los gringos y los asiáticos. Que la cosa no acaba de acabarse para comenzar de nuevo, y lo que abundan son los piqueteaderos de la mala ventura.

Empeñada en entender qué es lo que ha pasado en estos años recuerdo también que en la Alemania dividida por el muro de Berlín —una mala representación del arco del triunfo—, en casa de mis amigos alemanes era tabú hablar o mentar a Hitler, y toda la literatura nazi era prohibida. Y ahora no me he llevado acaso una gran sorpresa cuando al venir a vivir a Holanda no solo me encontré con las interminables celebraciones que se hacen a lo largo del año en conmemoración de las dos grandes guerras mundiales, mientras que, más allá de ellas, lo que me ha tocado ver, vivir y respirar ha estado todo contaminado con las ideas nacionalistas y fascistas. Por eso me repito la pregunta de la adolescente, ¿ha muerto Hitler? Y la respuesta, apenas busco con la mirada una luz o una pista, es no: está más vivo que nunca, nos ronda por todo lado.

Lo interesante de que la historia vuelva a repetirse es que las preguntas que me hacía cuando empecé a despabilarme sobre cómo y por qué fue posible que sucedieran cosas tan terribles sin que nadie hubiera hecho nada, ahora empiezan a encontrar sus respuestas: aquí he estado yo, como la gran mayoría, presenciando los hechos; se registran en Kosovo, Iraq, Afganistán, Ucrania o en la oscura Corea del Norte, sin poder hacer ni decir nada. Además, he empezado a darme cuenta ya desde hace unos años que como pasó entonces, ahora también todos vamos tomando partido: muchos abiertamente, ya sea por convicción, necesidad o simple amor a la patria, van por Putin; otros, sin atreverse a decir nada abiertamente, escudados bajo el lema de la diplomacia internacional y lo políticamente correcto, también se inclinan ante él por aquello de que los intereses económicos que están de por medio son muchos. Gas, gas, gas, para solo hablar de los intereses que pesan tanto o más que el plomo o el uranio. Otros nos inclinamos por Ucrania, ¿pero existe realmente una Ucrania? Yo no sé. ¿Y qué les diremos a nuestros nietos el día en que nos pregunten qué hicimos cuando estalló el conflicto? ¿O que les dirán a sus nietos los cientos de rusos que apoyan a Putin?

¿Sentirán vergüenza, como sé que la sintieron la gran mayoría de los alemanes que inocentes y con amor patrio levantaron la mano ante Hitler? ¿Y si es cierto que el sueño de Putin es llevar a cabo, esta vez con éxito, el sueño de Hitler —no ya la gran Alemania, pero sí la gran Rusia—, será igual o peor el Holocausto? Ya los pobres tártaros que viven en Crimea están temblando, a sabiendas de lo que les espera. ¡Qué barbaridad! Sí que tengo preguntas sin respuestas. ¡Qué barbaridad! ¡Sí, con o sin Hitler, somos bárbaros —ha dicho Eva! Y yo, mirando para otro lado, por casualidad, he puesto mis ojos en la novela de Coetzee, Waiting for the Barbarians (Esperando a los bárbaros), y entonces he decidido contar este episodio, no sin algo de mieditis; y es que como están las cosas nunca se sabe a dónde irán a parar las cacerías de brujas, porque en su mapa de la gran Alemania, Hitler tenía incluida a Sur América, y basta ver a Venezuela y Nicaragua para saber que la gran Rusia ya ha empezado a alimentar sus caballitos de batalla en la región.

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