16 Apr 2012 - 2:48 a. m.

¿Integración entre iguales?

EE.UU. encontró una Latinoamérica consciente de sus problemas y diversificada en sus tendencias políticas e ideológicas.

Beatriz Miranda Côrtes *

Acaba de terminar la VI Cumbre de las Américas en Cartagena de Indias, sin una declaración final, así como sucedió en las anteriores Cumbres de las Américas de 2005 y 2009.

Las opiniones sobre los resultados de la misma son encontradas. El presidente Juan Manuel Santos mencionó hace poco que se siente personalmente satisfecho con el resultado, “porque sobre la mesa se pusieron temas que anteriormente ni siquiera eran discutidos”; entre ellos se destacan la lucha contra las drogas y la revisión de la actual estrategia utilizada en esa guerra, así como en Cuba y Malvinas. Sin embargo, los protagonistas de la Cumbre de los Pueblos han dicho que esa fue una cumbre de puertas cerradas, en donde las principales demandas de los pueblos de América Latina no pudieron ser escuchadas por los 31 mandatarios que participaron en la reunión hemisférica, sobre todo en lo que se refiere al tema de los derechos humanos y a la militarización del continente al amparo de la guerra contra el narcotráfico.

Si bien el resultado de la VI Cumbre podría ser caracterizado como gris, Colombia cumplió con su papel de país bisagra. En el transcurso del encuentro, el presidente Juan Manuel Santos enfatizó la necesidad de unir el norte de América del Sur con el sur de América Sur, en fin, una América unida.

Más allá de la ausencia de declaración final, sobre todo por la falta de consenso en temas candentes como Malvinas y Cuba, es importante recordar la debilidad con la que los países latinoamericanos asistieron a la primera Cumbre de las Américas en Miami, en 1994. En 2012, quizás las palabras del canciller venezolano, Nicolás Maduro, puedan caricaturizar muy bien la cumbre: “Del consenso de Washington se pasó al consenso sin Washington”. América Latina hoy cree en sí misma, por lo tanto la era de los monólogos terminó a principios del siglo XXI, cuando en una decisión histórica, con un fuerte protagonismo de la diplomacia brasileña, conjuntamente con los países del Mercosur, el proyecto ALCA —principal propuesta de política exterior para la región— fue transformado en ALCA light, en otras palabras: diplomáticamente archivado, porque realmente la agenda propuesta no aportaba nada a las necesidades más urgentes de la mayoría de los países latinoamericanos. El resultado no fue inmediato, pero a partir de ahí se estableció un diálogo más respetoso entre el Norte y el Sur y vimos que gradualmente la región se fortalecía a partir de intentos regionales y subregionales de integración, unos pragmáticos, otros con un fuerte componente ideológico, que sonaron una y otra vez como voz regional, aunque incipiente.

En 2012, Estados Unidos encuentra en la VI Cumbre de las Américas a una América Latina segura de sí misma, consciente de sus problemas, diversificada en sus tendencias políticas e ideológicas, capaz de sentarse con el carismático y querido representante de la potencia mundial, cuya popularidad y admiración en la región es enorme, pero capaz también de criticar la política de militarización implementada por Estados Unidos a partir de la lucha contra las drogas, censurar la política monetaria expansionista que ha trasladado las crisis de los países europeos y de Estados Unidos a la región, con una fuerte sobrevaluación de las monedas nacionales, y que exige el fin del bloqueo en contra de Cuba y el respeto a la soberanía de Argentina con relación a las Malvinas.

Intentar rescatar la legitimidad de la OEA, socavada innumerables veces por las arbitrariedades protagonizadas por Estados Unidos, es tan ilusorio como pensar en una América Latina dispuesta a reactivar sus lazos históricos de dependencia extrema con ese país. Para ningún país de América Latina, incluso sus más fuertes contradictores, es innegable la importancia de Estados Unidos para la región y el mundo, su peso político y económico, su capacidad militar, tecnológica y de innovación, sus lazos históricos con la región, sus principios fundacionales basados en la libertad y en la democracia. Sin embargo, la historia no espera. La mirada más respetuosa de Estados Unidos a la región llegó tan tarde como los tan esperados TLC. En su periplo por el mundo, con el afán de una política exterior de líder número uno, descuidó a su principal zona de influencia tradicional y, afortunadamente, en esos años de abandono y de política de “buena vecindad”, la región cambió su norte. Hoy, Estados Unidos es minoría, la mayoría son los 33 países que conforman la región.

Para que la propuesta de unir al norte de América del Sur con el sur de América del Sur sea una realidad, Estados Unidos tendría que decodificar las palabras de la presidenta Dilma Rousseff en su encuentro con el presidente Obama y el presidente Juan Manuel Santos: “Integración entre iguales”.

* Analista y profesora de Relaciones Internacionales de la Universidad Externado de Colombia.

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