11 Dec 2010 - 8:49 p. m.

Juan Pablo Córdoba

Una de las noticias del año fue la revitalización de la bolsa de valores de Colombia, responsabilidad de un presidente con sobrados méritos.

Gustavo Gómez Córdoba* / Especial para El Espectador

Si a los médicos todo el mundo les consulta en las reuniones sociales sobre “un dolorcito aquí en las costillas”, a Juan Pablo Córdoba lo asedian con las preguntas obligadas sobre en qué acciones hay que invertir y qué va a pasar con el dólar. Para esto último tiene armada una respuesta muy formal: “Estructuralmente, el dólar está bastante malherido”; para lo de las acciones nunca hay respuesta: “Tengo una especie de inhabilidad para ese tipo de recomendaciones, así que en la vida, ni a mi mamá ni a mis familiares, les he aconsejado sobre ese particular”. Todavía menos a su hermana Rosario, ex directora de Dinero y nueva presidenta del Consejo Nacional de Competitividad. Rosario y otra de sus hermanas, Matilde, son las Córdoba que debe uno buscar para saber dónde llevar el dinero. Así que en las reuniones, pocas acciones, excepto la de tomarse un ron, preferiblemente Zacapa.

Con un aire inocultable de Adrien Brody estrenando gafas, el presidente de la Bolsa de Valores de Colombia realmente sólo está interesado en los actores del mercado. Cuando lo dejaron Bavaria y Coltabaco, y comenzaron los comentarios apocalípticos sobre la debacle, él tuvo para sus críticos la única respuesta de sentarse a trabajar.

En los últimos tres años 14 nuevas empresas han llegado a la bolsa, hay en este momento 605 mil personas naturales activas, las colocaciones en bonos cerrarán el año rondando los $13 billones y, plato fuerte de 2010, Córdoba es uno de los artífices de la integración de las bolsas de Colombia, Chile y Perú.

El acuerdo que integra las plataformas de negociación de los tres países, y que le da vida al Mercado Integrado Latinoamericano (Mila), quedó firmado y a principios del nuevo año comenzarán las negociaciones. El Mila es, con 565 emisores, el primer mercado de su tipo en Latinoamérica, el segundo mercado en capitalización (US$641.000 millones) y la tercera plaza en negociación, con transacciones estimadas en 55.377 millones). No está nada mal el 1,2,3, aunque lo presente Córdoba y no Claudia Hoyos.

Para que tantas cifras positivas no se le suban a la cabeza y le hagan estallar el amor propio, él guarda en un cajón de su escritorio un frasco de algo que en la etiqueta se presenta como “Abolego Procaps: egodilatador. Suprime la inflamación del ego y evita molestias de índole social”.

Generoso, lo destapa y ofrece un par. No es tan amplio con lo que oculta en un mueble contiguo al escritorio de su nada espaciosa oficina. Lo llama “la caleta” y allí reposan chocolates más bien finos que consume permanentemente y que sabe nadie a donde van a parar, porque la grasa parece no sentirse muy a gusto en su cuerpo. Lo viste siempre con trajes de escaso colorido y prefiere las camisas blancas o azules, que combinan con todo.

Es un hombre extremadamente conservador que se permite sólo una expresión abiertamente liberal en sus corbatas, casi siempre vívidas, algunas amarillas, rojas y muchas moradas, de un tono similar al de las pastillas egodilatadoras y al de la sopa de remolacha que aborrece con todas sus fuerzas.

El presidente de la Bolsa es un hombre de muchas y muy efectivas citas, algunas de ellas de 20 ó 45 minutos exactos, pero siempre tiene tiempo para sus hijos Santiago y Camilo. También para repasar de punta a punta el ejemplar impreso de The Economist y para chatear permanentemente es su BlackBerry.

La verdad es que de Córdoba, por mucho que se sepa, no se sabe mayor cosa, porque él aplica muy bien el consejo más valioso que le dio (¡y le sigue dando!) su madre: “No figures mucho en los medios”. No lo hace. Y prefiere que sea para cuestiones muy puntuales como el anuncio del Mila o el arranque del Mercado Global Colombiano que, en cristiano, es la posibilidad de negociar en Colombia los títulos de gigantes como Apple y Microsoft.

Algunos otros logros de este año, gracias a esa timidez mediática de origen maternal, pasan inadvertidos, como el de que la Bolsa fue una de las 25 empresas colombianas seleccionadas por el instituto Great Place To Work como sitio con condiciones de primera para sus empleados. Distinción que encaja con las ideas que se le han ido metiendo muy dentro leyendo a economistas como el Nobel indio Amartya Sen, uno de los abanderados de la economía del bienestar que, más allá de las gráficas y los símbolos ininteligibles, Córdoba resume en una línea: “La economía es para mejorar el bienestar de la gente”. El suyo, el personal, ha mejorado bastante desde los días en que, en último semestre de economía, trabajaba en una oficina de consultoría y de allí pasó a ganarse, en Planeación Nacional, un sueldo de $140.000.

Siendo escasa la materia de trabajo con que cuentan los cordobologistas para estudiar la conducta del espécimen, no está de más consignar aquí que detesta sentarse en las cabeceras de las mesas, que tiene un iPod medio desactualizado donde suenan boleros de Tito Rodríguez y Felipe Pirela, que ama las lentejas y a Julia Roberts, que se defiende bastante bien en la pista de baile, que admira a Roberto Junguito, que su amigo del alma es Lucho Carreño, que no fue arquitecto porque descubrió que carecía de habilidades manuales, que no usa cadenas desde que perdió una con la medallita de la Milagrosa que le había dado la mamá y que le tiene fobia a la complacencia.

Otra cosa: si se lo encuentra en un coctel, además de no consultarle por la compra de acciones o el dólar, acepte un consejo: jamás le pregunte que si el buen momento que vive la bolsa podría desinflarse como una “burbuja”. Él, amable pero contundente, aspirará profundo y le recordará muchas de las cosas que usted acaba de leer aquí. Tenga la bondad de no dañarle el Zacapa a Córdoba, ni de torearle los argumentos. A menos que usted lleve en el bolsillo algún efectivo egodilatador color remolacha. ¡No, color remolacha, no!

 * Periodista de ‘  Hoy  por hoy’,de Caracol Radio.

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